Acá estamos. Dos años después. Y estamos mucho peor.
¿Peor que aquella mañana trágica en que los terroristas de Hamás cruzaron la frontera para asesinar, incinerar, torturar, violar y secuestrar? Sí. Porque el horror no terminó: se propagó y encontró nuevos voceros.
Volvieron los monstruos. Los de siempre, como si fuera un ciclo. Los mismos prejuicios que desataron pogromos y exterminios. Desde la Edad Media hasta hoy, la judeofobia conserva su núcleo y siempre encontrará una excusa.
El hit del momento es “genocidio”. El antisemitismo disfrazado de causa humanitaria. La idiotez global, amplificada por redes sociales y validada por organismos supranacionales. Desde la ONU hasta Médicos Sin Fronteras, todos repiten el libreto. Y la Iglesia, a nivel institucional, en su afán por agradar a todos, terminó distorsionando incluso la figura de Jesús: lo convirtió en un rehén más del terrorismo palestino, y calla ante las matanzas de cristianos en África y Asia. ¿Qué les pasó?
Hablar con un antisemita es como discutir con un populista: no hay hechos, solo consignas. El antisemita apela al voluntarismo, a la frase fácil y a la inescrupulosidad. No tiene pudor ni vergüenza. Está ahí, agazapado; unas veces por convicción y otras por pura ignorancia.
El judaísmo representa —leé bien— apenas el 0,18 % de la población mundial. Culpar a quince millones de personas por lo que ocurre en un planeta de más de ocho mil millones no es solo una estupidez; es un complejo de inferioridad sin precedentes.
La pereza ante los discursos de odio termina en tragedias. La indiferencia también es una forma de complicidad: cuando los moderados callan, los violentos se imponen. Son ellos quienes levantan la voz, quienes predican la eliminación de un pueblo. Los mismos que gritan “genocidio” para instalar una mentira son los que corean “desde el río hasta el mar”. ¿Con qué objetivo? Borrar del mapa al único Estado judío del mundo.
Ya no vale refugiarse en el “no estoy ni de un lado ni del otro”. Esa neutralidad aparente es, en el fondo, una forma de cobardía. Es tiempo de involucrarse, de bajar línea, de sostener el debate con hechos, con mapas, con historia y con verdad; no con relatos propagandísticos.
Es cuestión de hacer cuentas. Veamos este ejercicio práctico: según el Ministerio de Salud de Gaza —controlado por Hamás—, más de sesenta mil personas murieron en dos años de guerra. Llamativamente, la mayoría serían niños, mujeres y periodistas. Todos los medios repiten esas cifras sin verificación posible.
El grupo terrorista convirtió la supuesta información en un arma formidable: cada número es parte del guion. Y como la única cadena que puede transmitir desde el enclave es la qatarí Al Jazeera, el mundo compra el libreto enlatado. Después, cuando esos datos se desmoronan, sacan apenas una desmentida, así de chiquita. Ocurrió con The New York Times y con la BBC.
La guerra en Gaza tiene algo inédito: las víctimas se cuentan antes de que caiga una bomba. Es como si alguien leyera el final de una película antes de filmarla. De ahí nace Pallywood o Gazawood, que son la mixtura de las palabras “Palestina” o “Gaza” con “Hollywood”. La industria de la ficción al servicio del antisemitismo.
Una de las posturas más cínicas de esta historia es la que reclama “proporcionalidad”. Si se tomara en serio ese concepto, Israel debería haber hecho exactamente lo que hizo Hamás el 7 de octubre de 2023: irrumpir en una fiesta de jóvenes, asesinar a familias enteras, violar mujeres —porque los abusos sexuales formaron parte del plan de ataque— y secuestrar a cientos de personas.
En apenas cinco horas, la llamada Operación Inundación de Al Aqsa dejó 1.200 civiles asesinados y más de 250 secuestrados. La agresión más brutal contra el pueblo judío desde la Shoá.
Ahora vos, que sos antisemita —y que te definís como “antisionista” sin saber siquiera qué significa el término—, hacé el cálculo. Si las Fuerzas de Defensa de Israel hubieran actuado con el mismo parámetro que Hamás, habrían matado a más de cuatro millones de personas en este tiempo y sin arriesgar a sus tropas.
Pero, según las propias cifras de los terroristas, van unos setenta mil muertos en dos años de guerra urbana. Una guerra contra una organización que no usa uniforme; que se camufla entre la población, que invierte en túneles en lugar de infraestructura civil y que se protege con escudos humanos para convertir cada víctima en propaganda. Y ahí estás vos, soberbio, con la banderita en la mano, gritando “genocidio”. ¿Entendés el punto?
Por cierto, las supuestas víctimas de genocidio siempre tuvieron la forma más simple de terminar con esta guerra: devolver a los rehenes.
Pero no lo hicieron. Porque el sufrimiento de su propia gente también forma parte de la estrategia. Cuanto más dolor muestran, más rédito obtienen en el escenario internacional.
Dato adjunto: tan ruin es la izquierda, que justifica, defiende y celebra que cientos de chicas hayan sido vejadas por miembros de Hamás. Las imágenes son espeluznantes. Pero hay algo todavía más perverso: quieren revertir el discurso y, para lavar culpas, la nueva es decir que es mentira y que, en realidad, son los soldados israelíes los que hacen eso. Miserables.
Mienten, tergiversan y hasta roban los símbolos. Citan frases de Golda Meir, las invierten y las atribuyen a Yaser Arafat. Lo mismo hacen con la imagen de la llave como emblema del destierro, uno de los íconos más antiguos de los judíos sefardíes perseguidos por la Inquisición.
Borges lo retrató en su poema Una llave en Salónica, dedicado a aquella ciudad griega que cobijó a los expulsados del Reino de España y que, siglos después, fue devastada por los nazis.
¡Hasta las sandías se robaron! Una de las frutas con las que se conoció el milagro agrícola israelí de las décadas del cuarenta, cincuenta y sesenta.
En tu baraja de teorías conspirativas, seguro vas a jugar la carta del “colonialismo” o del “imperialismo”. Tomate la molestia de mirar un mapa de Medio Oriente. Observá el tamaño de Israel.
Exacto: eso quería que vieras. ¿Cómo se puede sostener un argumento tan ridículo? Israel es tan pequeño que su nombre ni siquiera cabe dentro del mapa.
Dudo que te estés riendo, porque los antisemitas por lo general no tienen humor, pero te dejo el dato: Yohay Sponder es un actor y comediante de stand up israelí, y en sus presentaciones hace chistes con esto. Porque sí, porque es re pequeño, más que Tucumán.
Te estarás preguntando cuánto mide Palestina. La respuesta te va a sorprender: nunca existió un Estado con ese nombre.
Nunca tuvo gobierno, ni bandera, ni himno, ni moneda. El término Palestina lo impuso el emperador Adriano para borrar la identidad del Reino de Judea. Pregunta de examen: ¿cuál era el gentilicio de Judea? Respuesta correcta: judíos.
Con los siglos, la región pasó por manos de distintos imperios. En 1920, el Mandato Británico retomó el nombre impuesto por Adriano y tuvo dos particiones. Primero, en un territorio al este del río Jordán, se creó el Emirato de Transjordania (hoy Jordania). Y en 1947, la ONU propuso dividir el resto entre judíos y árabes —no “palestinos”, porque ese pueblo aún no existía como tal.
Los árabes rechazaron el plan de partición y declararon la guerra con un lema que todavía resuena: “Desde el río hasta el mar”.
En este punto de la lectura hay dos caminos. O entendés por dónde va la cosa y sentís el llamado a la reflexión, o estás odiando más a los judíos por culpa del judío que escribe. Siempre hay un subterfugio para justificar el antisemitismo.
El más reciente es decir que Javier Milei “tiene demasiados contactos con judíos” o que “Israel quiere quedarse con la Patagonia”. La misma matriz conspirativa, trillada y recurrente.
Probemos otro ejercicio: Jorge Rafael Videla comulgaba todos los domingos; Leopoldo Galtieri también. Cristina Fernández, condenada por corrupción, es católica. ¿A alguien se le ocurriría culpar al cristianismo por sus exponentes? Por supuesto que no. Porque no corresponde.
Desde el punto de vista político, los nombrados arriba son el prototipo de los líderes de los grupos terroristas islámicos: corruptos, con discursos de odio radicalizado, buscando enemigos permanentemente; subyugando a la población a la pobreza mientras disfrutan de una vida de lujos, y condenándola al embrutecimiento.
Por supuesto que hay muertos. Por supuesto que hay víctimas civiles. Nadie busca esos daños colaterales. Pero es una guerra, y toda guerra es una tragedia.
Eso fue exactamente lo que buscó Hamás el 7 de octubre: provocar una respuesta y ganar la simpatía de una parte del mundo. Una parte que siente un odio visceral por Occidente y por las ideas judeocristianas; que prefiere el primitivismo a la libertad, la violencia al desarrollo, el fanatismo al arte. Civilización o barbarie.
Paradoja de la globalización, hoy el islamonazismo tiene más adeptos en las universidades occidentales que en los países árabes que decidieron cruzar el umbral hacia la modernidad. Y comprendieron que es con Israel como socio y vecino. Son los que firmaron los “Acuerdos de Abraham” o están en vías de hacerlo. El triunfo del pragmatismo por sobre el fanatismo, según Amos Oz.
Por si no quedó claro: ser antisemita —o practicar cualquier forma de discriminación— está mal. No te hace canchero, no te hace inteligente y no te convierte en un rebelde. El antisemitismo afecta, en principio, a los judíos, pero nunca termina ahí. Es un síntoma de la degradación democrática. Cuando ese odio entra en erupción, el mundo cae a infiernos desconocidos. Por eso es necesario involucrarse. Por eso, y porque los malos no pueden ganar nunca más.
Decálogo para saber qué tan antisemita sos:
• Si te referís a los judíos como “ellos”, sos antisemita.
• Si decís “tengo amigos judíos” y no simplemente amigos, sos antisemita.
• Si creés que los judíos se victimizan por el Holocausto, sos antisemita.
• Si querés desvirtuar o relativizar el término “antisemita”, sos antisemita.
• Si minimizás que la judeofobia es el odio más antiguo y profundo de la humanidad, sos antisemita.
• Si ignorás las matanzas en África (el periodista Osvaldo Bazán escribió al respecto) y te indignás solo cuando Israel se defiende, sos antisemita.
• Si callás ante los cientos de miles de musulmanes asesinados en Siria, Irán, Iraq, Sudán, Yemen o Líbano y solo opinás sobre Israel, sos antisemita.
• Si mirás para otro lado cuando matan cristianos y solo señalás a Israel, sos antisemita.
• Si no sabés que el 90 % de las fotos de “Gaza” son fake, sos ingenuo y antisemita.
• Si le exigís a Israel lo que no le pedís a ningún otro país, sos antisemita.
