Se quieren robar el país. A partir de esa afirmación que se repite como un mantra, lo siguiente es una perorata en forma de diatriba, cargada de eslóganes vacíos de contenido que adhieren a cuanta teoría conspirativa esté dando vuelta.
No se acepta el debate. No hay espacio para contrarrestar información. El sesgo de confirmación en su máxima expresión. Se trata exclusivamente de imponer narrativas y relatos falsos. La discusión política quedó reducida a eso; a videos en redes sociales hechos por ignorantes supinos que disparan una desinformación tras otra, una fábrica de noticias falsas; supuestos factos como verdades absolutas. Y cada vez son menos los que se regalan el lujo de dudar, de ir a las fuentes primarias; de agarrar un proyecto de ley y compararlo con la normativa actual. Nada complicado, aunque difícil en tiempo en que se consumen noticias masticadas y deglutidas.
El capítulo que buscaba modificar la Ley de Tierras cayó bajo esa dinámica. Una decisión inoportuna por parte de un gobierno nacional cada vez más distanciado de los problemas reales del país; de la vida cotidiana de los argentinos; de un día a día que se está haciendo cuesta arriba. Aun así, quiso avanzar con el proyecto. Y, sin querer, desnudó la violencia y el embrutecimiento acumulado en la sociedad argentina en los últimos 25 años.
A la confusión de conceptos tales como soberanía, territorio y recursos naturales, agregaron las figuras de enemigos imaginarios, codiciosos e insaciables, ávidos de robarse un país repleto de riqueza pero empobrecido por culpa de ellos. Es un recurso trillado y recurrente dentro de los modelos populistas, de derecha y de izquierda, que busca justificar las miserias propias en la existencia de hidra foránea. Y, de ese modo, lograr la cohesión nacional. La culpa siempre es del otro. El otro elige corruptos; el otro da golpes de Estado; el otro vota delirios mesiánicos.
La patria está en peligro cuando no gobierno yo. Y, por lo tanto, si no gobierno yo, la democracia deja de ser un buen sistema de gobierno. Si no me eligen a mí, la gente está estupidizada. Así que nada de eso de que el pueblo no gobierna ni delibera a través de sus representantes. Hay que salir a romper todo. Levantamos falsas banderas y destruimos lo que encontramos en camino hasta que volvamos al poder; y, ahí sí, la democracia habrá triunfado. Sudor Marika y a festejar. Y si acaso las fuerzas de seguridad quisieran repeler el clamor popular expresado con piedras y molotovs, gritaremos fuertemente “represión”.
Desde la irrupción del kirchnerismo en 2003, pero especialmente a partir de la segunda gestión de Cristina Fernández, se ha desatado una exacerbación del sentir nacional; un paroxismo patriótico que combina las peores prácticas de la extrema izquierda con la lógica histórica de la extrema derecha. Y se desarrolló un concepto de fascismo empobrecedor; una romantización de la marginalidad, la trampa y el lumpenaje, en detrimento de las ideas de esfuerzo, mérito y emprendimiento.
Pobreza sí, riqueza no. Al menos en lo discursivo. A nadie le hace ruido vivir en la miseria mientras sus líderes nadan en fortunas imposibles de explicar. Justifican la corrupción como una suerte de daño colateral. Defienden la compra de miles y miles de hectáreas con dinero de esa corrupción. Porque si el delincuente es argentino, todo vale.
Apostaron al resentimiento y, especialmente, a la carencia total del sentido del humor. Buscaron cancelar desde el ambiente artístico y cultural características del gen argentino, como la ironía, el sarcasmo y la picaresca.
Esos eran rasgos de un país que quedó en el pasado. Que fue cuna de oportunidades y de esperanza. Argentina ofrecía eso. Un cobijo seguro. Pan, paz y trabajo.
Nadie rompió baldosas ni intentó voltear a un gobierno cuando el Barón Maurice Hirsch, millonario y filántropo alemán compró 200 mil hectáreas en la zona de Entre Ríos para darle refugio a los judíos perseguidos en la Rusia zarista y posteriormente por el nazismo. Nadie pensó que el país caería en las garras de una potencia extranjera cuando Aarón Castellano fundó la Colonia Esperanza en Santa Fe y permitió la llegada de cientos y miles de alemanes, suizos y franceses para impulsar el desarrollo agroindustrial.
Ni Lali, ni Tini, ni Fito Páez salieron a pegar un grito alarmista cuando el empresario y militar francés Clément Cabanettes compró grandes extensiones de tierra en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires y trajo a decenas de familias de su país para fundar Pigüé. O alguien se hubiese imaginado a la justificadora de violadores, Myriam Bregman, levantado la bandera palestina para oponerse a que Lewis Jones y Sir Thomas Love Duncombe Love Jones-Parr adquirieran grandes superficies en la provincia de Chubut para darle forma a la colonia galesa característica de la Patagonia. Claro que, al igual que ahora, a mediados del siglo XIX tampoco había existido un Estado árabe llamado Palestina, otra de las falsas narrativas propaladas por la violenta líder de la casta de la izquierda argentina.
Ni pensar en los bienintencionados usuarios de Instagram subiendo imágenes para defenderse de la invasión irlandesa, cuando el Padre Anthony Fahy propiciaba compra de campos y créditos para el desarrollo de la industria bovina en el país.
Historia de inmigrantes. De tanos, gallegos, rusos, turcos. De bolivianos, chilenos, paraguayos y peruanos que llegaron seducidos por el potencial y movilidad social argentino. Los extranjeros que compraron grandes porciones de un país que todavía está virgen y que hicieron realidad eso de “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.
Argentina no está en peligro porque unos extranjeros compren más o menos metros cuadrados. Ni siquiera porque se le regalen 200 hectáreas a China para instalar una base de investigación espacial. El magnate Joe Lewis no es más ni menos malo que el jinete criollo que te prepotea y te amenaza con el rebenque para que pagues en Potrerillos si querés iniciar una caminata hacia la cascada de El Salto. O, con mejores modales, cuando te cobran por ir al cerro Campanario o la Cascada de Los Berros, acá cerquita de Gran Mendoza.
El discurso insidioso es un recurso político. Es hasta comprensible que una oposición política –no importa el partido- tome algún elemento determinado para, a partir de allí, construir una narrativa falaz que permita posicionarse electoralmente. El riesgo es cuando se convierte en una tendencia viperina, y que eleva la cota de racismo, xenofobia y discriminación. El principio del fin de cualquier sociedad civilizada.
Hace apenas unos días, la Municipalidad de Mendoza anunció la construcción de un bosque en un apéndice del Parque Central. Es un lugar en que se plantarán árboles y se instalará un monumento que fueron donados para recordar a los más de 400 chicos, adolescentes, que estaban en una fiesta y fueron asesinados en un atentado terrorista en Israel. Y va más allá de la nacionalidad o la religión de las víctimas. Es el mensaje. Un lugar para honrar la memoria y aprender qué tan cruentos pueden ser la intolerancia y el odio.
Algunos comentarios en las redes fueron rabiosos, cargados de hipocresía; a punto de leer cuentas con gotitas de agua como foto de perfil convocando a hacer una tala masiva. Defensores del ambiente pidiendo que se rompa un bosque. O haciendo presentaciones para evitar que eso se lleve adelante. O pidiendo un monumento para los caídos del Malvinas, desconociendo que precisamente en el Parque Central hay un memorial hermoso dedicado a los héroes del Atlántico Sur. Son militantes de la destrucción.
Patria y soberanía son definiciones que generan pertenencia, certidumbre, identificación. Remiten a lo seguro, a lo propio. Por eso, el instinto de supervivencia cuando, a los gritos, alguien dice que pueden alterarse. ¿Pero quién grita?
Es fácil caer en la trampa. Es el miedo a lo desconocido. Y eso es campo fértil para sembrar atrocidades. No es inocente el rol de esos supuestos referentes culturales. Saben perfectamente lo que hacen. Abusan de la abstracción que generan sus obras. Y meten meta mensajes.
Una encuesta sobre consumo de medios y noticias reflejó hace unos meses que una de las plataformas preferidas para informarse son las redes sociales. Paradójicamente, cuando se consultó cuál era el nivel de confianza y credibilidad que generaban las redes, casi el 65% respondió de manera negativa. Es decir: una gran parte de la sociedad usa las redes para informarse, la mayoría entiende que lo que circula por allí es poco fiable e, incluso así, reproducen sin más lo que ven, como si fuera una verdad absoluta. Básicamente, porque la forma en que funcionan estas plataformas (sí, sí, el algoritmo) dicen lo que uno quiere y está dispuesto a escuchar. El efecto de la validación previa. No hay lugar para el discernimiento. Y, ahí sí, la patria está en peligro.
