¿Cuántas de las más de 12 millones de personas que en la Argentina no tienen acceso a los alimentos o si, en caso, pudieron alcanzarlos, no han sido en cantidades suficientes para una razonable y digna nutrición y alimentación, podrán sentarse el domingo frente al televisor a escuchar lo que tengan para decirles a ellas, particularmente, los candidatos a ganar la Presidencia que se medirán en el último debate, el domingo 19, el día de la elección?

Mejor dicho: ¿tendrá algo que decirles y qué a todos ellos, Sergio Massa, el candidato del Gobierno y del movimiento político que, para no ir muy atrás –quizás a épocas antediluvianas–, ha gobernado el país por 16 años de los últimos 20? ¿Qué tiene en verdad en la cabeza Javier Milei, el aspirante libertario, como respuesta a una situación no sólo inadmisible, sino espantosa, a la que tienen que hacer frente, día tras día, esas personas sin alimentos y ni recursos para conseguirlos?

Las Naciones Unidas, al dar a conocer este jueves el Panorama Regional de la
Seguridad Alimentaria y la Nutrición 2023 de la región, han dado cuenta de que cerca de 248 millones de personas han experimentado inseguridad alimentaria moderada o grave en el 2022, unas 16,5 millones menos con respecto al 2021. Pero, tomando el 2019, año previo a la pandemia, los números siguen estando por arriba de aquel punto de inflexión. El punto es que, en la Argentina, las cosas han ido de mal en peor. A los problemas comunes que ha tenido que hacer frente América latina, como todo el mundo, en verdad, tales como la guerra en Ucrania y la pandemia, se les debe sumar el sostenido y constante aumento de los precios de los alimentos y la suba de la pobreza.

El trabajo de la ONU resume que en la Argentina aumentó, de un año a otro, la prevalencia de la inseguridad alimentaria en 17 por ciento y ese incremento ha sido el más alto entre todos los países, un lugar de triste privilegio que nuestro país ha compartido con Paraguay y Guatemala y que junto con Brasil, Ecuador y Surinam su población, en un tercio, tiene graves problemas para acceder a los alimentos, o no los alcanza simplemente. A eso se le llama inseguridad alimentaria y se le agrega inseguridad nutricional cuando al acceder a una alimentación mínima, la misma no es saludable, un drama que aqueja a 12,6 por ciento de los chicos menores de 5 años en el país, ya sea en sobrepeso o desnutrición.

Lo cierto es que millones de argentinos, entre quienes seguramente estarán mezclados los que, en efecto, padecen inseguridad alimentaria o directamente hambre, tienen enfrente dos propuestas en las que no pueden depositar un mínimo siquiera de seguridades de que por la vía de lo que están ofreciendo se les puede aliviar ese camino de adversidades que vienen atravesando por años.

Otros, en tanto, millones, también, donde evidentemente también los hay con las mismas inseguridades, tienen por delante una decisión más clara, por la identidad que comparten con algunos de los dos modelos en danza. Se trata, ni más ni menos, que de la democracia y del dibujo que caprichosamente, el mismo sistema se encargó de delinear en esta coyuntura tan particular del país. Pero, lo que no se puede negar, más allá de las creencias, afinidades y militancias políticas que se ordenan con uno y otro de los candidatos, es que ninguno ha develado un plan, ni siquiera un esbozo, de cómo se le hará frente a la penuria del hambre y la pobreza con la que tendrán que lidiar.

El debate del domingo entre los candidatos será la última oportunidad de ver a ambos frente a frente y, mucho más allá de las posturas, del manejo del vocabulario, de la tensión y del mayor o menor equilibrio emocional ante los momentos extremos que, seguramente, tendrán por delante, muchos indecisos y sufrientes además de una crisis constante querrán escuchar una o dos ideas, mínimo, que los comprometa a ir en una
dirección que apunte a soluciones de fondo. Cuanto menos, algo diferente de lo poco que han demostrado tener.