Ignacio Fernández no es un librepensador. No es politólogo ni especialista en estrategias de comunicación. Tampoco es armador de campañas electorales. Nacho es apenas un jugador de futbol; uno muy bueno, por cierto; por eso tiene la diez de River. Un tipo sensato que, con una frase, determinó el marco filosófico de su actividad: “Hay que saber ganar y hay que saber perder”. Lo dijo apenas después de un triunfo clave de su equipo frente a un conjunto brasileño que había apelado a diferentes artimañas para embarrar el juego.
De eso se trata el deporte. Más allá del espíritu lúdico, siempre hay vencedores y vencidos. Ahí radica su esencia y la pasión que despierta. Y que esos roles suelen alternarse. Esa fue la gran enseñanza de Giannis Antetokounmpo, la estrella de la NBA que dejó un par de lecciones que van más allá de lo que ocurre en una cancha: “No hay fracaso en los deportes. Hay días buenos, días malos. Algunos días tenés éxito y otros no. Algunos días te toca a vos y en otros, a distintos deportistas. De eso se trata el deporte. No siempre ganás. A veces otras personas ganan. Y este año alguien más va a ganar, así de simple”.
Los resultados electorales deberían medirse con esa lógica. Con la parte racional del juego. Es manera de entender qué sucede; de sacar conclusiones y de mejorar la oferta. No se trata de victorias y derrotas, sino del papel que cada candidato podrá tener en el desarrollo de la vida democrática.
Las últimas experiencias en las urnas han mostrado lo contrario. Existe una imperiosa necesidad de mostrarse triunfador a pesar de la frialdad de los números. Ocurrió en las elecciones de medio término a nivel nacional en 2021 y sucedió hace apenas una semana en la PASO mendocinas. Se apela al recurso infantil de “ganamos, perdimos, la salsa se la dimos” para disimular errores propios; pequeños tropiezos que, de ser analizados y asumidos como corresponden, podrían convertirse en envión. Pero no: resulta más fácil y hasta más redituable ir por el desmerecimiento ajeno. Apretar el acelerador a fondo y estrellarse contra un paredón.
Es un River-Boca en la búsqueda de la oposición permanente. Tanto, que los extremos se tocan con una frecuencia alarmante. Izquierdas y derechas van y vienen en el alocado universo de sus fanáticos. Se aferran a esa locura para construir relatos y se roban alternadamente conceptos que históricamente pertenecían al otro. Así, el progresismo se convirtió en un movimiento conservador y retrógrado que busca acallar disidencias, y la supuesta derecha fomenta la libertad. Hasta la izquierda, tan universalista en su origen, se refugia en ideas de patria y soberanía.
Aquel 2021 era un mensaje para Alberto Fernández y su concierto de desaciertos. Quizá la imagen de Cristina Fernández acabada, con la cabeza gacha, fue lo único genuino de aquella derrota. El lenguaje gestual de la vicepresidenta en paralelo con los gritos agudos desaforados del mandatario que estaba convencido de que los votos le habían dado la derecha. No entendió el resultado o no quiso hacerlo. Y allí, definitivamente, tomó el camino que lo llevó a convertirse en el peor presidente (con su vice incluida) de la historia argentina.

En ocasiones, es una suerte de careta; un maquillaje para disimular algún rasgo de impotencia. Le pasó a Omar De Marchi después de las PASO. La necesidad de apurarse a aclarar que había quedado a 5 puntos de Alfredo Cornejo es una falacia. Guste o no, es así. Y el líder de La Unión Mendocina lo sabe. Más allá de la excelente elección que hizo Luis Petri es la interna de Cambia Mendoza. El lujanino sabe que la comparación no es válida. Él no tuvo interna; no compitió contra nadie en su espacio y fue el recaudador de todos los votos. Era De Marchi o De Marchi en ese lugar de lista.

“Hay dos cosas que tienen que ver con esa actitud. Una se deriva de la lógica de la política espectáculo, que la mayoría de la gente cree que es el espectáculo televisivo, pero en realidad es el espectáculo deportivo. La política tiene toda una impronta de fútbol, en donde el ganar y perder es quedarte afuera del campeonato. Entonces todos tratan de disimular la derrota. Y se relaciona con lo segundo, que es que nosotros no tenemos una cultura democrática de participación de todas las fuerzas. Venimos de un proceso en donde el que gana se lleva todo. Y el que pierde, en esa lógica agónica, deja de existir”. La que habla es Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales e investigadora y especialista en tema de comunicación pública y medios.
La premisa de subestimar triunfos ajenos busca sacar de foco las derrotas propias; disimularlas a pesar de que la performance pudo haber sido más que aceptable y valorarse de manera positiva. Ahí se refugiaron los demarchistas y lo mismo hicieron en el perokirchnerismo. No quedaron expuestos por el triunfo de Cornejo, sino por los méritos de Petri.
“En una PASO, uno trata de hacer la interpretación más conveniente. El que salió segundo trata de encontrar la perspectiva que pueda poner en términos relativos el triunfo del primero; el que salió tercero, lo mismo que el segundo. Hay una batalla por la interpretación, incluso cuando un resultado que pareciera definido. En el caso del oficialismo, en el 2021 trató de vender como triunfo haber acortada diferencias entre las PASO y las generales. No me extraña que en el caso de Mendoza ocurra eso. Por ejemplo, De Marchi intentó armar un ranking de los candidatos más votados para ubicarse segundo y lo dejó Petri relegado, y Petri fue parte de la interna de Cornejo”, analiza Lucas Romero, politólogo y director de Synopsis. Y completa: “Nadie está obligado a hablar en su contra, a declarar en su contra. Aplica también en la política electoral”.
En la misma sintonía se encuentra Christian Schwarz, docente y analista del discurso político: “Es necesario recordar que los votos son de los frentes y no necesariamente de los candidatos. Siempre se dan este tipo de hipótesis cuando hay PASO o con la ley de lemas. Deslegitimar al que salió primero tiene una explicación, y es el poder de negociación y la necesidad de mantener a su tropa en alerta. Si no encuentran una motivación, corren el riesgo de que las bases se dispersen. Por ejemplo: Petri seguramente ya está negociando con Cornejo cargos y lugares en las listas. De Marchi necesita mostrar un horizonte y un escenario donde se vea ganador”.
La madurez democrática ofrece otras alternativas. La conforman entre mayorías y minorías y es esa interacción y esa tensión es la que termina favoreciendo a la sociedad. De hecho, algunas de las reformas más importantes desde el retorno de la democracia se dieron en ese contexto, como las leyes de Divorcio o Matrimonio igualitario.
Las mayorías acceden a un poder que tiene fecha de vencimiento. O al menos eso debería pasar. Por eso el valor de la alternancia y por eso la necesidad de evitar las reelecciones indefinidas.
“Los que suben en nuestro país lo hacen con el espíritu de quedarse con todo; de saquearlo. Esa discontinuidad que tiene la democracia, en donde el que sube lo hace con esos aires casi de monarca, con poder absoluto. La negación a asumir una derrota electoral tiene que ver con un instinto de supervivencia. Es un panorama bastante desolador”, explica Amado.
Social y cívicamente, Argentina ha sucumbido ante la cultura del aguante; sobre todo, desde el 2011 a esta parte. Es la barrabravización de la política. Los cantos de cancha, las figuras retóricas usadas, el léxico de los funcionarios y las arengas no hacen más que mostrar masas acríticas dispuestas a todo con tal de ver triunfador a su equipo.
Es la incapacidad de visibilizar al otro; de promover relativismos y dobles varas. De construir narrativas que, alejadas de las cuestiones fácticas, se defienden como si fueran banderas, incluso sabiendo que eso implica caminar derecho hacia el precipicio del fundamentalismo. La culpa es del otro, siempre.
Es un drama que se evidencia sólo en las bases. Quienes tienen poder de decisión escapan a ese razonamiento y buscan su conveniencia, a veces disfrazada de connivencia. Ahí es frecuente el pase de un equipo a otro. Para unos, serán domadores de camiseta, figura con que en el fútbol se denomina a los traidores y mercenarios. Para otros, no es más que la libertad de poder discernir y elegir. O, quizá, entienden la política como si fuera un deporte profesional, y persiguen el éxito como el resultado solo de la mayoría y lo miden como un negocio. El problema es que, cuando el negocio sale mal, pierden todos.
