Mientras el país no logre darse soluciones diferenciales y puntuales, por medio de medidas específicas y particulares para cada una de las regiones que lo componen, puede que nunca logre alcanzar la estabilidad tan ansiada de su economía, ni mucho menos un gobierno en el que cada argentino –por supuesto que con sus diferencias y distintas visiones sobre las cosas, como es natural– pueda considerarse bien representado, atendido y servido.
Argentina nunca pudo salir ni desembarazarse de la macrocefalia política que se apoderó de su sistema de organización institucional, económica y cultural desde los inicios mismos de la república. El imán del puerto, la ciudad de las luces y la sociedad ilustrada fueron mucho para un territorio demasiado extenso y manso frente a las imposiciones. Si hasta uno de los más grandes entre los grandes, como San Martín, por caso, un día decidió abandonar la tierra –por sus propias manos liberada–agobiado y lleno de angustia, e incomprendido en su visión de una nación integral más amplia y diversa que la que se tiene en aquellos pocos kilómetros que comprenden hoy el AMBA, el puerto, la CABA y el conurbano bonaerense.
Antes de renunciar a su banca de senador nacional, Esteban Bullrich había dado a conocer y presentado un proyecto para convertir a la poderosa y mal influyente Buenos Aires en cinco provincias diferentes: la Buenos Aires atlántica; la Buenos Aires del norte; la Buenos Aires del sur; la provincia de Luján y la provincia de Río de la Plata. Mucho antes, el politólogo Andrés Malamud había presentado en sociedad otra idea de subdivisión de esa provincia, pero en tres, para hacer “gobernable” Argentina y ese territorio en sí mismo. Es cierto que ambas iniciativas tampoco han sido las únicas, pero sí puede que sean las más estudiadas y analizadas de los últimos tiempos.
El tamaño excesivo de la provincia, con ese casi 40 por ciento de influencia propia por sobre el electorado nacional, ha extendido hacia todo el territorio argentino, tanto hacia el norte como hacia el sur y, por supuesto, hasta la zona andina en toda su extensión, ese festival de incongruencias de las que ha hecho gala, particularmente desde lo político.
El gobierno de Alberto Fernández, quebrado por la propia interna oficial, no sólo tiene serios inconvenientes para descifrar la magnitud del problema que acucia a todo el país, partiendo de su macroeconomía. También los padece al no alcanzar a comprender las particularidades de las economías regionales ni, mucho menos, la idiosincrasia de los habitantes que las pueblan.
Parece una obviedad y un sinsentido, pero es necesario que al presidente alguien le advierta, de tanto en tanto, que los climas sociales y humores políticos que suelen registrarse en los alrededores de la Rosada tampoco son los mismos que los del resto del país. Sin embargo, las principales medidas económicas que se suelen tomar se configuran con información o bien sesgada o bien incompleta. La famosa sintonía fina, que alguna vez un gobierno dijo que implementaría para idear soluciones diferenciales, brilla por su ausencia, y todo parece indicar que seguirá así por mucho tiempo más.
Este 24 de Marzo, la discusión, el mensaje y el relato político dominaron la escena del feriado por el Día de la Memoria. Y la confrontación interna, elevada a niveles estrambóticos entre La Cámpora y el círculo más cercano del presidente, sumió al país en una lucha que no es de la mayoría de los argentinos. Y, si bien está más que claro que el drama económico que tiene Argentina –con una inflación desbocada, sin horizonte y sin rumbo cierto– debería encontrar solución desde la política bien entendida y asumida, la política oficial responde de la manera en que lo viene haciendo, obscenamente, desde el tiempo en que se exteriorizaron las peleas intestinas que siempre estuvieron vigentes y vivas en el elenco gobernante.
La lucha interna, la otra gran grieta que ahora comenzó a padecer el país, con un frente de gobierno hecho pedazos y un presidente cada día más debilitado por el bombardeo de La Cámpora, está expo niendo a todo un país, con el foco de la lucha en Buenos Aires, a caer en uno de sus peores infiernos. Otra vez, el pasado; otra vez, la pelea por los símbolos; otra vez, la agitación de los viejos fantasmas destituyentes que Argentina ha superado han retornado a la escena habitual de los argentinos, cuando la inmensa mayoría de su pueblo lo que ansía es vivir en un país estable, amigable, amable y previsible.
Y, quizás por esa mirada puesta per manentemente en el pasado, un pasado del que no se quiere desprender porque de eso parece depender su existencia política, el elenco de gobierno hoy no encuentra el plan de salida que necesita el país, y dentro de él, cada una de las regiones ajenas a la idiosincrasia porteña, a sus caprichos y arrebatos políticos.
No mucho tiempo atrás, los gobernadores solían unificar sus visiones e ideas en lo que se denominaba la liga de mandatarios. Peronistas en su mayoría, solían unirse para romper el cerco impuesto por el puerto y sus soluciones mágicas. En algunas oportunidades –las menos hay que decir–, esos intereses regionales lograron su caja de resonancia en el Senado. Pero han caído en desgracia, generalmente, sojuzgados por el poder de la billetera. En pocos pasajes de la historia moderna, las regiones y economías diversas del resto del país han conseguido imponerse sobre ese poderío abrumador que ejerce sobre todos la macrocefalia porteña. Y, en los últimos tiempos, han sido los empresarios quienes han intentado marcar un camino a la política para romper con la inercia y conseguir poder de lobby. Así lo han hecho las cámaras mendocinas con sus pares de Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe.
Son intentos aislados, escasos y hoy no tan influyentes, pero indican y manifiestan ya no sólo un malestar, sino un alto grado de insatisfacción y de hartazgo que va en aumento. Si la política lograra darse cuenta de este fenómeno y consiguiera construir un poco de confianza y garantías de otro rumbo, de otra cosa diferente de lo que está fuertemente instalado desde tiempos lejanos, otra podría ser la historia de un país fantástico.
