La batalla en los cerros de Zacatecas era encarnizada. Una buena parte, sino toda, de la suerte de la nueva aventura revolucionaria que había desplegado por el territorio mexicano el general Francisco Pancho Villa, llegando desde el norte, contra las tropas federales, dependería del control de esa ciudad clave. A Villa no sólo lo movía el espíritu revolucionario animado por las ideas izquierdistas, sino además y muy particularmente, el deseo de vengar la muerte de su respetado viejo amigo, el ex presidente Francisco Madero, para quien había luchado de forma encomiable y con una fidelidad sorprendente contra el porfirismo.
Villa tenía entre ojo y ojo a Victoriano Huerta, el por entonces presidente interino, el mismo que le había ordenado al general Félix Díaz derrotar con la mayor brutalidad posible a Madero y hacer caer su débil gobierno. Con un puñado de militares y fuerzas todavía leales a la Constitución Madero no podría contra Huerta. Y en caída libre y en desgracia total, sería asesinado sin miramientos.
Villa había logrado una contraofensiva sorprendente, financiando la campaña con el botín en monedas de oro que años atrás había sido robado a un banco de Ciudad Juárez y que ahora había logrado hallar luego de estar perdido misteriosamente en los confines de una vieja mina abandonada por los españoles.
Al frente de las tropas que Villa había enviado a Zacatecas para desalojar a los federales iba Genovevo Garza y a su lado, recargando la carabina y resguardado por el caballo, Martín Garret, un joven ingeniero español, experto en minas y que, unido a las tropas revolucionarias, ya llevaba sobre sus espaldas cuando menos 11 batallas ardorosas. De pronto Garza grita: “¡Se rajan los pelones, compadre!”, al tiempo que asentía con la cabeza el español Garret. “Sus ojos de veterano habían reconocido la señal: el incendio de los edificios que, por parte de los federales, acompañaba siempre a la evacuación de pueblos y ciudades”.
Toda esta escena está maravillosamente descripta, mejor escrita y extraordinariamente relatada en “Revolución, una novela”, el último libro de Arturo Pérez Reverte. “Bajo la luz de un espléndido ocaso, Zacatecas era una matanza”, se lee en el arranque de la página 335 de la novela. Garza, el veterano lugarteniente de Villa, había visto la señal del triunfo seguro: una ciudad en llamas y con los pocos edificios que se habían salvado del bombardeo destruidos, el último acto de las fuerzas federales derrotadas las que ya huían despavoridas, aterrorizadas y mucho más desordenadas. Como sucede en las guerras, el derrotado va huyendo dejando tras su paso nada más que tierra arrasada para recibir al enemigo que lo ha vencido.
Con el kirchnerismo, al menos en Mendoza, parece estar sucediendo algo muy parecido a las tácticas asumidas por aquellos federales mexicanos derrotados por una división del ejército de Villa en la más que trascendente y famosa guerra civil mexicana. El kircherismo, con el control de la nación y frente a una batalla por el poder institucional que se avecina en donde nada tiene garantizado, parece concentrarse, obstinadamente, en no dejar nada tras su paso en aquellos territorios que ha pretendido conquistar, que le han sido más que esquivos y que a la altura de los acontecimientos actuales se le presentan como imposibles, o casi.
Las recurrentes cesiones de tierras en el sur mendocino a comunidades mapuches con o sin personería jurídico y bajo supuestos derechos ancestrales, no ha hecho otra cosa que intentar bloquear el desarrollo económico de esa parte de la provincia, independientemente del debate que se ha dado en Mendoza sobre hasta dónde avanzar con la explotación de los recursos naturales. Pero tales tierras, se ha comprobado, poseen un altísimo valor económico, con recursos naturales y estratégicos que le pertenecen a la provincia y que sólo bajo su control y consentimiento podrían ser enajenadas o intervenidas.
El destrato nacional a Mendoza, a la vista está, ha llegado a límites que pocos podían llegar a imaginar, ni siquiera los más pesimistas. No sólo se ha visto reflejado en los conocidos envíos de recursos no automáticos, que dependen exclusivamente del criterio del Poder Ejecutivo nacional. Y lo que se ha enviado, por suerte, ha recaído en su gran mayoría en los territorios gobernados por alguna de las variantes del oficialismo nacional, ya fuese el PJ tradicional o “blanco”, como por el kirchnerismo o La Cámpora. Y no es que tales departamentos no lo merezcan ni necesiten de tal atención. En verdad todos lo necesitan y requieren por igual. La concentración de los recursos, en su mayoría, en tales comunas, no ha hecho otra cosa que probar la intencionalidad política.
La demora en la resolución del laudo por Portezuelo del Viento, lejos de la opinión del presidente de la que se conocía de antemano que sería adversa para Mendoza, también ha sido una prueba palmaria de un ataque llano y sostenido contra una provincia que no le responde en términos políticos a la coalición que administra la nación. El paso del tiempo en la confirmación de aquel laudo, cuando nunca estuvo en duda lo que diría, impidió que se avanzara en el uso de los recursos que se están acumulando como parte de pago de una demanda ganada por Mendoza a la nación. Formalmente no se ha podido avanzar porque para ello hay que modificar el contrato que se firmara entre ambos estados y se supone, con razón, que el actual presidente ignorará la solicitud de la provincia para modificar partes del acuerdo suscripto entre Mauricio Macri y Alfredo Cornejo cuando ambos gobernaban sus distritos.
Nada permite señalar que habrá un cambio en el trato y en la relación entre la nación y la provincia por lo que viene. Muchos menos en este 2023 en el que todo se pone en juego electoralmente. Y está claro, también, que así como aquellos federales a las órdenes del general mexicano Victoriano Huerta, una vez que se encontraban acorralados o cuando intuían que serían derrotados por los revolucionarios de Villa, debían quemar las ciudades que iban perdiendo, dejando tras su paso sólo tierra arrasada, en la relación entre Mendoza y la Nación parece ocurrir lo mismo. Una misma táctica, una misma estrategia y una misma lógica: si al fin de cuenta no he logrado tenerte, si al fin y al cabo no te tengo, pues tampoco nadie te tendrá.
