A partir de esta escena en la Biblia se da inicio a la tremenda realidad que se extiende como mancha de aceite a lo largo del tiempo y del espacio de nuestra historia: los asesinatos, las matanzas, las guerras y toda clase de acciones con las que cercenamos la vida de los que nos rodean, es decir, aquellos que Jesús dice son nuestros “prójimos” y no sólo eso, sino también nuestros hermanos; ya que nos dijo que lo somos porque todos tenemos un solo Padre: Dios.
Con ya veintisiete años de servicio pastoral al pueblo de Dios que peregrina en Mendoza, considero que debo decir una palabra al corazón de este pueblo.

También como adulto tomo la responsabilidad que me compete en el “hacer nuestra historia”, la que no sólo es fruto de la acción de los héroes y próceres (si no, como dice Mafalda, nos imaginaríamos que se darían un siglo sí y otro no) sino del gota a gota que cada habitante de nuestra tierra debe poner cada día a fin de dejarla algo mejor de lo que la encontró, de otro modo habría que poner en su lápida: “Pasó como si no hubiera existido”.
Para quien tiene una fe sostenida en la Biblia, la pregunta hecha por Dios a Caín tiene completa vigencia hoy. Y nos hace responsable del prójimo , y Cristo –que no vino a abolir sino a dar plenitud al Antiguo Testamento– la lleva a una dimensión impensada cuando afirma que “el Juicio” de Dios, que nos dará acceso a la vida o muerte eterna, estará centrado en cómo vivimos esta relación de amor y servicio con el prójimo –que como Cristo lo explica: es el desgraciado que encontramos en nuestro camino y del cual nos debemos ocupar. Y hasta llega a afirmar: “Lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron!”. Lo expuesto no es querer hacer una homilía escrita, sino, por un lado, dar razón de por qué estoy gastando mis años maduros en la cárcel, y, a la vez, hacer un llamado a la generación adulta a hacerse unas preguntas y contestárselas sinceramente puesto que de ello depende el no “haber vivido en vano”.
Llegué y permanezco en la cárcel como fruto de un fracaso, sí el de, cómo párroco –lo fui en cuatro parroquias–, no haber podido motivar a la comunidad a cargo a asumir compromisos estables, generosos, atrevidos para contener a los niños y jóvenes que empezaban ya a meterse en la droga, la violencia, el malvivir. Como adultos muchas veces nuestra respuesta era la de Caín: “No soy el guardián, que lo sea la escuela, la Policía, Cáritas, en fin, otro”.

Como leí en un grafiti: “Los jóvenes no somos un peligro, estamos en peligro”. Como adulto me hago cargo de la parte que me corresponde y, ya que no pude acompañarlos en libertad para que desarrollaran sus potencialidades, vengo a la cueva a la que los hemos traído (que ellos llaman: “tumba”) a fin de acompañarlos allí. Muchas veces con un fuerte sentimiento de impotencia y dolor al ver cómo vidas jóvenes se van degradando y van perdiendo todo horizonte de esperanza con el único sentido de “sobrevivir” el día a día.
Nuestra generación adulta tiene el gran desafío de “mirar a los ojos de los jóvenes” y una mirada “con corazón”, puesto que es la única que puede quebrar nuestra dureza y egoísmo para sentirnos cercanos a ellos y ponernos a su servicio a fin de devolverlos a la vida.
Con tristeza veo levantarse cada vez más “barrios privados” en nuestra provincia; lo que es un tanto contradictorio y absurdo en una época en la que decimos que han caído algunos “muros” famosos. Y es que, si no nos comprometemos a gestar un modo de vida en el que todos tengamos cabida y dónde “no haya un niño en la calle”, vamos rápidamente hacia una sociedad de “muros” para no ver, como me decía un sacerdote de otra provincia que estaba trabajando entre nosotros: “Los mendocinos esconden con muros o barreras de árboles lo que no quieren ver”. Es como que tenemos la fantasía de que, al no verlo, no existe ni me molesta ni me exige una respuesta comprometida.
Algo pendiente como Gobierno y sociedad mendocina es el afrontar y buscar respuestas comprometidas a las siguientes preguntas: ¿Por qué el joven va a la cárcel? ¿Qué hace el joven en la cárcel? ¿Qué hay que hacer para que el joven no vaya a la cárcel?
En la vida de las personas, y también de las sociedades, nos encontramos con bifurcaciones ante las que hay que optar por tomar un camino u otro, y de ello va a depender el rumbo de la vida o de la historia que tomemos. Hoy estamos en uno de esos momentos. O continuar levantando muros en barrios privados o poner más rejas, concertinas, guardias de seguridad, lo que equivale a convencerme de que “no soy el guardián de mi hermano” y de lo único que debo ocuparme es del bienestar de “los míos”; o afrontar la vida como una tarea y servicio hacia el lugar en que fui parido y que lo realizo no sólo formando una familia y cuidándola, sino siendo capaz –por el amor, que siempre es expansivo– de luchar para que la vida de quienes me rodean y con quienes habito este territorio vaya desarrollándose y así, entre todos, construir el “ser nación”. ¡Empecemos Ud. y yo y ya seremos dos!
