El momento esperado por tantos —el de tomarle examen al primer medio ciclo de un gobierno fuera de molde, distinto a todos los que haya tenido y recuerde la Argentina— finalmente ha llegado. Los argentinos que se pararán frente a las urnas este domingo lo harán unidos por ese estado de incertidumbre que acompaña a la sociedad como una característica propia de su identidad: una marca indeleble de varias décadas, que supera largamente el medio siglo. Son años en los que el país no pudo, no supo o no quiso hallar una fórmula común para crecer y desarrollarse, como sí lo lograron otras comunidades de la región que compartieron la sinuosa evolución del subcontinente.

Como suele ocurrir en estos casos, es el oficialismo el que enfrenta los mayores riesgos y la responsabilidad más alta. Una derrota de las fuerzas de Milei tendría efectos diversos según su magnitud. Si fuera amplia, es muy probable que quede sepultado el proceso de cambios revolucionarios e inéditos que significó su llegada al poder tras el derrumbe estrepitoso de la aventura populista del kirchnerismo.

Una victoria, en cambio, clara y rotunda, sin lugar a dudas, consolidaría el camino trazado por la administración para ordenar y estabilizar la economía en medio de un proceso de ajuste doloroso que ha dejado como resultado el control inflacionario a costa de un enfriamiento generalizado de las variables que la economía busca normalizar. Contener aquel alocado proceso de aumento de precios que precedió la llegada de Milei al poder ha sido costoso: más de 200 mil empleos se perdieron, según datos oficiales, como impacto directo del estancamiento de la actividad luego de la recuperación del primer año de gestión. Lo mismo reflejan los movimientos del crédito y de los salarios en el sector formal y privado, según el seguimiento anual que el IERAL de la Fundación Mediterránea realiza desde hace casi 25 años.

Un resultado ajustado —una suerte de empate nacional— podría ser el escenario más realista y, quizás, el más esperado. Ello conduciría al gobierno a abrir una negociación inevitable con la oposición dialoguista que, durante los primeros casi dos años de gestión, le permitió aprobar una norma clave: la Ley Bases. Ese esbozo de normalidad fue, en cierto modo, un anticipo de lo que podría llegar a representar un país estable, un anhelo por el que votó más de la mitad de los argentinos (56 por ciento) en noviembre de 2023.

¿Con qué fin buscar un pacto general con los sectores dialoguistas? Para garantizar el segundo gran objetivo del gobierno libertario: avanzar hacia las reformas estructurales que el populismo se negó a emprender. Se trata de transformaciones profundas en los sistemas que sostienen el régimen tributario, el laboral y el previsional, este último el más sensible, pues representa más de un tercio del gasto público nacional.

La elección del domingo también abre un nuevo y último nivel en el ejercicio del poder de Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza. Sin reelección posible, comienza a definirse el futuro de uno de los mandatarios que extendió su influencia política como pocos en la historia provincial. Falta mucho aún, pero entre las alternativas que podría barajar hacia el final de su mandato está la de ocupar una banca parlamentaria, casi de manual. Sin embargo, dos objetivos políticos aparecen con nitidez: asegurar que la sucesión provincial recaiga en un dirigente de su entorno —algo que hoy no parece tan claro dentro del radicalismo— y definir su rol nacional después de las elecciones. Sobre este último punto, la especulación más extendida lo ubica como posible nexo entre el grupo de gobernadores que hoy se consolida como nueva alternativa electoral y el gobierno de Milei, una llave decisiva para garantizar gobernabilidad y reformas.

Ese “último nivel” del poder cornejista podría activarse hacia fin de año, con el debate por la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) de PSJ Cobre Mendocino, en Uspallata. Mendoza persigue una zanahoria importante: poner en marcha la primera mina de cobre en explotación del país, un hito entre las provincias mineras.

En un plano general, además de la búsqueda de soluciones a los problemas más urgentes que enfrentan la Nación y la provincia, los argentinos vuelven hoy a intentar algo esencial: sujetar un proyecto común de país. La población ha dado indicios firmes —como lo demostró en noviembre de 2023— de estar dispuesta a probar otras recetas y fórmulas. Sin embargo, este impulso choca con un obstáculo mayor: la política. Las dos ideas centrales que hoy dominan la voluntad popular lucen fragmentadas, atomizadas. Lo que podría unirlas y darles sustento es todavía un misterio. En especial para la idea de país que encarna Milei, un liderazgo frágil, sin el brillo ni el respaldo que suelen acompañar a los líderes tradicionales. Tal vez estemos frente a un nuevo fenómeno: comulgar con un proyecto de país más que con un liderazgo personalista, rasgo tan habitual en la historia argentina. El desafío, una vez más, es cómo afirmarlo y sostenerlo. Todo un enigma.