Sobre un viñedo de Chacras de Coria se erigen 12 columnas que no sostienen solo una casa, sostienen un espacio que se adapta para convertirse en muchos. El arquitecto mendocino Lautaro Esain vive en ella y la construyó con sus propias manos, pero sobre todo con sus ideas.
Tiene hermosas vistas y la arquitectura es el mobiliario. Desde el piso surgen las mesas y las paredes. El techo se abre moviendo una bandeja del cielorraso que permite generar un nuevo espacio habitable. De las paredes se extraen la cama y las mesas de luz. No está pensada como una tipología en sí, sino como un espacio de planta libre que puede ser una casa, una sala para hacer yoga, una sala de degustación, una oficina, etc.

La historia de la casa en el viñedo
La primera vez que Lautaro Esain imaginó la casa que hoy habita todavía era estudiante de Arquitectura. Era el 2014 y cursaba tercer año en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Cuyo cuando le contó a un amigo una idea que entonces parecía lejana: quería vivir arriba de un viñedo.
En tres años había perdido a sus padres: primero a su madre, luego a su papá. A partir de entonces comenzó a trabajar y ahorrar. Primero, para tener un respaldo ante cualquier emergencia. Después, con un objetivo más concreto: si algún día no necesitaba ese dinero, lo utilizaría para construir algo sobre el pequeño viñedo que había heredado de su madre. Quería hacer algo diferente.

Durante ocho años postergó vacaciones, salidas y otros planes para sostener ese ahorro. Pero cuando finalmente llegó el momento de construir, descubrió que el dinero no alcanzaba para lo que había imaginado. Con sus ahorros podía levantar unos 20 metros cuadrados. Entonces hizo la cuenta: si él mismo la construía y se ahorraba la mano de obra, que representaba cerca del 40% del costo, podía llegar a unos 33 metros cuadrados.
La solución terminó siendo un rectángulo de 6,60 por 5,10 metros. Él mismo lo imaginó.

En 2021, ya recibido de arquitecto, trabajaba en relación de dependencia, hacía trabajos independientes y aprovechaba los fines de semana para diseñar su casa. Un año después, el 10 de septiembre de 2022, clavó la primera pala.
“Fue hace cuatro años. Me acuerdo que me dije a mí mismo que no piense en todo lo que falta, porque si no, no iba a arrancar nunca. No me podía detener a pensar en todo lo que faltaba”, recordó, en diálogo con El Sol.

El comienzo no fue sencillo. “Cuesta mucho romper la inercia. El primer mes me costó empezar a construir y después lo tomé como un hábito”, contó. Al principio estaba “súper motivado” y se imaginaba la casa terminada. Después vendrían tres años de trabajo en los tiempos libres, principalmente durante los fines de semana.
La obra fue realizada en más de un 90% por él mismo. Cortó cada madera, colocó los postes, soldó estructuras. Solo delegó algunos trabajos como la metalúrgica y la parte sanitaria.

El desafío de construir algo diferente y propio
La construcción no fue solamente un desafío económico. Desde el comienzo, Esain decidió que la casa sería también un experimento sobre su propia manera de entender la arquitectura, teniendo en cuenta tres pilares que él considera fundamentales en esa disciplina: el usuario, el contexto y la tipología.
El usuario es él mismo y el desafío fue capturar su propia esencia y adaptarla a su vida. En apenas 33 metros cuadrados, la vivienda debía resolver distintas situaciones de su vida: dormir, comer, recibir amigos y trabajar, pero también dejar abierta la posibilidad de convertirse en una sala de degustación, un espacio para yoga, un mirador o incluso un lugar de alquiler.
La respuesta fue llevar los servicios al perímetro y liberar el centro. El mobiliario dejó de ser un elemento independiente para convertirse en parte de la propia arquitectura: mesas, cama, sillones, escritorio y otros elementos aparecen integrados a pisos, paredes, techo y barandas.

El resultado es una casa que cambia según cómo se configure. Y esa posibilidad también tiene un costo para quien la habita. “No son todas ventajas. Tenés un solo espacio y como yo me propuse hacer algo nuevo, eso diferente implica vivir de una forma diferente también. Por ejemplo, tenés que estar configurando el espacio todo el tiempo, lo que a veces demora”.
Sin embargo, las ventajas están a la vista y las experimenta en primera persona. “A veces pienso: estoy re loco. Cómo voy a vivir en esta casa. Pero la casa es muy bonita. Tenés unas vistas hermosas”, dijo.
Y hay momentos que justifican aquella decisión. “Está súper levantarse y tener un viñedo o poder abrir el techo y tomar un desayuno arriba, o ver las estrellas durante la noche”.

Su impronta personal y la importancia del número 12
Esain decidió que la casa debía contener también parte de su propia historia. Si la arquitectura debía estar pensada desde quien la habita, la arquitectura de la casa debía tenér presente su pasado, sus pérdidas, su sacrificio y el camino que había recorrido hasta llegar a construirla.
“Traté de buscar mi propia esencia y lo que me llevó a hacer esto”, explicó. Así es como surge la representación del número 12.
Para Esain, el 12 representa un ciclo: las horas del día, los meses del año, los signos del zodíaco, ese punto en el que una etapa termina y otra comienza. El 12 aparece así en distintos lugares de la vivienda: hay 12 columnas que sostienen la casa, mesas y sillas para 12 personas, una cava con 12 compartimentos representados por cada signo, entre otros elementos.

La cava está dedicada a su madre, de quien heredó el viñedo. Ella era amante de la astrología y le dedicó la representación zodiacal como homenaje. También hay un muro de la manifestación, que está dedicado a su padre. Es un gavión donde las piedras fueron reemplazadas simbólicamente por papeles atados que representan los objetivos de vida. Quienes visitan la casa pueden escribir sus propios objetivos en el papel, hacerlo un “bollito” y arrojarlo dentro del gavión.
La tercera pieza está vinculada a quien Esain llama su “padre del corazón”, una figura fundamental durante los años posteriores a la muerte de sus padres. La puerta de entrada incorpora un mecanismo relacionado con las 12 columnas que tuvo que levantar durante la construcción y con las herramientas que utilizó para hacerlo.

Incluso la barra de acero que utilizó para mover los grandes tubos que sostienen la casa terminó convertida en la manija de la puerta. Esa figura representa un reloj, con las 12 horas. Tiene un sistema de trabas que permite darle seguridad a la casa. Hay que conocer la combinación para accionar la palanca y abrir la puerta de entrada a las escaleras (la barra está ubicada a las 12.30 que fue la hora más próxima en la que clavó su primera pala).
Así, los objetos de la casa terminaron funcionando también como fragmentos de una historia familiar.
“Todo ese proceso, que fue muchísimo sacrificio para empezar la casa y el desafío de construirla sola, y después se cerró ese ciclo. Ahí dije que bueno estaría que toda esa esencia la trate de representar de alguna forma en la arquitectura, por lo menos a nivel simbólico. Entonces ahí nace el número 12”, explicó.
La búsqueda de hacer algo diferente fue también la razón por la que filmó el proceso. Desde el comienzo registró la construcción con un celular y una cámara de seguridad. Amigos que estudiaron cine se sumaron periódicamente para filmar momentos importantes y también hubo registros con dron. Después llegó la edición y la publicación del proceso en redes.
La intención no era solamente mostrar cómo construir una casa. “El diseño fue una reflexión muy larga que nació de tratar de aportar algo. Ya que iba a hacer un esfuerzo grande, filmándome en todo el proceso para subirlo a las redes. ¿Por qué no aportar algo distinto a nivel de diseño? No creo que lo haya logrado porque es muy difícil. Capaz son pequeños aportes, pero es un granito de arena”, contó.
“Es diferente, pero no sé si innovador. Quizás para Mendoza. Pero el concepto ya existe, principalmente en los lugares de alto hacinamiento como en China, que tienen esto muy estudiado. O los que se dedican a hacer casillas rodantes. Traté de hacer algo diferente; si es innovador o no será anecdótico. Traté de dejar lo mejor de mí. No creo que sea innovador, pero sí diferente”, explicó.
Después de tres años de obra, sin embargo, no piensa repetir la experiencia en el viñedo. Su objetivo es otro. Sorprendentemente, despojarse de ella.
“Mi sueño es vender la casa, pero no con un valor inmobiliario de una casa tradicional sino con el plus de mi trabajo. Así como un pintor pinta su cuadro, yo atornillé cada placa”. Es consciente de que la idea puede ser difícil de concretar. Incluso él mismo la define como algo “agarrado de los pelos”. Pero detrás hay otro objetivo: vender la casa para financiar otra idea.
“Soy poco apegado a lo material, creo que lo más importante de la casa es la construcción de pensamiento que tiene detrás. Por eso me gustaría seguir haciendo cosas. Pero no depende de mí”, contó.
Después de ocho años de ahorro, tres años de construcción y una vida convertida en parte del diseño, la casa puede terminar siendo eso: no solamente el lugar donde Lautaro Esain decidió vivir, sino el primer experimento de una manera de vincularse con su profesión que todavía quiere seguir construyendo.

