No se trata de volver a una vieja política industrial defensiva, sino de construir una política productiva moderna, evaluable, compatible con la macro ordenada, abierta al mundo, pero no ingenua frente a China, los subsidios, el dumping y el nuevo proteccionismo”.

La frase pertenece a Bernardo Kosacoff y Diego Coatz y es parte de las conclusiones del último trabajo publicado en el Boletín Informativo Techint, sobre la actualidad de la industria y de la economía general del país. El trabajo plantea interrogantes sobre qué hacer con los sectores productivos que no forman parte de la primera velocidad de la recuperación económica y cómo conseguir que el crecimiento de los sectores que hoy vuelan termine teniendo una manifestación mucho más amplia sobre la economía real.

La Argentina tiene ahora una economía a dos velocidades, esa es quizás la descripción que mejor se adapta al descalce de la minería, el petróleo, el gas y buena parte de la energía con el resto de los sectores. Todos coinciden en que Vaca Muerta ya cambió la ecuación energética del país, que la minería comienza a recuperar y atraer inversiones y expectativas, y el campo conserva una capacidad de generación de divisas por suerte relevante. Los recursos naturales están en el centro de la estrategia de crecimiento del país. Los industriales, que hoy se ven afuera, están pidiendo ser tenidos en cuenta sin que se modifique la actual política de desarrollo.

La industria es, como la construcción y el comercio, la otra cara de la economía argentina, bastante diferente de lo que está volando. La construcción, el comercio y buena parte de la industria todavía transitan por un terreno mucho más difícil, con empresas que enfrentan altos costos, competencia externa desigual y una demanda interna sin demasiados márgenes. Es lo que se resume en el conocido “costo argentino”.

Pero la caída del sector industrial no comenzó con Milei. El informe de Kosacoff y Coatz ubica en 2012 el inicio de un período de estancamiento, como el de todo el país, que ya lleva más de una década, acompañado por la volatilidad macroeconómica, la menor inversión y dificultades crecientes para la planificación. Desde entonces, la industria fue perdiendo empresas, empleo y peso relativo en la economía argentina. El ajuste iniciado a fines de 2023 encontró, por lo tanto, un panorama que ya llegaba deteriorado.

La diferencia es que ahora existe una posibilidad que durante mucho tiempo la Argentina no tuvo. En verdad, un intento más por estabilizar la macroeconomía y, a partir de allí, aprovechar una nueva corriente de inversiones vinculada con los recursos naturales. El punto que plantea el informe de Techint es que el plan, exitoso en la economía que vuela, debiese encadenar o permitir el eslabonamiento de los que no se ven reflejados en el boom petrolero, minero y agroexportador.

Sin dudas, sin eufemismos, estos economistas interpretan el reclamo de los industriales: alrededor de esos grandes proyectos debiesen aparecer proveedores, servicios especializados, bienes de capital, logística, software, investigación, innovación y empleo calificado. La industria argentina, dicen, está en condiciones de brindarlos. El encadenamiento comienza a ser la nueva palabra del léxico económico nacional. La otra es eslabonamiento. Con ellas, la actividad de los sectores que hoy crecen a gran velocidad podría concretar el rescate de los sectores a los que les va mal con las capacidades productivas que la Argentina todavía conserva.

El informe le recuerda quizás a Milei que la Argentina todavía tiene una industria de alimentos, una industria metalmecánica, una automotriz, la siderúrgica, la química, la plástica y la textil, además de capacidades importantes en software, biotecnología, industria farmacéutica, energía nuclear y tecnología satelital con las que cuenta el país. Se trata de toda una estructura que está funcionando muy por debajo de su potencial. Los autores señalan que la utilización promedio de la capacidad industrial se encuentra por debajo del 60 por ciento.

El encadenamiento o eslabonamiento de los sectores beneficiados con aquellos que no lo son ya fue puesto en marcha en otros países. El informe repasa algunos casos, como ejemplo. Noruega lo hizo con el petróleo a partir de la transferencia tecnológica y la articulación científica. Australia desarrolló servicios y equipos especializados para su minería a gran escala. Brasil y Canadá construyeron capacidades alrededor del petróleo con Petrobras y Petro-Canada. Son experiencias diferentes que sirven para mostrar que la explotación de recursos naturales no tiene por qué terminar necesariamente en la exportación de la materia prima sin más.

Ese eslabonamiento podría abrir oportunidades concretas. Desde los proveedores de Vaca Muerta hasta los servicios para la minería; unir la producción de alimentos de alta especialidad con la bioeconomía; también la industria de bienes de capital hasta la producción de fertilizantes a partir de la industrialización del gas. Y también alrededor de aquello que Kosacoff y Coatz denominan “vectores de soberanía”: la industria del conocimiento, la farmacéutica, la biotecnología, la energía nuclear y la tecnología satelital.

En vez de un Estado ausente y lejos de un Estado interventor, los industriales reclaman un Estado facilitador, capaz de bajar costos fiscales y tributarios, mejorar infraestructura y logística, reducir el costo argentino y generar condiciones para que las inversiones de gran escala puedan multiplicar su impacto sobre el resto de la economía.

Es una discusión que también se instala en Mendoza. La minería, la energía, el petróleo, la agroindustria, los servicios basados en conocimiento y la logística pueden ser mucho más que actividades que se muevan solas. La cuestión es cuánto valor puede generar la provincia alrededor de cada una de ellas y cuánto de esa riqueza puede traducirse en proveedores locales, empleo, tecnología, nuevas empresas y exportaciones. Potenciar y poner en valor la tan mentada diversificación de la que hace gala la provincia.

Milei, por ahora, parece decidido a mantener el rumbo sin cambios. El mercado debe hacer su trabajo y los sectores que vuelan deberían terminar arrastrando al resto. La experiencia de estos meses, sin embargo, muestra que ese traslado no es automático.

Y también que el 66 por ciento de los argentinos, según varias encuestas, pide un cambio y que el 55 por ciento, de acuerdo con un trabajo de la consultora Aresco, estaría dispuesto a inclinarse por una alternativa por afuera del mileísmo y el kirchnerismo. La recuperación por sí sola de los sectores dinámicos no necesariamente alcanza para sacar del estancamiento a quienes están funcionando por debajo de su capacidad.

Esta es la dimensión política del proceso actual. La estabilidad macroeconómica es una condición necesaria para que la Argentina vuelva a crecer, pero no alcanza por sí sola para sostener una mayoría política durante varios años. Cuando lleguen las elecciones de 2027, la discusión no estará solamente en los números del déficit, la inflación o las reservas. También estará en cuánto de esa estabilidad llegó a la vida diaria de los ciudadanos, cuántas empresas volvieron a invertir, cuánto empleo privado se generó y qué sectores de la economía lograron incorporarse al proceso de crecimiento.

Milei derrotó en 2023 un modelo de fuerte expansión del gasto y de presencia permanente del Estado en la economía. La sociedad eligió cambiar de rumbo. El riesgo argentino, sin embargo, sigue siendo lo que se conoce como el péndulo: que cada cambio termine convirtiéndose en la negación absoluta del período anterior y que la política vuelva a discutir desde cero aquello que debería transformarse en algunas pocas reglas permanentes.

Eso explica también parte de la dificultad para que el riesgo argentino baje a los niveles de otros países de la región. Chile, Perú, Uruguay, Brasil, Colombia o Ecuador pueden atravesar discusiones políticas intensas, pero sus inversores tienen algo que en la Argentina todavía cuesta encontrar: una mayor previsibilidad sobre las reglas fundamentales de la economía.

El problema no es sólo económico. Es político. Y tiene que ver con la incapacidad de la política de construir algunos acuerdos básicos, sostenidos en el tiempo, que permitan ofrecer credibilidad hacia adentro y hacia afuera.

El informe de Kosacoff y Coatz llega en un momento particularmente interesante. No va contra la macroeconomía ordenada. Lo que plantea es que esa estabilidad necesita una trama productiva, un correlato, que la acompañe.

Todos, o la mayoría de los analistas, coinciden en que el país tiene hoy una oportunidad extraordinaria con sus recursos naturales. Para que todo eso se convierta en desarrollo, la minería tendrá que generar proveedores y un ecosistema a su alrededor que eleve a todos; Vaca Muerta, industria y servicios además de una matriz de desarrollo general; el gas, además de lo que se conoce, fertilizantes como la urea; la agroindustria, más valor agregado; y los recursos naturales, conocimiento y tecnología.

La economía que vuela, sugiere el informe, necesita eslabones. Eslabones que eviten volver al pasado y que permitan que el nuevo ciclo de crecimiento no vuelva a dejar una parte del país mirando desde abajo cómo otros sectores despegan o, como lo conoce la cultura popular, “con la ñata contra el vidrio”.