La campaña ha cerrado sin demasiadas luces, se sabe, más allá de las consabidas referencias de todos los candidatos a prometedoras medidas que, de aplicarse, cambiarían el rumbo de las cosas en una Mendoza envuelta en la intrascendencia. Para ello, tendría que cambiar el contexto nacional en un sentido amplio, no sólo económico, todo el mundo lo sabe, independientemente de quién se imponga en las presidenciales.
Pero lo que sí ha estado ausente es un verdadero compromiso con los objetivos de desarrollo sostenible, los famosos ODS, aquellos puntos que las naciones unidas se comprometieron a alcanzar hace quince años en Nueva York. Ni siquiera los partidos de extracción medioambientalista o autodefinidos defensores del ambiente, como la izquierda o aquellos que, incluso, se han referenciado desde la nominación con el cuidado de la naturaleza, parecen haber reparado en esas metas universales que, hay que decirlo, tambalean mientras se acerca el año 2030, el del cumplimiento de las mismas.
Porque tampoco se trata, para cumplir con la conciencia, con el enunciado del cuidado del agua y de promesas de inversiones millonarias para mejorar la eficiencia y el uso del recurso sabiéndose que se trata de una ínfima porción de un asunto complejísimo e intrincado. Para alcanzar, por caso, la meta del carbono cero, habría que haber empezado hace tiempo con la explotación de los minerales de la transición, como el cobre y el litio. La mención a la mentada licencia social sin buscarla y la afirmación de que la sociedad no está en condiciones de adentrarse en una nueva discusión sobre el tipo de desarrollo minero que se requiere para extraer el cobre que se cree contiene Mendoza en grandes reservas, se han transformado en meras excusas que han escondido y disfrazado lo que ha sido una clara falta de voluntad y de decisión política de la dirigencia en general, mayoritariamente.
La nueva asamblea de las Naciones Unidas (ONU), que ha comenzado esta semana en Nueva York, ha advertido, de entrada, el déficit existente en todo el planeta con las metas previstas hacia el 2030. Y su secretario general, Antonio Guterres, ha lanzado un pedido en tono de imploración para que en los presupuestos nacionales y en sus políticas, lo que bien se podría trasladar a las provincias de cada país y a sus intendencias, a incorporar los ODS en sus lineamientos. Es que, hacia fines de la década, cuando venza el plazo, sólo el 15 por ciento de los objetivos se habrá cumplido; para el 48 por ciento habrá avances insuficientes, mientras que para el 37 por ciento no habrá logros, sino retrocesos, incluso, por debajo de los niveles del 2015.
Los ODS han sido 17 metas específicas alrededor de aspectos centrales, como el cambio climático, la protección de los océanos, la lucha contra la pobreza y la educación universal con inclusión e igualdad.
Pero Navid Hanif, responsable de los Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, también ha dicho esta semana que, para el 2030, el mundo tendrá 575 millones de personas que seguirán viviendo en la pobreza; que 600 millones pasarán hambre todos los días; que 84 millones de chicos no irán a la escuela y que 606 millones de hombres y mujeres no tendrán acceso a la electricidad, por caso.
Los 150 presidentes reunidos en Nuevas York, al final de las deliberaciones quedarán envueltos en el escepticismo y en una sensación de nula expectativa positiva con los ODS. Así y todo, en la declaración que se prepara, de acuerdo con lo adelantado por Guterres, se incluirá la decisión tomada por los países más desarrollados, que destinarían alrededor de 500.000 millones de dólares por año para ser distribuidos, bajo mecanismos de financiamiento a largo plazo, entre los países en vías de desarrollo o pobres para que puedan alcanzar, si no todos, al menos, una parte de los ODS.
Claro que la invasión de Rusia a Ucrania y la pandemia retrasaron el cumplimiento de las metas a nivel global, pero también les permitieron a las naciones más avanzadas y reacias, en alguna medida, al cumplimiento de los objetivos, encontrar una excusa o algo muy parecido para evitar ir a métodos sustentables para mantener sus actuales niveles de desarrollo económico en competencia en todo el mundo. Y también forma parte de una realidad muy clara que países como Argentina, con sus niveles de emisión, poco aportan a un agravamiento del problema global y sí retrasan, por supuesto, su ingreso hacia el lote de los emergentes y de ahí aspirar a un estatus más alto y sin que tales escollos hayan tenido que ver con sus gobiernos, los que, evidentemente, también, con sus políticas, hundieron sus expectativas con las de todo su pueblo.
