“No podría venir a trabajar todos los días a mi empresa en un auto 0Km, ni tampoco utilizando un chofer; no lo soportaría, no me da la cara, aunque todo lo que hemos hecho y ganado acá fue siempre con mucho esfuerzo y sin sacarle nada a nadie. No lo haría, más en un tiempo como este, porque quienes estamos un poco mejor tenemos que ser empáticos con los que están mal y tan mal”, me comentó días atrás un empresario mendocino cuando compartíamos e intercambiábamos alguna visión sobre la crisis y la situación social.

Cuando, cerca del mediodía de este lunes, comenzaron a desfilar por las redes las primeras imágenes del Eurocopter EC 155 de última generación, el helicóptero presidencial, aterrizando en la cancha de Ferro Carril Oeste, en Caballito, transportando al presidente Alberto Fernández hacia una entrevista radial a la casa de un periodista, recordé aquellas palabras y no pude no imaginar qué habrá pensado mi interlocutor al verlas. ¿Qué se le habrá pasado por su cabeza? ¿Habrá sido indignación? ¿Sorpresa? ¿Asco? ¿Bronca? ¿Ira? ¿Indiferencia? ¿Pena? ¿Tristeza?

Cuántas veces diremos que buena parte de la dirigencia ha perdido el quicio, literalmente. Y cuántas más hasta que deje el cargo el 10 de diciembre coincidiremos en ese extravío patológico que, pareciera, se apoderó del presidente de la Nación desde buena parte del tiempo a esta parte. Porque, salvo que tenga la certeza –que de igual manera sería espantoso– de que por sus desvaríos que comete a diario, nadie podría llegar a prenderle fuego la gestión por la naturaleza de las fuerzas corporativas que lo acompañaron para llegar al poder, aliadas al peronismo o beneficiadas cuando el movimiento ejerce el poder y se encuentra al mando institucional, el presidente ya tendría que comenzar a medir más seriamente lo que dice, hace y la manera en la que interpreta lo que está pasando a su alrededor.

Durante la entrevista periodística, la que condujo Mex Urtizberea para Nacional Rock en su casa-estudio de Caballito, el presidente rió, hizo chistes y hasta dijo sentirse emocionado cuando contó que en plena pandemia recibió el mensaje de una persona contándole que sus padres fallecieron por COVID y que, pese al dolor, se sentían muy agradecidos por la digna atención y cuidados que habían recibido en un hospital público. También tuvo tiempo para confesar que, si se interpretara para una película su paso por la Casa de Gobierno, le gustaría que su papel lo hiciera Robert De Niro. Mientras el presidente charlaba distendido con el humorista, el dólar trepaba casi hasta los 460 pesos, rompiendo otro récord en una disparada que se ha tornado incontrolable para el equipo económico.

Evidentemente, se está ante un gobierno que no comprende ni entiende lo que está pasando, empezando por el equipo de comunicación oficial, que tampoco le advierte al presidente la desconexión absoluta en la que se encuentra, los disparates que declara, dice y que hace a menudo.

Lo que ocurre a nivel nacional tiene que ser tomado en Mendoza y especialmente analizado y discutido para la campaña electoral que se avecina. Terminados los cierres de listas, el camino hacia las PASO del 11 de junio tiene que ser usado para un debate útil y provechoso para la ciudadanía. Demasiado desenganche con la realidad tiene el Gobierno nacional con sus habitantes como para que Mendoza caiga en lo mismo. Así y todo, durante los días y las horas previas a la inscripción de los candidatos y en medio de las negociaciones ardorosas que se llevaron adelante con el consabido estruendo que provocaron algunos de los pases de uno a otro lado, hubo una muestra de desquicio, especialmente en las redes sociales, en el nivel de la discusión política y ciertos actores particularmente.

Es que no hay demasiado margen para las infantilidades y comportamientos erráticos de la dirigencia. Son momentos en los que las urgencias y penurias obligan a hablar con la verdad sobre la mesa y seriamente. No hay tiempo para juegos ni burlas ni dilaciones. La lógica indica que de ahora en más se debe discutir sobre las ideas y propuestas que tienen para enfrentar la crisis. Es tal el nivel de hastío que hay gente que ya ni siquiera les está pidiendo a quienes se están postulando la solución, sino sólo ideas, meras propuestas para evaluar lo que tienen en la cabeza. Y que los traten con respeto.

Porque atizar el clima social con los ataques y críticas que ya se destinan entre ellos, los que están en competencia, pareciera que sólo deja conforme a la militancia y, dentro de los seguidores, a los fanáticos, los que festejan las ocurrencias de sus líderes, de sus conductores y sus candidatos. Al ciudadano común, el que votará en junio con boleta única, la que potencialmente se puede convertir en un arma poderosa para meter presión en favor de la seriedad y de un debate provechoso, ese espectáculo puede que se convierta en la chispa inesperada dentro de un polvorín.

Es cosa seria lo que pasa. Cuanto menos sorprende que, en medio del desastre económico, no haya volado por los aires, la otra crisis, la social. Dos motivos puede que expliquen tal comportamiento: la madurez de buena parte de una sociedad que en verdad está esperando las transformaciones, que se refieran a ella sin subestimaciones ni negaciones ni, mucho menos, con provocaciones; una sociedad que detesta la violencia y el desequilibrio. Otra de las razones es más política y, claro que sí, tremebunda: que quienes han agitado en el pasado procesos cercanos a la destitución y a la prepotencia contra las instituciones y contra administraciones algunas inútiles, y otras a las que no se les tuvo paciencia, sean parte hoy del problema, claramente, y de la conducción de un país que, lejos de ir a ninguna parte, parece ir hacia el infierno; constantemente hacia un infierno.