Javier Milei.

El 15 de marzo de 1951, un joven político y militar de 38 años, Jacobo Árbenz Guzmán, asumía la presidencia de Guatemala. Gobernaría apenas tres años: su gestión sería interrumpida por un violento golpe de Estado. Árbenz había conquistado el poder de manera arrolladora en un país en crisis, tensionado entre campesinos y terratenientes.

Mientras celebraba en el balcón los vítores y aplausos del día de la asunción, le murmuró a su esposa —su colaboradora más cercana, María Vilanova— que iría al baño. En realidad, lo había dominado un deseo irrefrenable: tomar un trago. Ya en la oficina que había ocupado como ministro de Defensa del gobierno al que sucedía, se sirvió un vaso de whisky y lo sostuvo durante largos minutos, menéandolo, atormentado entre beber o dejarlo para siempre.

La escena es retratada con maestría por Mario Vargas Llosa en Tiempos recios, la novela en la que el Nobel describe la trama de conspiraciones internacionales que, en plena Guerra Fría, terminaron por derrocar a Árbenz en 1954 con la intervención de Estados Unidos y la CIA. El episodio concluye con Árbenz derramando el whisky por el inodoro y prometiéndose no volver a beber mientras fuera presidente. Incluso su esposa, en la intimidad, lo reprendía —cuenta Vargas Llosa—: “¡Basta, Jacobo, que se te traba la lengua!”. Aquella noche apenas se mojó los labios. Agobiado, decidió que no defraudaría a los guatemaltecos que lo aclamaban afuera.

“¿Soy ya un alcohólico?”, se preguntaba. Con la tarea inmensa que tenía por delante, ¿iba a fallar por esa miserable adicción? La novela intercala investigación histórica rigurosa con licencias literarias para describir las atribulaciones de un presidente enfrentado no sólo a conspiraciones externas, sino también a sus propias debilidades.

Este domingo, Javier Milei no pudo con las suyas y volvió a mostrarse como aquel panelista que se hizo un lugar en la televisión argentina a fuerza de insultos y exabruptos. Durante la inauguración del período de sesiones ordinarias en el Congreso, dejó en segundo plano el esperado detalle de su programa reformista para animar, en cadena nacional, un repertorio de agravios dirigidos a la oposición kirchnerista, que lo hostigó durante la lectura.

La comparación no es caprichosa. Así como Árbenz libraba una batalla íntima frente a un vaso de whisky, Milei parece no poder desprenderse de un estilo confrontativo que lo define. Árbenz decidió dejar de beber; Milei no ha decidido aún abandonar la incontinencia verbal con la que descalifica a adversarios y convierte cada intervención en un ring. El Presidente no habló al conjunto de los argentinos: habló, sobre todo, a los “kuka”, esa facción que buena parte de la ciudadanía pareciera querer dejar atrás para que el país finalmente arranque.

Con el latiguillo que comparte con su par de Estados Unidos —“hacer grande a la Argentina otra vez”— puede mantener encendida la militancia y la épica. Pero su desafío no es sostener el fervor de los convencidos, sino la paciencia de quienes esperan resultados concretos y mejoras palpables. La esperanza que lo llevó a la Casa Rosada no se alimenta sólo de consignas.

El Presidente debe evitar la tentación de hablarle a una secta. La Argentina es más amplia que el enemigo cómodo que elige para agitar. La sustentabilidad de su gobierno dependerá de que retome los aciertos iniciales: cuando habló con franqueza del dolor de los cambios y cumplió; cuando concentró su energía en enfrentar al establishment y a un statu quo que había fabricado penurias. Ahí está su verdadera batalla.