No es la primera vez ni tampoco, con seguridad, será la última, que una campaña electoral donde se han puesto en juego proyectos tan importantes como el posible cambio de mando en la gobernación y conducción del país exacerbe el debate político y multiplique peligrosamente el clima de violencia en el país.
Al drama económico, dominado por la incertidumbre y la angustia por el presente y sin que el futuro permita vislumbrar siquiera un mínimo de esperanza, se le ha sumado la campaña del miedo y terror. Lo que en principio pareciera que son ocurrencias divertidas de los candidatos o de referentes de las posiciones políticas en competencia, al multiplicarse por las redes o los medios convencionales de comunicación, alimentan un clima de ebullición más que pernicioso que no necesariamente tiene que ver con el estado medioambiental del planeta. Por momentos, se extiende esa sensación de que una sola chispa bastaría para que explote todo por los aires.
Las campañas sucias no son para nada una novedad. Hubo un momento en Mendoza en el que parte del poder económico alimentó medios de difusión que, sin credibilidad ni historia alguna, sólo justificaron su efímera existencia puesta al servicio de limar la imagen de tal o cual candidato no alineado a sus intereses. Denuncias al boleo, versiones calumniosas sin ton ni son y sólo lanzadas para desprestigiar a políticos, a sus familias, a periodistas y otros tantos actores sociales, se multiplicaron en los comienzos del milenio en la provincia, durante un tiempo y una época de vergüenza en el debate político. Tales acontecimientos, casualmente, se dieron y se intensificaron en momentos de mucha zozobra económica, como los actuales, y con mucho en juego institucional, como ahora. Y sin que esta expresión de la crisis, la de la violencia verbal y hasta física en algunos casos, aislados del momento –como la sufrida por Janina Ortiz en Las Heras–, pueda ser comparable con la de aquellos años (fines de los 90 y los dos primeros años del nuevo milenio), cuanto menos vale advertir que se está en una bochornosa y casi idéntica situación.
Una campaña ultraagresiva, bordeando extremos y de mal gusto, es la que domina la escena. A nivel nacional, uno de los candidatos vocifera contra los medios y algunos periodistas, los acusa sin pruebas disparando a mansalva de recibir sobres de dinero que los convierten de inmediato en mercenarios y en supuestos cagatintas en su contra; la Academia Nacional de Periodismo le pide que se recate, que no enloquezca, y a todos los candidatos que hagan un esfuerzo para “preservar el clima de tolerancia democrática en la vida pública”.
En Mendoza, un candidato a intendente se hace grabar un video de unos pocos segundos donde aparece mezclado en una cuadrilla de trabajadores municipales desmalezando un terreno y con una horquilla pincha un cartel de un contrincante que está en el piso: de inmediato, mira la cámara del celular y lanza: “Acá estamos, levantando la basura de Las Heras”. Más tarde, cuando alguien le hace notar ese acto inútil y ordinario, diría que sólo se trataba de una broma. De mal gusto y cargada de un potencial peligroso, le faltaría decir.
Por los mismos andariveles navega la competencia por la Presidencia, con un oficialismo desencajado que con sus reacciones destempladas y resentidas no ha hecho más que agravar el panorama.
En apariencia, los creativos del candidato oficialista han sugerido, no debe ser de otra manera, que es necesario activar una campaña del miedo y del terror luego del resultado electoral del domingo, para recuperar el terreno que supuestamente creían propio, pero que se perdió. Frases tales como “el infierno tan temido está cerca”, “la única opción somos nosotros” o “somos nosotros o la disolución”, se le escucha decir a un funcionario del gobierno bonaerense. La vocera presidencial, en tanto, luego de pedir perdón en nombre del Gobierno porque no se cumplieron las expectativas de la gente, que le ha dado la espalda al candidato del oficialismo, redobla la apuesta de la verba encendida, violenta, enérgica y provocadora: “Esperamos que empiece a explicar cosas que no puede llevar adelante y que serán la ruina para el país y las familias”, dice, en vez de optar por develar qué tiene entre manos la actual administración para que sea preferible en las elecciones. Y el candidato del Ejecutivo nacional, el que, además de vaticinar que con la oposición en el Gobierno, en caso de llegar al mismo, se perderán derechos que supuestamente son los que garantiza la actual gestión, le adosa a la diatriba que se viene un “manotazo a los recursos de la gente, porque a eso están acostumbrados”, infundiendo el terror alrededor del futuro de los pocos o muchos ahorros que los argentinos puedan llegar a tener en los bancos.
Y, en medio de todo, en un aeropuerto, una pareja de pasajeros identifica a los célebres militantes políticos Pablo Echarri y Nancy Dupláa. Y comienza entre los cuatro una discusión donde lo menos que se dicen es que son bonitos: “¿Por qué no hacen videítos ahora con el precio del dólar?”, les espetan a los actores que, años atrás, lloraban por la crisis en un gobierno no afín a sus ideas. Y siguen los gritos: “¡Se robaron el país!, ¡zánganos!, ¡malditos!, ¡laburá!, ¡falso!, ¡el país explota!”.
En eso anda la campaña, como está visto, la nacional y la provincial, sin mucho para destacar y sí mucho para mirar con algo de pesimismo lo que se viene y que debería estar provisto de esperanza, no de desesperanza.
