La pedantería, el chovinismo y el patrioterismo argentinos sufrieron un duro golpe al comienzo de la semana, luego de que Donald Trump, por un lado, y el entrenador de fútbol alemán Jürgen Klopp, por otro, se expresaran sobre el país en torno a temas sensibles para el orgullo nacional.
Trump justificó su apoyo a la Argentina después de recibir la queja de una periodista estadounidense que le reclamó por la situación de los farmers norteamericanos, quienes compiten en el mundo con productos argentinos:
“Argentina está luchando por su vida, señorita. Usted no sabe nada al respecto. Están luchando por su vida, ¿entiende lo que significa? No tienen dinero, están luchando con todas sus fuerzas para sobrevivir. Se están muriendo. ¿De acuerdo?”
Klopp, durante una charla, desplegó su reconocida técnica en el manejo de grupo al explicar que trataba a todos sus jugadores un 50 % igual y el otro 50 % según su origen o sus necesidades particulares:
“Entonces —dijo—, los jugadores venían a mí y me preguntaban por qué los trataba así, de una manera particular, y que a él nunca le diría eso. No, porque él es de Argentina, creció en una casa sin ventanas y vos sos de Múnich, donde todo estaba bien. ¿Querés que los trate igual? ¿De verdad? Traer a toda esa gente de distintas partes del mundo y esperar que todos reaccionen igual es imposible. Crecer en Alemania obviamente es distinto que crecer en Senegal; es diferente”.
Expresiones como “Argentina se está muriendo” y la referencia de Klopp a un futbolista que, por provenir de estas tierras, “creció sin ventanas”, nos ofrecen a los argentinos una imagen más o menos cercana de cómo se nos percibe afuera: un país que aún se cree —en general— el mejor del mundo, o casi.
Hubo, por supuesto, reacciones negativas a tales dichos. Como corresponde. Argentina no defrauda. Sin embargo, también hay un llamado a tomar conciencia de lo que ocurre con un país que se acostumbró a vivir de crisis en crisis sin decidir salir de ellas.
La crisis argentina no es solo económica —aunque probablemente sea la más visible, la que más duele, la que genera incertidumbre y desasosiego—, sino también educativa y cultural. Así como no se crece económicamente desde hace al menos quince años, la debacle cultural y educativa podría tener más antigüedad, y haber avanzado con toda su letalidad silenciosa sin que colectivamente se advirtiera.
Si el país no hubiese sucumbido en una catástrofe educativa, muy probablemente podría haber evitado la comisión de tantos errores. A esta altura de los acontecimientos, o bien la Argentina padece una pandemia de ignorancia supina que le impide hallar salidas a problemas económicos graves —pero con solución, de raíz formativa y educativa—, o bien sufre una patología colectiva semejante a la de los países o regiones que han vivido en guerra durante generaciones.
Vivir en guerra y vivir en una constante crisis económica pueden estar unidos por factores identificables. En el primer caso, las causas pueden explicarse por razones religiosas y culturales que acompañan a esos pueblos desde hace milenios; en el segundo, en la Argentina, podría tratarse de una falla colectiva para interpretar con sano juicio lo que le ocurre e identificar posibles soluciones.
Lo que sí parece claro es que, así como se fue deteriorando la calidad de vida de los argentinos a medida que se derrumbaba la economía, también se fue degradando la calidad educativa y el conocimiento sobre el funcionamiento de las cosas. Un combo letal, porque la decadencia educativa nos ha impedido identificar las razones de nuestra propia decadencia.
Trump nos dice que nos estamos muriendo porque pocos países en el mundo podrían sostener durante tanto tiempo una forma de vida semejante sin intentar un giro. Y tiene razón. La Argentina, además, dispone de los recursos y herramientas necesarias para provocar ese cambio de 180 grados. No tomarlas, como sí lo hicieron tantas naciones en situaciones similares, da cuenta de una particularidad criolla: una patología colectiva derivada de la falta de formación general y de la incapacidad para comprender qué caminos tomar.
Lo de Klopp, en el fondo, no hace más que reflejar lo mismo: la decadencia cultural y educativa nos ha sumido en un nivel de pobreza tal que casi la mitad del país vive sin ventanas, sin comer bien, sin agua, sin cloacas, sin dignidad.
Y así como algunas personas aprenden a convivir con el dolor permanente, lo propio podría estar ocurriéndole a un país que, aun teniendo las soluciones a mano, decide —quizás sin darse cuenta— seguir en el pantano.
