En Magnífica Humanidad, la encíclica que el papa León XIV publicó el 25 de mayo de 2026, parece quedar marcado un aspecto central por el que discurrirá su papado, tras suceder al argentino Jorge Bergoglio, Francisco: comienza por una preocupación de fondo, íntima, a la que acompaña con una advertencia dirigida a los pueblos del mundo sobre el avance de las nuevas tecnologías y sus posibles consecuencias negativas sobre la humanidad, y más que nada de la inteligencia artificial en manos del poder inescrupuloso y sin control.
Reconocida fue la repercusión que generó el escrito, apenas vio la luz, por la interpretación de la palabra “desarme” a la que apeló el pontífice, dirigida expresamente contra la IA, la nueva herramienta digital estrella de la modernidad, para evitar que la misma llegue a tomar el control de los individuos de un modo pernicioso.
Pero a lo largo del texto, el Papa desgrana su visión, su pensamiento y su defensa de la Doctrina Social de la Iglesia, a la que se aferra y por donde discurrirá, posiblemente por lo que se infiere, su papel pastoral en el mundo de los católicos.
Ese Papa que se aferra a los principios de la solidaridad, la igualdad y la defensa de los pobres, los más humildes y rezagados; el mismo que adhiere al concepto del beneficio colectivo de la propiedad privada y que llama la atención, en el mismo escrito, sobre ciertas “lógicas de endeudamiento estructural” que conducen a conductas propias de sometimiento y esclavitud, está pronto a visitar la Argentina, en noviembre próximo.
Su llegada genera expectativas de las más variadas y también cierta inquietud razonable por parte de un gobierno que se presenta al mundo como el primero en su especie, como “anarcocapitalista”, un concepto ubicado en las antípodas del Vaticano que envía a su representante, como jefe de Estado, luego de haber transcurrido 39 años de la visita de Juan Pablo II, en 1987.
Pese a que el Vaticano viene advirtiendo que su visita tiene un objetivo eminentemente pastoral, su paso por el país, a pocos meses del inicio de la campaña electoral presidencial de 2027, no será para nada neutro. Y tampoco nadie cree que el Papa se prive de hacer mención o referencia a lo que considera inequidades del modelo, en línea con lo que doctrinariamente la Iglesia y su pensamiento obligan a señalar.
El punto es imaginar el impacto de su mensaje público en calles y espacios abiertos colmados de personas, religiosas o no, en un acontecimiento que sólo podría compararse con los festejos del Mundial de 2022.
Claramente será para la oposición una manifestación que buscará usar en su favor, en medio de un malestar creciente de la ciudadanía que se ha expresado al menos por las últimas encuestas, que confirman el enojo con un modelo que no puede mostrar los beneficios prometidos a los sectores que viven afuera de aquella economía que sí crece y vuela, pero alejada de los grandes centros urbanos en donde se han desarrollado las industrias y los sectores particularmente más cercanos a la mayor generación de mano de obra y estimuladores del consumo masivo.
Pero más allá de la utilización política que pueda hacerse de la visita, hay en Magnífica Humanidad una serie de definiciones que permiten imaginar qué clase de mensaje podría recibir la Argentina.
El primer punto aparece en la concepción del Estado. León XIV sostiene: “Corresponde al Estado garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, para que el bien común realmente pueda ser procurado con la contribución de todos. Esto significa, en concreto, que el poder público tiene la delicada tarea de ‘armonizar con justicia’ (…) los diversos intereses en juego, buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles. Cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales” (MH, Cap II, 63).
El segundo eje aparece cuando se refiere a la propiedad privada y, particularmente, a las nuevas formas de propiedad que surgen con el desarrollo tecnológico:
“Hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos. En un contexto donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen. Además, el cuidado de la Casa común y la responsabilidad hacia los pobres y hacia las generaciones futuras requieren que el uso de los bienes de la creación y de las nuevas posibilidades ofrecidas por la técnica esté regulado de tal modo que respete el ambiente y evite despilfarros y nuevas formas de estafa” (MH, Cap II, 67).
También cuando se refiere a su concepto de justicia social, la que según su mirada “se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos –y en particular a los más frágiles– vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás” (MH, Cap II, 77).
Y más adelante afirma que “la idea de ‘justicia social’ ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente” (MH, Cap II, 79).
Hay todavía otro terreno en el que el contraste podría ser particularmente fuerte: el de la libertad, un supuesto campo sagrado también para Milei.
Dice el Papa: “La libertad no es el simple derecho a competir de manera salvaje en una arena donde el fuerte devora al desvalido bajo el pretexto del mérito. La verdadera libertad humana es social y comunitaria. Quien predica un individualismo absoluto que disuelve los lazos de solidaridad del pueblo, confunde la libertad cristiana con el egoísmo secular”. (MH, Cap. IV, 57)
Y particularmente cuando critica el concepto de la absoluta eficiencia sin respeto a la libertad y a la dignidad humana, afirma: “Algunas corrientes posthumanistas llegan incluso a plantear la existencia de seres humanos ‘de segunda clase’, al servicio de los intereses de élites que se perciben a sí mismas como superiores: una perspectiva inquietante, más grave aún si se combina con instrumentos tecnológicos que amplían de forma exponencial el poder de control y de selección. También ciertas lógicas de endeudamiento estructural, que mantienen a pueblos enteros en condiciones de dependencia, revelan la misma mentalidad que acepta, bajo nuevas formas, relaciones de subordinación cercanas a la esclavitud” (MH, Cap IV, 172).
La verdadera incógnita no es si el Papa hará o no referencias al gobierno de Javier Milei. Eso dependerá de él. La incógnita es otra: cuánto de lo que ya escribió en Magnífica Humanidad alcanzará para que cada uno saque sus propias conclusiones. En particular para una oposición que desesperadamente busca un mensaje creíble, no sólo un candidato, esta presencia le viene como un regalo celestial.
