La vendimia que terminó este fin de semana —la institucional, la que reúne a los gobiernos con ese conjunto variopinto que le da vida al sector vitivinícola— ha sido pobre. Quizás una de las más pobres de los últimos años. No en gestos ni en miradas, sino en lo que decidió callar.

Resultó llamativa, sobre todo, por todo aquello que evitó decir y que debió expresarse abiertamente si, como se afirmó en algunos discursos, se trataba de un encuentro destinado a poner en público lo que se discute en privado.

Hay, en realidad, otra vendimia. O mejor dicho, varias.

Está la vendimia de las viñas, con casi el 40 por ciento de la uva ya levantada, cargada de incertidumbre por la falta de precios y por un mercado de consumo en retroceso. Está la vendimia de la calle, la de los carros, las reinas y el color, la del festejo que se impone incluso cuando sobran los motivos para la preocupación. Y está la vendimia de la protesta, que esta vez volvió a hacerse presente.

Las otras dos caras —la productiva y la institucional— llevan años alimentando suspicacias, conspiraciones y la eterna tentación de la política de jugar a dos puntas.

Fue evidente la incomodidad del gobernador Alfredo Cornejo y su gobierno por la presencia de Victoria Villarruel, vicepresidenta a cargo del Poder Ejecutivo durante la gira de Javier Milei por Estados Unidos, a la que el mandatario mendocino se sumará desde este lunes.

Al final de los actos —el de la Coviar en el Hyatt y los almuerzos tanto en el Espacio Arizu como en el INTA— en el entorno oficial se respiraba alivio: todo había transcurrido bajo control, sin desbordes ni escenas incómodas.

Todo indica que Cornejo y Villarruel mantuvieron un breve encuentro —que fuentes gubernamentales definieron como “estrictamente protocolar”— que pudo haber sido la causa de la demora de más de una hora en el inicio del acto de la Coviar. Allí habrían acordado incluso un detalle no menor: que la vicepresidenta no hiciera uso de la palabra, algo que institucionalmente le hubiese correspondido.

Ella se comportó muy bien”, comentaron luego cerca del gobernador.

La vendimia institucional también dejó una sensación de apatía. Un cierto desgano que pareció apoderarse de los contertulios que se exhibieron en público.

La crisis que atraviesa el sector industrial más tradicional y culturalmente significativo de Mendoza no encuentra respuestas enérgicas ni discursos con verdadero énfasis.

Tal vez sea un fenómeno propio de la era Milei: una resignación que se expresa como espera. La expectativa de que el mercado termine haciendo lo que tenga que hacer y que las reformas que comienzan a implementarse traigan consigo un nuevo escenario. En ese proceso, algunos se reconvertirán, otros se resignificarán y otros quedarán en el camino.

Un proceso de selección, ni más ni menos.

Hace tiempo que Cornejo intenta responder a lo que en privado muchos describen como una desidia deliberada del gobierno libertario frente al sector. Lo hace con el cuidado de quien no quiere incomodar ni romper lanzas por mera conveniencia política más que por afinidad ideológica.

El pragmatismo ha sido su marca. Y volvió a notarse este sábado, cuando repitió conceptos que ya había expuesto en el foro de inversiones del Hilton: “Mendoza ajustó sin reducir capacidad estatal”; “ordenamos para sostener el rol del Estado”; “el mercado tiende al equilibrio”; “la industria debe buscar nuevos mecanismos de venta”; “el Estado tiene que acompañar con infraestructura y financiamiento”; “apoyamos el proceso de reformas”; “queremos influir en el Estado nacional para que el cambio se consolide”.

Mientras tanto, la celebración de los 90 años de la Fiesta también empezó a mostrar movimientos en la carrera por la sucesión de Cornejo.

Luis Petri recorrió todos los escenarios oficiales, de punta a punta, hasta que decidió retirarse molesto por la presencia de Villarruel. La vicepresidenta había anticipado, en declaraciones a Canal 9, que el diputado nacional debería explicar ante la Justicia la denuncia que él mismo había presentado acusándola de golpista.

Su salida del acto de la Coviar resultó llamativa: se levantó y se fue junto a su pareja, la periodista Cristina Pérez, antes del discurso de Cornejo, cuando todavía se especulaba con que Villarruel tomaría la palabra.

Los otros dos aspirantes a la sucesión —el ministro Tadeo García Zalazar y el intendente Ulpiano Suarez— optaron por un perfil más bajo.

El jefe comunal capitalino, sin embargo, dejó una señal política al mostrarse en el almuerzo del INTA —crítico tanto con el gobierno provincial como con el nacional— junto al peronista Matías Stevanato, de Maipú, y al macrista Esteban Allasino, de Luján de Cuyo.

Una forma clásica de marcar diferencias y hacerse visible, como recomiendan la mayoría de los manuales de la política.

Al final, la vendimia anodina termina siendo útil para todos. Permite que el momento pase sin decisiones de fondo que respondan a los reclamos del sector.

La pobreza del clima general, la opacidad, lo políticamente correcto en exceso, la bonhomía impostada y cierta hipoacusia entre los sectores parecen convertirse en recursos funcionales: empatar la partida y esperar tiempos más favorables para volver a discutir.