Los mendocinos ya transitamos un año en pandemia que provocó transformaciones en los hechos más simples de nuestra vida cotidiana.

Hubo postales que, al principio, reflejaron una Mendoza desconocida o impensada: los primeros días del aislamiento obligatorio dejaron las calles vacías, cuando apenas días antes la peatonal Sarmiento, por ejemplo, era un bullicio de peatones y clientes. 

Calles desoladas. Sólo podían transitar una reducida cantidad de colectivos para trasladar a los trabajadores esenciales. Pero así se observaban incluso en los barrios del Gran Mendoza, con nula presencia de actividad. Todos encerrados, esa era la consigna para evitar un colapso en los hospitales. 

Además, fue imprescindible desinfectar de manera constante el transporte público, una de las áreas de riesgo. Se hizo cotidiano, entonces, observar en cada parada de colectivo a esas personas enfundadas en trajes blancos, con mochilas y disparadores de armonio cuaternario. 

Pero incluso en cuarentena, hubo hechos policiales. Entre ellos, un escape de detenidos en la alcaída ubicada en el barrrio San Martín de Ciudad. 

Los controles para verificar las salidas autorizadas por DNI, una medida que permitió ir reincorporando a las personas a la vida social, fundamentalmente a su trabajo. Las salidas recreativas estaban permitidos sólo por número de documento. 

Además, había que exhibir los permisos de circulación. Todo un mundo había cambiado en poco tiempo y las restricciones imperaban.

La fumigación de espacios públicos fue una de las tareas de los municipios. Aún más cuando se detectaba un caso sospechoso en un barrio. 

Debido a la cuarentena, la economía se retrajo y numerosas actividades se vieron resentidas por varios meses. Entre ellas, los que perdieron fueron los hoteles alojamiento. 

Además, el Estado provincial tuvo que hacer frente a nuevos problemas de viejas demandas, como la entrega de bolsones de comida a familias de estudiantes que antes se quedaban en la escuela a recibir su ración alimentaria. 

En un momento, debido a la cantidad de casos y la demanda por volver a la actividad, se flexibilizó la posibilidad de circular por la vía pública sin las restricciones de DNI. Pero manteniendo la distancia social. No fue fácil. Siempre se vio a más de uno sin el barbijo. 

Y con la recuperación de la vida social, volvieron las aglomeraciones, como en las ferias populares. 

El primer homicidio en pandemia. Ocurrió el 22 de marzo: la víctima fue un hombre de 70 años. 

Aquellos que transitaron la enfermedad y se recuperaron, en muchos casos donaron plasma para ayudar a los que se habían enfermado. Uno de los gestos solidarios que afloró en un año muy difícil para todos.