A Alfredo Cornejo no lo eligieron; lo prefirieron. Así lo define siempre su consultor de cabecera, Elbio Rodríguez. Es una pequeña diferencia semántica que se apoya en la perspectiva del votante en relación con la oferta electoral. A veces no tiene la libertad de elegir al que más le gusta y no le queda otra que optar por uno de los nombres que aparecen en la boleta única. Y de los cinco que estaban en ese listado, el ahora nuevo gobernador sonaba como la alternativa más potable; al menos para el 40 por ciento de los mendocinos que fueron a votar.
Mendoza atraviesa una etapa de desencanto, de frustraciones. El único que logró descifrar el sentir social en la provincia fue Luis Petri con eso de que la provincia estaba en pausa. Pudo hacerlo porque andaba livianito de ropas; no debía pagar ninguna deuda de su pasado y se podía dar el lujo de cuestionar con dureza al gobierno de Rodolfo Suarez. Una crítica que era netamente descriptiva. El “modelo Mendoza” tiene mucho de marketing y biri biri, y no es tan maravilloso como el actual mandatario cree.
Cornejo lo sabía, y entendió que en esas PASO corrió con desventaja ante la imposibilidad de poder gritar a viva voz que la gestión de Suarez no era ni cerca la que más le hubiese gustado representar. Pero debía hacerse cargo. Él lo había elegido como sucesor y, si pretendía volver a sentarse en el sillón de San Martín, no había más alternativa que subir el precio de casi cuatro años que simplemente transcurrieron sin mucho para destacar y con un paquete de funcionarios anquilosados por viejas contiendas electorales, pero con nada nuevo para ofrecer desde hace tiempo. Un gabinete donde segundas y terceras líneas se encargaron de cuidar su metro cuadrado (en algunos casos, hectáreas y vehículos de alta gama) y se acostumbraron al vuelo bajito, con algún anuncio vago e intrascendente que cada tanto justificaba honorarios.
Si Cornejo cumple con lo anticipado en campaña, ninguno de ellos seguirá en el Poder Ejecutivo; no al menos en puestos de exposición pública y de toma de decisiones importantes. No están a la altura; perdieron hambre y se dejaron llevar por la inercia de la gestión en general. Muchos de ellos aprovecharán para pasar desapercibidos y refugiarse en alguna dependencia que no levante polvareda, tanto como sus declaraciones juradas difíciles de explicar.
Esos serán los dos aspectos sobre los que Cornejo deberá trabajar en esta segunda oportunidad que nunca tuvo ningún otro ex gobernador de la provincia. En el fondo, algo bien debe haber hecho para, entre todos, ser el preferido. Pero está claro que tiene cuentas pendientes; algunas, vinculadas con su imagen. Y ahora podrá pagarlas.
La gran incógnita es si habrá una amnistía para aquellos que dudaron de su retorno. De ser así, el primero que deberá entrar en ese proceso será él. Tendrá que someterse a una profunda introspección para analizar en la intimidad qué ocurrió en estos últimos cuatro años, en los que, tal vez, imaginó que iba a protagonizar un papel más preponderante a nivel nacional. Quizá descuidó la provincia o, quizá, no supo elegir a su descendencia y ninguna de sus apuestas logró trascender para salir del cuidado de su sombra y tener luz propia.
Cornejo tiene la compleja tarea de bajar al llano y construir un nuevo entorno, con un perfil diferente a los personajes conocidos hasta el momento. Dejar de lado a los aduladores seriales y a los sumisos crónicos, y apostar por perfiles técnicos con madera para aprender a hacer política. Ese mensaje quedó claro en las primarias. Hay un sector de Cambia Mendoza harto de los acomodaticios, de los obsecuentes y de los ventajeros. Es el grupo que sigue confiando en Cornejo para guiar los destinos de la provincia. Y desea que, esta vez, el campeón elija mejor a sus nuevos amigos.
