buenos aires (télam) ¿Quién fue Sandro, realmente? ¿Quién es, como se preguntarán aquellos que no soportan su ausencia física y, seguramente, -como con Carlos Gardel- afirmarán que cada día canta mejor? Son las mismas personas, hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres, que aún en los últimos años del ídolo ignoraban su decadencia física, sus dificultades para cantar, su voz esforzada y lo veían con el rostro y los labios -sobre todo los labios- que lucía hace 40 años en la película Gitano.
El póster seguirá reviviendo aquella bonanza, la del muchacho que revoleaba el pubis a la manera de Elvis y escandalizaba desde la ingenua TV de entonces a ciertas concepciones moralistas siempre en boga.
Roberto Vicente Sánchez había nacido en Valentín Alsina, referente social del Gran Buenos Aires, el 19 de agosto de 1945 (aunque otros ubican el hecho en el porteño barrio de Parque Patricios), y nada hacía prever la idolatría que ese chico iba a suscitar en Argentina y en todo el mundo hispanoparlante.
La biografía oficial suele contar que su carrera comenzó el 9 de julio de 1958, cuando, intentando hacer una fonomímica de Elvis Presley en un festival escolar, el disco se rompió y Roberto debió cantar a capella.
A eso le siguieron luego el Trío Azul, Los Caniches de Oklahoma y el mítico Los de Fuego, un grupo de rock bastante procaz -lo que le valió, inclusive, algunas censuras-, y con el que inauguró en 1963 el también legendario reducto La Cueva, de Juncal y Pueyrredón, junto a Pajarito Zaguri y Horacio Martínez.
Por entonces se lo conocía como Elvis del Sur o Elvis etapa Las Vegas, según la versión de Charly García, con quien prometió un incumplido recital en la cancha de River, después de grabar el clásico Rompan todo de Los Shakers.
Sin embargo, fue con la música melódica con la que Sandro logró su mayor popularidad, que quedó consolidada en Argentina cuando, en el carnaval de 1971, llenó con 60.000 personas el ya desaparecido estadio de San Lorenzo de Almagro.
Cuando empezó a hacerse ver, a principios de los 60, pesaba 63 kilos y tenía un físico de junco que le permitía agregar un plus de sensualidad inédito en estas playas, habituadas a las simplezas coreográficas de El Club del Clan.
La vida y las toneladas de tabaco que consumió en sus 64 años fueron cambiando las cosas, su cuerpo adquirió panza y su estilo se fue aplacando, aunque hasta sus últimos shows -cada vez más espaciados- sedujo a miles de “nenas” que ya pisaban los 60.
Lo curioso es que también las hijas de esas seguidoras se hicieron fanáticas, y competían con sus madres y/o abuelas en la verbalidad de sus desenfrenos eróticos y en el lanzamiento de prendas íntimas hacia el escenario.
Era una ceremonia que conocía al dedillo y él mismo organizaba. Las hacía gritar hasta el agotamiento.
Las flores y el champán también formaban parte del festejo, que se hacía estridente y vagamente romántico cuando algunas privilegiadas llegaban por sorteo al escenario, con el premio de una canción dedicada y un leve beso en los labios.
Las cosas, por supuesto, no pasaban de ahí y, a lo sumo, se traducían en una peregrinación casi religiosa los 19 de agosto al búnker rigurosamente vigilado que Sandro tenía en la localidad de Banfield, cuya intimidad compartía con parejas generalmente mayores que él y gorditas.
Entre las murallas de su mansión tuvo romances de desigual duración con Tita Rouss, ex de Alberto Olmedo; con una dama llamada María Elena y con Julia Visciani.
En su caso, la cuarta fue la vencida y se casó con Olga Garaventa -ex secretaria de su productor teatral Aldo Aresi-, en su domicilio en una ceremonia estrictamente privada en abril del 2007. Ella fue quien lo acompaño durante toda su enfermedad y quien estuvo a su lado en sus horas más difíciles.
