Promediaba la campaña presidencial y Jair Bolsonaro, el candidato de la derecha brasileña, era llevado en andas por militantes en medio de un gentío impresionante en el acto en Juiz de Fora, en el estado de Minas Gerais. De pronto, las imágenes captan el momento exacto en el que es apuñalado en el abdomen por un atacante que, algún tiempo después, la Justicia declararía inimputable por problemas siquiátricos. El hombre en cuestión, el atacante, Adélio Bispo de Oliveira, estaba convencido de que Bolsonaro, el que siempre hizo campaña con una camiseta de la verdeamarela con la inscripción “Mi partido es Brasil” y que usaría, incluso, hasta en la última que terminara con su derrota en manos de Lula da Silva, era el representante en la tierra, una suerte de brazo de Dios que lo había enviado con la misión de “exterminar a los militantes de los partidos de izquierdas y a las minorías para salvar al país”.

Promediaba setiembre del 2018 cuando Bolsonaro fue víctima del ataque, cuando todo el territorio brasileño estaba cruzado de par en par por una profunda división política de características violentas, además de inusitada. Ese clima, intolerante, prepotente y, en gran medida, auspiciante del último ataque delirante hacia los poderes republicanos de Brasil e intento desquiciado de romper el Estado de derecho que se registró el último domingo, es el que ha persistido casi sin cambios hasta hoy y que explica, desde ya, lo sucedido.

En la noche del 1 de setiembre del año pasado, un ciudadano con evidentes síntomas de desequilibrio, como el que ciertamente padecerían sus cómplices, gatillaría un arma, por suerte en falso por una falla mecánica, y sin que se liberara la bala, a centímetros de la cabeza de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, la que se había bajado del auto que la transportaba y se disponía a ingresar a su domicilio, en la calle Juncal del barrio de La Recoleta, en la CABA. La persona que empuñó el arma, como su grupo de apoyo, conformaban lo que se conoce, hoy, como la Banda de los Copitos, porque por varios días antes del atentado fallido merodearon la vivienda de la vicepresidenta en supuesto tren de tareas de inteligencia, disimulados detrás de un puesto móvil de venta de copos de azúcar. El caso aún se encuentra en etapa de investigación judicial. E, independientemente del desenlace y resolución del mismo, la Banda de los Copitos poseía una marcada tendencia ideológica ligada a la extrema derecha y reactiva al kirchnerismo y a su lideresa, vicepresidenta de la Nación nada más y nada menos, y dos veces presidenta entre el 2007 y el 2015.

A Cristina Fernández y a Bolsonaro los une el mismo sentimiento reflejado, incluso, con ese idéntico accionar como reacción a sus derrotas electorales: ninguno tuvo la dignidad ni la grandeza de entregar el bastón de mando a quien les ganara en buena ley, tras elecciones limpias y transparentes: Fernández de Kirchner, un día antes del fin de su mandato y el momento de asunción de Mauricio Macri, había presidido un multitudinario acto de despedida en el que no sólo prometió volver –como lo hizo camuflada en la persona de Alberto Fernández cuatro años más tarde–, sino que negó el triunfo y la legitimidad del acto que depositó al líder de Cambiemos en el poder. Bolsonaro hizo lo propio: el 1 de enero, día en que el veterano dirigente político, Lula, alcanzaba su tercera presidencia, no se hizo presente en el acto, deslizó que le habían hecho trampa en el proceso electoral y se recluyó en los Estados Unidos, descargando todo tipo de cuestionamientos al presidente socialista.

La derecha prepotente y autoritaria que bien pudo representar durante su gobierno Bolsonaro, con la imagen que fue construyendo el kirchnerismo a lo largo de sus cuatro mandatos (incluyendo el actual de Alberto Fernández) desde ese falso progresismo de izquierda que enarboló y que defiende, tienen más puntos en común que diferencias. Al menos, en el método de llevar adelante un sistema de imposición de ideas y de conformación de ejércitos de militantes fanatizados que, en Brasil, al menos, terminaron provocando ese intento de quiebre institucional del último domingo.

Las similitudes se dan en la forma de construir el mensaje, en la forma de trasmitirlo y en toda la escenografía que se monta para su presentación. Y lejos de las diferencias que claramente ambas facciones defienden y que las aleja en cuanto a modelo económico y sistema que apuntale la marcha del país, ambos apuntan a silenciar a los medios, a difundir noticias falsas desde el poder, a orquestar campañas de desprestigio sobre los políticos adversarios y rivales y al montaje de un relato ajeno a la realidad, que incluye la eliminación del que está enfrente gracias a una descalificación constante y permanente. La negación de la realidad y el armado de una estructura ficticia de quiénes son amigos y quiénes enemigos, va conformando el caldo de cultivo en el que ha crecido y se ha desarrollado con vigor ese clima de resentimiento y constante amenaza de quiebre social e institucional.

No son pocos los trabajos de investigación social y de análisis político que dan cuenta de las similitudes de los autoritarismos que se ejercen desde la derecha y desde la izquierda. Un informe divulgado por la BBC en el 2019, sobre la base de las conclusiones de la profesora Marlies Glasius, del Departamento de Política de la Universidad de Ámsterdam, de Países Bajos, da cuenta de ello y lo confirma cuando asiente que la imposición del “sigilo sobre sus propias actividades, minar el control popular, la difusión de las fakes news, la descalificación a la prensa y, en algunos casos, hasta organismos oficiales de gobierno, son prácticas autoritarias que se pueden encontrar en gobiernos considerados democráticos y en grandes organizaciones privadas”, de acuerdo con los dichos publicados por el medio británico.

Entonces, está claro que el juego político, tras lo sucedido en Brasil, irá por la búsqueda de la capitalización de los hechos, no importa del lado en el que se esté desde el discurso político. La invasión de los tres poderes en Brasil se comparó con aquella que los partidarios de Donald Trump protagonizaron durante su gobierno contra el capitolio. Pero, por qué no incluir en la lista, en cuanto a fenómenos similares, el ataque de la izquierda y del kirchnerismo con piedras contra el Congreso en diciembre del 2017, cuando se discutía una nueva base de cálculos para indexar los haberes de los jubilados.

Los extremos podrán hacer esfuerzos por acumular supuestos argumentos a su favor culpando a su enemigo político, pero, por suerte, se conoce, cada día con más nitidez, que los unen las mismas miserias antidemocráticas, totalitarias y destituyentes del Estado de derecho.