Mientras la discusión en la burbuja de la política sigue siendo la unidad o la fractura, las alianzas y especulaciones electorales que permitan ampliar los frentes y evitar la dispersión de votos, las formas de participación a través de nuevas boletas, pero sin que se pierdan los privilegios de las estructuras –ojo ahí–, hay una marea de preocupaciones que se percibe a nivel de la calle. ¿Basta con señalar que ya los alimentos aumentaron 4% en lo que va del mes y que es posible que la inflación de mayo cierre por arriba de 5%? Para los que siguen las estadísticas mensuales, hay un dato para el mes próximo que marcará cuán limitada o ajustada puede llegar a estar una familia: que la canasta total, que reúne todos los gastos que puede tener un grupo en materia de alimentación, vivienda, transporte y educación, entre otros, tendrá, por primera vez, la vara sobre los $100.000. Los que estén por debajo de esos ingresos serán considerados pobres. Un número altísimo.

La económica no es la única preocupación a flor de piel, aunque, quizá hoy, sea la más importante. También, la inseguridad en los principales centros urbanos. La educación pospandemia ha dejado una nueva generación que necesita recuperar los saberes y las herramientas más básicas. La inquietud por estar dentro del sistema de salud no deja de plantear interrogantes, sobre todo, si los efectores no están a la altura de lo que se paga por una obra social o con los impuestos.

La política necesita recuperar su eje. No basta con alimentarse del descontento generalizado ni ayuda que sólo sea descriptora de los problemas. Tiene que volver a generar propuestas, propiciar acuerdos, crear soluciones que estén en sintonía con lo que les ocurre a los ciudadanos.