Mientras que la mayoría de los mendocinos nota la llegada de un frente frío al despertar, hay quienes se despiertan de tanto tiritar. Son los que viven en la calle, a la vista de todos y la vez invisibles. Sus lugares más frecuentes para pernoctar son la Terminal, hospitales, plazas y puentes del Gran Mendoza.
Entre ellos, están quienes eligen vivir así. Son los menos, pero diferentes situaciones los llevaron a vivir el día a día con lo que la gente les de, o con pequeños trabajos que puedan encontrar para comer. O para mantener algunos vicios, según admitieron algunos.
Juan recorre todo el país haciendo dibujos que manifiestan sus creencias, lleva lo menos que puede y asegura no molestarle ni el frío ni el hambre. Héctor nació en Misiones, y antes de ser mayor de edad decidió cómo sería su estilo de vida, que mantiene todavía, con más de 50 años cumplidos. Mientras, Carlos se maneja por la zona de la Terminal, tratando de ser generoso con cuantos pueda y disfrutar de las fiestas católicas que se realizan en distintas parroquias.
¿Qué llevó a estos tres hombres a dejar sus hogares para terminar amaneciendo en las calles de Mendoza en pleno otoño? No buscan albergue, ni establecerse, sino que viven de la buena voluntad de la sociedad. Esa misma sociedad de la que afirman haberse hecho a un lado.

“En Mendoza se vive bien”
Héctor Ignacio Mesa pasa la mayoría de sus tardes en la puerta de la iglesia que se encuentra en calle Sarmiento. Duerme hasta las ocho en la vereda de un edificio que le proporciona una suerte de techo, se acuesta una vez más en un banco de Peatonal hasta que la Policía le pide que se levante.
“Acá me tratan bien, me gusta estar acá, me abrigo con lo que puedo y voy subiendo hacia el Parque San Martín según va saliendo el sol”, menciona sobre su rutina. A partir de ese momento, busca la ayuda de la gente para comprar algo que comer.
“Me gustan las hamburguesas, si me alcanza tomo un vino o un whisky, no mucho; la gente acá ayuda mucho y en otros lugares es mucho más frío: en Mendoza se vive bien”, afirma el hombre. Nacido en Misiones y criado en Rosario, se marchó de su casa de joven.
“En mi casa se peleaban mucho, me cansé y me fui, casi siempre he vivido así”, cuenta Héctor, remarcando que “estar en la calle es mi elección”. Es por esta búsqueda de soledad que también se rehusa a asistir a algún refugio, asegurando que recibe muchos ofrecimientos para asistir a uno, pero considera que hay mucha gente.
A pesar de las incomodidades que presenta la falta de hogar, Héctor no lo considera un problema de mucha relevancia. “Yo acá charlo, todos me conocen, la gente me pregunta por mi vida, cómo estoy, y se manguea bien, a veces paso hambre, pero dura poco; el frío es un problema, pero con algo de ropa uno se arregla”.

Una experiencia diferente
Carlos llegó desde San Rafael y se instaló en la Terminal, por donde realiza distintos trabajos. “En la noche cuido autos, y ahora estoy atendiendo a un enfermo en el Hospital Central cuando la familia no puede estar ahí”, cuenta.
Para pasar el frío, Carlos camina “de una cuadra a la otra, porque los pies se congelan, para después acostarme y volver a caminar cuando tirito de nuevo”. Al igual que Héctor, también destaca que la gente se muestra generosa con él, actitud que adjudica a su forma de ser.
“Yo me intereso por la gente, uno tiene que ir siempre con la verdad para que le respondan bien: en los negocios de acá me dan comida, un hombre me trajo ropa, todos porque saben que soy educado”, resalta el hombre. Para él, vivir en la calle es una forma de valorar más las cosas que se tienen. “Esta es una experiencia diferente, yo tengo una casa en San Rafael, pero quise venir a ver las fiestas que hacen las parroquias; me crié prácticamente en lugares así, hace muchos meses que estoy viviendo así”, explica Carlos.
Entre las cosas que lamenta, figura la situación de otras personas que también están en situación de calle. “Yo cuido mi cuerpo, pero hay muchos que no: a veces vienen a pedirme desesperados que les de alguna droga porque no saben donde conseguir”, relata. “Hay mucha inseguridad, ves pibes incluso viviendo acá, y uno trata de ayudarlos como puede”.
A su vez, también dice que le afecta “la actitud de las personas que sí tienen”, por diferentes casos donde “gente en autos nuevos y caros no te agradecen si los ayudás con algo, o te menosprecian, le cuidé el auto a un hombre que mirándome con sarcasmo me dio una moneda de un peso”.
“No cambio esta vida”
Juan salió de su casa a los 21 años porque “sintió el llamado de Dios”. A través de dibujos en papeles o paredes, transmite su creencia a cuanta gente pueda, cambiando cada cierto tiempo de provincia. “A veces me cruzo con mi familia, vuelvo a diferentes lugares donde se me manifiesta Jesús, porque tengo que predicarle a la gente”.
El viajero afirma no sentir frío ni hambre, y que no necesita mucho para vivir. “La rutina es mortal, yo voy a donde siento en el momento, ahora estoy acá pero en un rato me voy a la iglesia de calle Colón para dibujar algo”, mencionó Juan, sentado en calle San Martín.
Para él fue muy claro: ya no tenía que vivir en la comodidad de un hogar, sino de la fé. Mientras charlaba, Juan tomaba mate con un tubito de lapicera como bombilla y un vaso de plástico, escuchando la radio en un pequeño aparato.
“La gente me ayuda, pero yo no pido, aunque está bien que la gente ayude, porque hay muchos que viven egoístamente y eso no está bien; yo solamente quiero que la gente escuche sobre Jesús”, resumió.

Del otro lado de la misma calle
Desde la ONG Voluntarios en Red, encabezada por Hugo Fiorens, aclararon que la problemática de vivir en situación de calle involucra a muchas personas, de los cuales los que lo eligen son los menos: “Se trata de gente que por problemas psicológicos, sociales o de otro tipo, no quieren establecerse en ningún lugar”.
Las demás razones por las que alguien viven sin hogar involucran una crisis temporal, como quedarse repentinamente sin empleo, donde con el tiempo se puede volver a recomponer una situación estable. “Después están los migrantes, que vienen buscando trabajo pero no les alcanza para un albergue, y seguido a eso los que por adicciones, como las drogas, lo pierden todo y no encuentran dónde reestablecerse: hemos tenido un marcado aumento de jóvenes en esa categoría”, informó Fiorens.
La mirada del gobierno
Respecto a quienes eligen este modo de vida, sin aceptar la ayuda del gobierno y de las organizaciones que pretenden darles refugio o comida, desde el ministerio de Desarrollo Social de la provincia, afirman que no se los puede llevar sin su voluntad, pero los ayudan a través de la compañía.
“Agunos acceden a comer en los refugios y luego vuelven a sus lugares” expresó Adrián Lira, jefe de prensa de Desarrollo Social, quien dejó en claro que hay distintos programas, operativos de documentación y de salud para quienes se muestran reacios a dejar su lugar.
A su vez, confirmó que trabajan realizando un acompañamiento junto a otras organizaciones.
