La grieta ideológica en la Argentina separó familias y distanció amigos. Ha sido tan potente y lacerante que, una vez que colonizó a los grupos de personas que se relacionaban normalmente entre sí, incluso con sus diferencias, exterminó la unión y hasta los vínculos que se creían sellados a sangre y fuego. La intolerancia pudo más que la comprensión y la inteligencia, por sobre todo, para administrar un virus que obliga a esfuerzos superiores para no tirar por la borda ni arruinar los proyectos interpersonales que siempre se pretendieron superiores a cualquier causa fanática, como es todo lo que termina representando la defensa y militancia acérrima y sanguínea de este tipo de ideas políticas. ¿Y de qué tipo, en particular? Pues, las del tipo de las que dividieron, claramente, a los argentinos.

El desprecio entre pares, profesionales y miembros de los grupos por cuestiones puramente ideológicas cundió, por demás, en el ámbito del periodismo y lo ha terminado colonizando. Todavía se recuerdan los envíos de la Televisión Pública en los gobiernos de Cristina Kirchner producidos sólo y para defenestrar a otros periodistas y medios opositores al régimen, además del consabido adoctrinamiento que, sin apuro y sin pausa, se extendió hacia los contenidos, supuestamente educativos, y sin miramiento alguno en los infantiles, como Paka Paka.

Tampoco se olvidarán los juicios públicos contra periodistas organizados por Hebe de Bonafini en la Plaza de Mayo en el 2010, y aquel “escupidero público” del 2011 para escrachar a quienes, la ya fallecida líder de las madres consideraba “serviles al imperialismo y las dictaduras”. Se mencionaba, entre los supuestos “serviles”, a Joaquín Morales Solá, Nelson Castro, Mariano Grondona y hasta Magdalena Ruiz Guiñazú, pese a que la también fallecida extraordinaria comunicadora había sido parte de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep), creada en 1983 para investigar los crímenes de la dictadura. Todo, ampliamente difundido y amplificado, por supuesto, por los medios públicos y aquellos privados al servicio del Gobierno.

En más de diez años, el agua del resentimiento, de la bronca y el odio no ha dejado de discurrir debajo del puente. En momentos electorales, como el que se avecina, lo hace con un mayor estrépito. Y el tratamiento profesional de los hechos al que está obligado a honrar el periodismo cae vencido por el desprecio de estos mismos periodistas hacia el Gobierno, que también los castiga sistemáticamente. Entre el desprecio y el odio no hay demasiadas diferencias y todo, absolutamente todo, en el ámbito de las comunicaciones, de los análisis y de la descripción de los acontecimientos queda a expensas no sólo de las subjetividades, sino también de las faltas éticas imperdonables y sancionables.

Las periodistas Viviana Canosa y Laura Di Marco comparten su visión extremadamente crítica contra el kirchnerismo en el poder. Canosa, particularmente, despliega cada noche en La Nación+ un festival de insultos con destino a los principales funcionarios del Gobierno y hacia las medidas que se anuncian, todo envuelto en un marcado histrionismo y exceso de teatralizaciones. Di Marco, apoyada en su profundo conocimiento de Cristina Kirchner –el que la ha convertido en una de sus biógrafas no autorizadas más reconocidas– despliega una mirada igual de crítica que la de Canosa. Y ambas vienen de compartir un programa en el que se ocuparon de la salud de Florencia, la hija de la vicepresidenta, responsabilizando a su madre por tales padecimientos, los que la han llevado a buscar tratamiento fuera del país, por ejemplo, Cuba.

El comportamiento de las periodistas provocó airadas críticas del kirchnerismo y hasta el propio Gobierno, vía el Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom), pidió sanciones para ellas.

Ninguna posición crítica hacia el Gobierno, los modos, el estilo y las condenables actitudes que ha tenido el kirchnerismo contra el periodismo profesional e independiente que cuestiona sus medidas y su particular esquema de pensamiento, puede justificar los excesos en el uso responsable de la libertad de expresión y de prensa. Y ambas cruzaron la línea por inmiscuirse en la intimidad de la hija de la vicepresidenta sin que ello aportara a sus audiencias algún dato de interés público que mereciera su difusión o comentario alguno.

El Foro de Periodismo Argentino (Fopea) recordó este martes en un comunicado, que “la libertad de expresión conlleva obligaciones éticas y buenas prácticas”. Y, como era de esperar, el foro también recibió un excitado rosario de críticas del fanatismo anti-K por criticar el contenido del programa. El artículo 34 del Código de Ética del foro es claro, y también fue recordado en el comunicado: “Los periodistas deben respetar la privacidad y la intimidad de las personas. Sólo cuando se viera afectado un bien o valor público por un aspecto relacionado con la privacidad o la intimidad de un particular, puede prevalecer el derecho a la información de los ciudadanos por sobre la privacidad de una persona. En ese caso, los periodistas tratarán esa información con la máxima discreción y respeto posibles, evitando publicar detalles o singularidades que se no sean sustanciales para la comprensión general y profunda de la noticia. Este principio rige en todos los ámbitos, incluyendo el uso de las redes sociales”.

El periodismo profesional no puede darse el lujo de caer en el submundo de las redes y quedar preso de ese clima y humor de cloaca que es el que prevalece en tales foros públicos, los que alimentan o producen y fabrican el estilo que luego se utiliza en los medios convencionales, espacios en los que, guste o no, la seriedad y la responsabilidad son las que mandan en el tratamiento de la información y no por eso ser menos creativos que otros canales. Y son los medios convencionales y los periodistas profesionales, adonde en definitiva buena parte de la sociedad acude a buscar y encontrar las confirmaciones de tanta basura que discurre por esos canales alternativos.