En cuestión de 24 horas, la historia parece repetirse. Las mismas caras de asombro; el mismo tenor de los mensajes que llegan. De nuevo, todos anonadados; casi escandalizados. Y con una dosis alta de vergüenza ajena. Sucede en el programa Opinión, que va de lunes a viernes de 7 a 10 por LVDiez.
Es gusto a impotencia; sabor a “en manos de quiénes estamos”. Es la sensación que deja la entrevista con la diputada nacional Lourdes Arrieta. Y ocurre lo mismo cuando la que está del otro lado de la línea es la diputada provincial Valentina Morán. El péndulo va de un extremo partidario al otro. Y, en todo su recorrido, la misma ignorancia y la duda por no entender cómo llegaron hasta ahí.
Arrieta, tal vez el rostro más explícito de La Libertad Avanza en Mendoza, irrumpe con un “no sabía quién era (Alfredo) Astiz. Tuve que guglearlo después de que estuve con él”. De esa manera explica por qué fue hasta una cárcel bonaerense con otros legisladores de su partido a visitar a diferentes represores condenados por sus crímenes en la dictadura; entre ellos, el ex marino Alfredo Astiz, famoso por secuestrar y asesinar monjas y por rendirse sin disparar ni un tiro cuando se enfrentó a un ejército regular en las islas Georgias del Sur. Una de las caras más nefastas del aparato represivo.
“Nací en 1993”, se excusa Arrieta, haciendo gala y justificando su desconocimiento de la página más oscura de la Argentina. Casi que está orgullosa de no haberse topado con un libro de historia. Ni un video de Tik tok. Para qué, si total es joven y pertenece a una generación convencida de que el pasado comenzó a tener vigencia el día que aprendió a leer y escribir. Y lo de leer no es del todo seguro.
“No hace falta haber nacido hace 200 años para saber quiénes eran San Martín o Sarmiento”, inquiere un oyente indignado.
Arrieta afirma, con satisfacción y con algo de vanidad, que cuando el sistema D’Hondt la depositó en una banca de la Cámara de Diputados de la Nación, no tenía la menor idea de qué se trataba eso de ser legislador nacional. Y que hasta le daba miedo la Ciudad de Buenos Aires. Por eso tuvo que nombrar rápidamente a su hermano.
Vende el cuento de una figura pobre e ingenua que salió del interior del país y tuvo que enfrentar las luces de las marquesinas porteñas. Y lo dice hasta con petulancia. Y se refugia en la falacia de que ser joven implica ser ignorante. Dice que no sabe. Cobra como si supiera.
Un día después, a la misma hora, Valentina Morán da sus fundamentos sobre por qué rechaza que Mendoza adhiera al RIGI (Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones). “Tina” Morán fue presentada hace años como la diputada más joven de Mendoza. Es parte del bloque del Partido Justicialista y es un producto genuino de La Cámpora.
“Lo peor que le pudieron hacer a esa chica fue dejarla hablar sin interrumpirla”, dice el mensaje de una oyente. “Es víctima de una maquinaria partidaria que no se ocupa de educar a quienes postulan”, reza otro.
Morán expone sus argumentos en contra de uno de los puntos centrales del Ejecutivo nacional y comienza, sola, a transitar un camino sin salida. A medida que avanza su narración parece ir dándose cuenta de sus incoherencias. Incluso así, sigue. Parece que la configuración partidaria la obliga a eso. Y cae en el relato fácil; repite las consignas que sabe de memoria. No entiende bien qué significan o qué implican, pero recurre a ese manotazo. No la incomodan las preguntas; la fastidian sus respuestas.
Que soberanía, que recursos naturales, que vivir con lo nuestro, que las pymes. Empresario malo, pobres buenos. Que se la van a fugar toda. No sale de ahí. Y advierte, por momentos, del absurdo y de sus contradicciones. Lo expresa con titubeos y con silencios.
Más allá de sus diferencias partidarias, Lourdes Arrieta y Valentina Morán se parecen un montón. La discrepancia está allí. En los colores políticos que representan. Ni siquiera la distancia entre ellas podría ser ideológica y filosófica. Para eso deberían haber leído diferentes posturas; analizados modelos, sus comparaciones, similitudes y antagonismos. Y, desde ese punto de vista, ganar capacidad para discernir y disentir. Pero no: van y repiten algo que escucharon decir a alguien y que, en algún momento, les pareció bonito.
El tema es que no son pasantes ni participantes de un concurso de jóvenes promesas. Son diputadas. Una nacional y la otra provincial. El grado de responsabilidad es tan importante como la capacidad y el conocimiento que deberían mostrar para el cargo que ocupan. Idoneidad, según ese manual de sugerencias llamado Constitución Nacional. De lo contrario, representar así a los mendocinos es una estafa moral.
Lourdes y Valentina están alcanzadas por la misma catástrofe educativa. Por rango, se las podría ubicar entre Millennials y Generación Z, calificaciones dadas por los rasgos que comparten con sus pares. Entre ellas se llevan sólo tres años. Están atravesadas por una tendencia que decidió cuestionar el pasado y relativizar los hechos.
Militantes de la doble vara y la posverdad, donde no importan los datos duros ni las pruebas. La historia se reescribe según el prisma de sus doctrinas. Esa distorsión, precisamente, deforma los acontecimientos y los hace víctima del terrorismo semántico con pequeñas y sutiles ediciones en Wikipedia. Y una vez redactados bajo esos caprichos, caen en el absolutismo. Creencia mata evidencia.
No son representantes o exponentes de una generación. Ser joven y entusiasta no implica ser irresponsable o ignorante; mucho menos, ocupar lugares clave sin la capacitación necesaria. Lo que se cuestiona no es la falta de experiencia, sino de preparación. Incluso, un emprendedor puede pecar de inexperto. Invierte, arriesga, prueba. No es el caso.
Tampoco es una crítica a la juventud. Argentina no llegó a este punto justamente por ellas o por las edades que delatan. El dilema es cómo avanzar con sangre nueva contaminada por las peores prácticas de la vieja política.
Arrancaron mal. Los parlamentos nacionales y provinciales están llenos de personajes con estas características. Son los únicos beneficiados de los juegos y los arreglos partidarios, donde el talento para la rosca y la sanata se impone al mérito del conocimiento. Y, cuando se advierte, ya están calentado bancas.
