Como un efecto directo de la más cruda realidad, los hechos de agitación social de la última semana le han servido en bandeja a la política un motivo más de qué ocuparse, y no uno marginal, sino quizás el más prioritario y esencial de todos los urgentes. La marginalidad y la desesperanza, en todas sus formas, avanza a un ritmo escalofriante. El pobre de toda pobreza; el desvalido; el desencantado, desempleado e inmovilizado por la impotencia; el empleado pobre, en blanco o en la informalidad a esta altura casi lo mismo da; el lumpen; el incivilizado y delincuente; los agitadores y oportunistas; los narcos y los anárquicos, todos avanzan, en apariencia desorganizados y sin rumbo fijo, hacia la búsqueda de un cambio. Todos quieren un cambio, lo necesitan. El país y la provincia lo reclaman tras años y años de crisis. Que cambie todo de una vez y que explote si tiene que explotar. La salvación o el infierno, de una.
Con unos 600 mil mendocinos, el 30 por ciento de la población, viviendo en condiciones de pobreza en algunos casos extrema y sobreviviendo gracias a la asistencia social del Estado, siempre poca e insuficiente, ¿a quien podría llegar a sorprender que muchos chicos de las barriadas pobres hayan dejado de ir a la escuela, ausentarse de las clases diarias dominados por el miedo luego de que algunos de ellos, incluso con sus padres, en familia, hayan sido parte de las bandas que el último fin de semana intentaron saquear supermercados y centros comerciales para terminar más tarde llevándose todo lo que encontraron a su paso en la carnicería de Javier Mignani, en Diamante y Tandil de Las Heras?
El testimonio de las docentes de las escuelas de Las Heras ha sido desgarrador al describir el estado de excitación y de alto impacto en el que estaban algunos de los chicos que participaron de los asaltos a los comercios cuando llegaron a clases el martes. “¿Fuiste a robar?”, preguntó uno de los chicos dirigiéndose a un compañerito. “No, fuimos a saquear”, fue la respuesta. Ya para el miércoles, jueves y viernes, los alumnos se ausentaron casi en su totalidad: de 500 inscriptos, sólo 4 o 5 asistentes. La escena se vivió, y así fue relatada en LV10 por una de las docentes, en una de las tres escuelas de la zona aledaña a la carnicería desvalijada de todo su contenido, de todo, y de aquel supermercado de la calle Independencia de Las Heras, a esta altura un ícono nacional de las cíclicas, tristes e impactantes temporadas de saqueos en medio del deterioro constante de la Argentina.
Para la DGE la situación de las escuelas lasherinas está circunscripta a un fenómeno local, focalizado, no extendido en el territorio. No es ni bueno ni nada halagüeño que la primera reacción del gobierno haya sido la de una más cercana a la subestimación y a un acontecimiento aislado y circunscripto, aunque lo fuese. Se admite que por la zona se viene transportando una problemática estructural por años que se hizo visible con las bandas de lúmpenes que salieron a escena. “Hay un problema narco en la zona desde mucho tiempo”, le adicionan al comentario casi en voz baja.
El clima es de máxima tensión en los barrios y explica, por sí solo, esa ola cada vez más voluminosa, está a la vista, de una necesidad absoluta de cambio y urgente, el barajar y dar de nuevo, que se ha expresado en las últimas elecciones, tanto por los resultados como también, pareciera, por el importante nivel de ausentismo, de casi el 30 por ciento si se toma el padrón nacional y todo el país.
El drama social que desde Las Heras ha comenzado a expresarse supone un más que llamado de atención. Obligaría a redirigir la campaña provincial por la gobernación, o bien reconfigurarla. Porque a la demanda de empleo genuino, un problemón que Mendoza no puede resolver y que la aqueja por casi una docena de años, se le suma el empobrecimiento de su población, precisamente por la falta de empleo de calidad y dignamente remunerado.
Es que ya no sólo no alcanza con una asistencia del Estado claramente esclavizante y dependiente al extremo para quien la recibe y sujeta a los designios de quien maneja la lapicera. El vacío que provoca la mayor necesidad no respondida satisfactoriamente por la asistencia del Estado, porque es insuficiente a todas luces, ni mucho menos por un programa de políticas serias y efectivo que proporcione condiciones para las mínimas inversiones que generen algo de riqueza y empleo, esa ausencia de un Estado activo es cubierto claramente por el mundo del hampa. Es lo que los argentinos suelen ver casi todos los días cuando la atención se dirige hacia el conurbano bonaerense.
La descomposición ha sido integral. Mientras el fenómeno de Javier Milei no deja de ascender y de crecer, no sólo por lo que puedan estar diciendo las siempre poco creíbles encuestas, el asunto está en la calle, en todos lados, a flor de piel.
Milei, como tantas veces se ha dicho y especulado, explica el hastío en la nación. Y no se sabe muy bien cuál será el camino que tomará ese hastío en la elección provincial; quién será el que capitalice la bronca y la indignación convirtiéndose en la autopista de la explosión. Pero no hay dudas de quien lo haga, convirtiéndose en el poseedor del testimonio, a poco de andar luego de llegar a la meta verá cómo se invierten las cargas. La presión por el cambio de rumbo, por el shock pedirá respuestas y concreciones.
Nadie parece estar advirtiendo lo que se avecina, haciendo lo que hay que hacer, o haciendo lo mismo de siempre: la nada misma. La campaña no está concebida para las malas noticias. Pero el estado de degradación generalizado merece cuanto menos una manifestación de quienes están en la competencia, y no como comentaristas del drama. Cambiar puede entenderse como dar vuelta como una media la situación. Mendoza, más allá de los avatares de la macro, lo tiene que intentar. ¿Hay pasta para eso?
