Un asentamiento carenciado puede tener diferentes connotaciones en la persona que lo observa. Para algunos es sinónimo de falta de inclusión, de oportunidades o de igualdad. Para otros representa inseguridad, ausencia de educación y desconfianza.

Pero, para quienes viven en él, significa tener una vida dura, una que no quieren que sus hijos también carguen.

En el Bajo Luján, El Pozo y El Borbollón habitan familias que no sólo tienen que preocuparse por educar a sus hijos, sino también por saber cómo sobrevivir en medio de la pobreza: trabajar hoy no les asegura que vayan a comer mañana. Dos días sin suerte al revisar la basura pueden ser devastadores. Enfermarse, aunque la casa se inunde o el viento se meta por las ventanas sin vidrios, no es una opción.

El Gobierno no es ajeno a esta situación. Conoce los problemas que los vecinos enfrentan, tanto en salud como en educación y oportunidad de esparcimiento. Pero, sobre todo, de discriminación.

La Provincia y cada Municipio aseguran que buscan una solución que pueda mejorar estos aspectos de quienes viven en un bolsón de pobreza. Por ahora, no la encuentran.

Vivir en El Pozo

David provee el sustento para sus cuatro hijos y su mujer. Todos los días debe revolver la basura en busca de metales para venderlos en la chacarita.

Cada tanto, el hombre se presenta en alguna obra para conseguir trabajo. “Cuando les digo dónde vivo, les da desconfianza y no me llaman. Piensan que soy delincuente”, dijo muy serio. David tiene la mirada cansada de quien ha trabajado toda su vida en esas condiciones y, a pesar de que sus rasgos no lo denotan, tiene apenas 28 años. Toda su vida ha transcurrido en el oeste de Godoy Cruz, frente a El Pozo.

” Necesito que mis hijos vean otro ambiente, que les cambie la cabeza”.

Su deseo no es ambicioso. “Con un lugar diferente está bien. Necesito que mis hijos vean otro ambiente, que les cambie la cabeza”, dice. Él sabe lo difícil que es aspirar a ser contratado cuando no se tiene educación formal.

 

“Para poder vivir necesitás estar permanentemente en esto”, aseguró mientras revolvía un montículo de pequeños escombros en busca de cualquier hierro. Y, fiel a su propio consejo, mientras sus hijos van a la escuela, él se levanta, busca en la basura y revuelve hasta conseguir un botín aceptable que le permita transformarlo en comida.

Después regresa a su casa, duerme y vuelve a empezar.

El ministro de Desarrollo Social, Cristián Bassin, recalcó que, a pesar de los trabajos de su área, “hay prejuicios que no dejan conocer las realidades que se viven en estas zonas. En muchos barrios de alta vulnerabilidad hay trabajadores de primera clase, pero está claro que existe gente que cuando se entera dónde vive la persona que va a contratar, no lo hace”.

El centro de la política social del gobernador Francisco Pérez fue erradicar por completo ese basural. Desde el día en que asumió, el mandatario anunció la puesta en marcha de un plan de acción para esta zona, donde la carencia material se equipara con la de trabajo y seguridad. 

Casi cuatro años más tarde, hay vecinos que admiten una mejora pero entienden que el cambio también debe ser social. Rosa, una verdulera de 56 años que vive en la misma cuadra que David, explicó el panorama. “Acá nos conocemos, entonces no hay tantos problemas de inseguridad. Tratamos de que el lugar mejore, pero también hay gente a la que no le interesa eso y vive a su manera”, detalló.

Rosa trató de evitar que sus hijos, ahora todos recibidos en distintas ramas de Ingeniería, tuvieran sus pasatiempos y amigos en El Pozo. Aun así, le interesa que la zona mejore para los niños que viven en el lugar.

“Hay que sacarse los prejuicios y no decir que la diferencia existe por el barrio donde viven. “

Junto con Pedro Alejandro (53), quien trabaja en una zona de El Pozo donde se proyecta una pequeña plaza, mencionaron el interés que los vecinos tienen en las mejores del lugar. “Acá todo es esfuerzo, gracias a eso hemos plantado árboles, plantitas, esperamos que quede un lugar lindo y que se pueda seguir rellenando el basural”, indicó el hombre.

A su vez, Bassin indicó que es necesario un cambio de mentalidad para no discriminar. “En estos barrios vas a encontrar dificultades, pero también gente trabajadora, niños que asisten a la escuela, que están vacunados: hay que sacarse los prejuicios y no decir que la diferencia existe por el barrio donde viven. Tanto en El Pozo como en el Dalvian son personas totalmente iguales”.

El lejano Borbollón

En Las Heras, la situación económica de muchas familias también depende de los basurales. Las viviendas de El Borbollón, construidas con precariedad, se van expandiendo a medida que los integrantes del hogar van creciendo o que se consiguen nuevos animales para trasladar lo recolectado durante la jornada.

Pero, hay jóvenes que no desean eso.

 

Marta lleva 36 años viviendo en El Borbollón y desea permanecer en la zona. Lo que comenzó siendo una casa se ha convertido en cinco, donde habitan sus hijos mayores.

Jorge y Mario, de apenas 20 años, mencionaron que su deseo es salir de ese lugar. “Queremos trabajar, pero queda todo muy lejos; acá tenés problemas cuando vas a buscar la basura porque no te dejan, pero, nosotros le hacemos a todo: cualquier changa o construcción, pero tenemos que ir a Guaymallén y se hace todavía más difícil”, cuentan.

El Borbollón y su distancia al Aeropuerto.

Ellos se trasladan con su padre cuando surge alguna oportunidad laboral fuera del basural, pero siempre termina siendo el lugar habitual. Van durante el día, en la tarde venden lo que juntaron y en la mañana siguiente vuelven a empezar.

Mientras, la nueva generación que ha nacido en la familia, compuesta por los últimos hijos de Marta y sus nietos, estudia en una primaria cercana. Sin embargo, si la situación es complicada, pronto algunos deberán sumarse a la recolección de residuos.

El invierno en el Bajo

Por las condiciones del terreno, las viviendas se inundan cuando llueve en el Bajo Luján. Ahí es donde Mónica crió a sus tres hijas, una de ellas ya con familia y viviendo en la misma casa.

Cuando la temperatura es baja, la mujer cuenta que deben comprar hasta tres garrafas por semana. Para algunos vecinos, eso es un lujo.

 

Las personas consultadas que viven en el lugar dan cuenta de un promedio de ganancia mensual de entre 3 mil y 4 mil pesos. Pueden vivir, pero el progreso les resulta difícil.

“Soy jubilada, pero mis dos hijas más chicas siguen estudiando, si hay plata, que sea para que puedan seguir y terminar”, señala Mónica, único sostén de su hogar.

En la zona donde viven no hay luminarias públicas y las calles cuentan con estrechas acequias que ellos mismos han cavado, según cuentan.

“Si no se llevan la basura nos invaden las ratas y garrapatas”

La basura se acumula a los costados de sus casas porque, si bien pasa el camión recolector, los residuos no embolsables no tienen dónde arrojarlos. La solución que han encontrado es quemarla cada tanto.

“La gente tira la basura cerca de las vías, pero cuando hace eso y se acumula, nos invaden las ratas y las garrapatas”, cuenta Micaela, otra vecina que, con un grupo de mujeres, manifiesta su deseo de vivir en otro sitio.

“La mayoría está dispuesta a irse, no queremos que nuestros hijos sigan viviendo en un lugar así, teniendo que enfermarse, porque no hay forma de evitar que suba el agua cuando llueve”, dice.

Hay situaciones más críticas, inclusive. Lucía duerme con sus dos hijos y un bebé en el mismo sitio donde un balde es todo lo que tienen por baño. Las condiciones insalubres de la vivienda aumentan el riesgo de que los niños enfermen.

“Las ambulancias acá no entran y en el centro de salud no hay pediatras en la guardia”, señalan las madres, visiblemente molestas. “Nos dicen que vayamos al Notti”, confían.

La directora de Desarrollo Social de Luján, Elizabeth Barroso, informó que si bien el Centro de Salud 31 tiene turnos escasos, el Municipio inauguró un Centro Preventivo de Salud, ubicado en el espacio deportivo que se encuentra sobre calle Balcaneda. “Además, no a muchos kilómetros de Maipú está el hospital, donde tienen un servicio espectacular para los chicos. Tratamos de educar a las madres para que se dirijan también ahí para evitar que el Notti colapse”, señala.

“Las ambulancias acá no entran y en el Centro de Salud no hay pediatras en la guardia”.

Barroso destacó “un esfuerzo descomunal durante estos cuatro años” en su área. Según explicó, poco a poco se han realizado convenios y tomado medidas para que los chicos del Bajo puedan tener un lugar donde hacer deportes, arte y recibir un alimento complementario al que reciben en casa. Además, se envían trabajadoras sociales y médicos que “están en permanente contacto, haciendo un esfuerzo enorme por asegurar el bienestar de la comunidad”.

La gente del Bajo Luján es discriminada, está siempre bajo la lupa. En otros sectores también tienen problemas y no se los señala tanto; mientras, nosotros tratamos de mejorar sus condiciones, la gente debe aceptarlos como parte de la misma sociedad que los demás”, enfatizó la directora.

En cuanto al problema que significa el domicilio al momento de buscar trabajo, Barroso destacó el método seleccionado para evitar este problema. “Ellos mismos usan mecanismos de defensa ante estas situaciones: en lugar de decir que viven en el Bajo, buscan como referencia la calle 9 de Julio, y el número de la avenida es la numeración de su propia casa. Por ejemplo, el cartero identifica un domicilio por 9 de Julio, callejón número 5 casa 4”.

El asentamiento detrás del Le Parc, erradicado

A principios de agosto, el asentamiento carenciado que se encontraba en la ex estación ferroviaria de Guaymallén se derribó cuando sus habitantes fueron ubicados en el barrio Fuerza y Progreso, en El Bermejo. Según describieron los mismos vecinos, en el lugar no tenían agua en sus casas y estaban conectados de manera ilegal al servicio eléctrico.

 

“Allá no teníamos que pagar por un lugar en malas condiciones, acá sí”, se quejó Gladys Sueldo, una mujer que vive en el nuevo barrio. Es que, varios de los recién mudados manifestaron no estar cómodos con las viviendas del Instituto Provincial de la Vivienda (IPV) ni con el entorno.

“Todos los días hay tiroteos, por las noches hay asaltos. Tenemos mucho miedo por los chicos”, expresó la mujer. A diferencia de lo que marcaban algunos habitantes de El Pozo o el Bajo Luján, Gladys asegura que con las demás madres quieren volver al asentamiento.

“A veces nos juntamos y vamos a tomar mate al terreno, porque lo extrañamos”.

“A veces nos juntamos y vamos a tomar mate al terreno, porque lo extrañamos”. Incluso, explicó que algunos vecinos se rehúsan a pagar la cuota del IPV por “las malas condiciones” en las que les entregaron las casas.

 

En distintas viviendas, la pintura de las paredes se cae debido a la humedad. También hay partes del cielorraso que no están terminadas, junto con roturas en los picaportes, puertas y elementos de los baños.

Los dueños de estos lugares aseguran que el IPV las entregó en estas condiciones y que deben destinar “plata que es para nuestros hijos a arreglar casas mal hechas”.

Por su parte, el director de Desarrollo Social de Guaymallén, Augusto Rosales, indicó que las quejas se deben a una cuestión cultural. “Ha sido un cambio muy fuerte para ellos, que todavía están transitando. Ahora deben afrontar una responsabilidad económica ante los gastos por los servicios que antes no tenían”, dijo.

Además, el funcionario detalló que ciertos hábitos no se tenían cuando existía el asentamiento y ahora deben incorporarlos. “Los baños, e incluso las duchas, por ejemplo, fueron un cambio para los niños, sobre todo. Cuando se realizó la mudanza, elegían llevarse tablas, maderas y palos; elementos que ya no iban a necesitar pero que formaban parte de su patrimonio, todavía estamos afrontando ese cambio de vida”, indicó. 

Para Rosales, la adaptación a un nuevo espacio, y la convivencia en un entorno barrial “nunca ha sido sencilla, ni en el asentamiento ni ahora, pero el nuevo paisaje que otorga el barrio manifiesta ese problema de manera más abierta y se trabaja con ellos sobre eso”.

¿Y después?

Para varios padres que viven en los bolsones de pobreza, la esperanza es que sus hijos tengan un futuro en mejores condiciones, porque su trabajo diario es incierto.

Lo mismo ocurre con el plan del gobernador electo, Alfredo Cornejo, aunque no habrá detalles sobre lo que se hará en estos lugares hasta que inicie su gestión. Así lo manifestaron desde su equipo de prensa, donde insistieron: “Lo que se vaya a hacer se anunciará una vez que estemos en diciembre. Hasta entonces, Cornejo no hablará sobre ningún tema”. 

Mientras el gobierno electo se mantiene en el misterio y el actual prepara las maletas, el lado más pobre de Mendoza sólo espera que las mejoras puedan garantizarles a sus hijos una mejor vida.