“Si quieren hablar, hablen, pero si lo hacen en público sean serios e intelectualmente responsables”, pareció haber sido el convite que Alfredo Cornejo lanzó a la oposición que lo castiga, hostiga y acusa de haber cooptado los órganos de control de la provincia –incluyendo la colonización de la Corte, el más alto tribunal de la justicia de la provincia al estilo del más puro kirchnerismo–, cuando ayer sorprendió con la designación de la jurista Norma Llatser como propuesta al Senado en lugar del renunciante Pedro Llorente.
“Su designación es lo mejor que pudo haber sucedido: capaz, preparada y sólida y pese a su origen radical y de haber formado parte de la clásica Franja Morada de los 80 (NdR.: años en los que también militó Cornejo en los claustros de Ciencias Políticas), es de las personas que hoy se necesitan y que no se deja arriar fácilmente, aunque la presionen”, fue la reacción inmediata de un académico de fuste y harto conocedor del ámbito de los tribunales y de la justicia provincial. “Que nadie sepa mi opinión, ni lo que digo, porque si se llega a saber que no es de las personas que a todo le dicen que sí, es probable que se termine cayendo su pliego”, completó el comentario la misma fuente, siempre en referencia a Llatser, la nominada al cargo de Llorente, el histórico integrante que deja la Corte a fines de febrero del año próximo, tras 37 años de servicio en el organismo.
Desde el mismo momento en que logró correr al kirchnerismo del poder en Mendoza para consolidar al radicalismo en lo más alto del control institucional de la provincia y extender sus raíces e influencias hacia todos los rincones en donde hubiese cosas importantes que decidir, Cornejo no sólo dividió a la política de Mendoza con el mismo modelo que reinaba en la nación basado en “el ellos y nosotros” o “nosotros y el caos” cambiando sólo el nombre y la identificación de los protagonistas; también extendió la sospecha y en ciertos casos la evidencia de haber llegado sólo para tejer una red de protección de acción en línea, presente y vigente al momento de llevar adelante cada acto de gobierno, sino también con la mirada puesta al futuro: un sistema de impunidad y de garantías suficientes en la Justicia y en los órganos de control que le dieran cobertura fuera del poder a todo lo que se ideó, se gestó y se concretó en el ejercicio del poder.
Precisamente por su decisión unívoca y haciendo uso de las facultades asignadas y valiéndose de las mayorías conseguidas en los procesos electorales, Cornejo supo nombrar a dos jueces de la Corte sin atender pedidos de acuerdo y consensos que se lanzaron desde la oposición. De la misma manera avanzó sobre el Tribunal de Cuentas y lo propio se cumplió en los dominios de la procuración de la corte y en la defensoría general. A estos últimos reductos claves del funcionamiento judicial llegó con su impronta opuesta a la extendida doctrina progre zaffaroniana, como él mismo la ha llamado, la que inclina el peso subjetivo de la justicia en favor de los victimarios más que en el derecho de las víctimas. Cierta oposición, por supuesto, va más allá en sus cuestionamientos al advertir que tal corriente y línea de pensamiento y acción no ha sido más que una pantalla que le ha permitido, además, un halo de protección preventivo para los años en el que el paraguas del poder real y en plena acción y en ejercicio dejen de ser tales.
Al proponer a Llatser para la corte, una jurista especializada en lo laboral, técnica y alejada de las cuestiones partidarias, Cornejo echó por tierra las sospechas de la oposición que esperaban una decisión radicalizada en los términos más absolutos. Claro que quienes alimentaban la sospecha pudieron corroborar el poco conocimiento que tienen ya no de Cornejo, el dueño de la lapicera en definitiva, sino en la lectura del momento político. Pero claro que no es ajeno otro de los objetivos que podría perseguir la jugada detrás del nombre de la camarista: el de ponerle un freno a la tendencia que cree que ver en la Corte favorable a ciertos beneficios en el campo de la justicia laboral con los que Cornejo siempre ha disentido, en especial con algunos traspiés que no ha digerido. Llatser, se especula, podría ser el fiel de la balanza que para Cornejo podría equilibrar la visión de Mario Adaro, el ministro del tribunal que ha sabido llevar la voz cantante en la rama laboral. Precisamente a Adaro se refirió la semana pasada cuando dijo que se había especializado en defender a empleados públicos vagos.
Pero tampoco se descarta que Cornejo, en la serie de consultas que dijo que llevaría adelante para definir a la ahora designada Llatser para ocupar el lugar vacante de Llorente, haya tenido en cuenta a algunos miembros de la Corte, entre ellos al propio Adaro luego de haberle dedicado una crítica flamígera, en aquel encuentro que ambos tuvieron el mismo día de la semana pasada en el que Cornejo se despachó contra la oposición y contra los reclamos que le hicieron para que no dejara de pasar la oportunidad de nombrar a una mujer en la Corte y que no fuese afín a su línea política, ni mucho menos sometida a los lineamientos políticos del Ejecutivo: “Tenían a Messi y pusieron a Adaro”, fue su respuesta cuando Celso Jaque, el gobernador de entonces, designara al actual ministro de la Corte en lugar de la jurista de mayor prestigio que haya dado la provincia en los últimos años, Aída Kemelmajer.
