La gastada frase “la sangre tira” recobra sentido al toparse con historias como las de los Soppelsa y los Devalle Gieco. Dos familias que comparten no solo la descendencia italiana, sino también la decisión de los hijos de tomar la posta y continuar con el legado del oficio. Unos haciendo helados artesanales y los otros creando vinos de calidad.
De Forno di Zoldo a la Ciudad de Mendoza
La emblemática heladería mendocina Dante Soppelsa es parte de una tradición y una marca registrada en la provincia: es la cuarta generación de maestros heladeros.
La historia empezó el siglo pasado, cuando Güerino y su hijo mayor Ernesto subieron a un barco en Italia con destino a la Argentina. Abandonaron en 1927 el pueblo de Forno di Zoldo, en Veneto, al norte de Italia, donde funcionaba una mina que frenó su actividad y dejó a la mayoría de sus habitantes desempleados.
En ese pueblo solía hacerse helado y por ello la gran mayoría de la población decide tomar ese oficio y emigrar a otras partes de Europa. Para la familia Soppelsa ese destino estaría lejos del viejo continente.
“Tenían primos directos que estaban instalados en Córdoba y San Juan. De la mano de ellos, mi abuelo Ernesto y su papá Güerino deciden venir a Mendoza y dejar al resto de la familia en Italia hasta instalarse”. El que habla es Flavio Soppelsa, hijo de Dante, nieto de Ernesto, bisnieto de Güerino y quien actualmente lleva adelante el negocio familiar de la calle Lavalle y el título de “cuarta generación de maestro heladero”.

Su abuelo y bisabuelo producían helado en una habitación con piso de tierra en la calle Belgrano y Nicolás Avellaneda. Fabricaban una pequeña cantidad, la cargaban en un barrilito y la vendían en el Cerro de la Gloria. “Vivían y fabricaban en el mismo lugar, todo era muy precario y humilde”, relata Flavio sentado junto a su padre, que lo mira y asiente con la cabeza.
El padre de Dante y sus dos hermanos arrancaron con el negocio junto a Güerino, quien falleció a los 52 años, y allí es cuando deciden bifurcar sus caminos y emprender cada uno su propio negocio.
Italo, hermano de Ernesto, tuvo su heladería, pero sus hijos no tomaron la posta y la otra parte de la familia es la de Ferruccio, el menor de los hermanos, que actualmente tiene sus locales en la provincia. Dante Soppelsa comienza su propio emprendimiento junto a su esposa Natalia en 1988, el mismo que hoy dirige su hijo.
Flavio cree en ese refrán que dice: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Porque cree que aunque planifiques, la vida siempre te presenta sorpresas, y la suya fue terminar siguiendo el legado familiar: “Cuando terminé mi carrera universitaria se ve afectado el equipo dentro de la heladería que era muy reducido y mi madre me pide que la ayude. Por eso decido colaborar por un tiempo determinado, ese tiempo se convirtió en años y terminé al frente del local hasta hoy”.

Ese camino lo llevó a querer perfeccionar aquello que sus padres habían creado y a darle su propia impronta: “Mi madre es mi maestra en gestión y atención a los clientes. La base de conocimiento técnico que me transfirió mi padre es lo que me permitió hacer productos distintos. Lo mínimo que puedo hacer es lo que he intentado aportar al negocio familiar y al oficio que heredé. Me obsesioné y quise lograr un estilo único y distinto al resto. Empezamos mejorando la forma de servir el helado, con decoración, y terminé creando sabores únicos”.
Esos “sabores únicos” ocupan las pizarras de Dante Soppelsa donde se puede leer: carbón activado, palta, kéfir, cúrcuma y mango, syrah y coco, malbec, matcha y helado apto vegano.

Flavio reconoce que, a pesar de la experiencia adquirida, sigue recurriendo al consejo de Dante, su fuente de inspiración inagotable: “Las consultas técnicas de base siempre se las hago a él, arrancó a trabajar en el helado a los 12 años y ahora va a cumplir 78 años y sigue activo”.
Además del oficio, Flavio reconoce que su padre le transmitió la perseverancia y la constancia. “No hay un día que lo haya visto quedarse dormido o que faltó a su trabajo. Siempre lo vi comprometido con su proyecto”, asegura., y reflexiona: “Gracias a mi papá yo estoy acá. Su abuelo inició todo, luego su padre, él siguió con el oficio y yo tomé la posta para continuar el legado familiar”.
Cambiar ciruelas por uvas
En 2007, Giorgio Devalle Gieco y Cristina Persia decidieron dar un giro en sus vidas y seguir con un legado familiar: el vino.
“Durante la década de 1940, nuestro abuelo, inmigrante italiano, poseía una gran extensión de viñedos y olivos y una gran bodega en el distrito de Vistalba. A comienzos del Siglo XXI, nosotros, parte de sus descendientes, decidimos seguir su tradición plantando nuevas vides y criando vinos en una parcela de 16 hectáreas heredada de él”, relata Virginia, la menor de los tres hermanos que están al frente de la bodega Gieco, en Vistalba, Luján de Cuyo.
Se trata de un emprendimiento boutique y 100% familiar. “Somos tres hermanos: Marcela, Alejandro y yo, que soy la menor. En la bodega trabajan también mi mamá y mi papá, las parejas de mis hermanos y mi socio”, detalla Virginia.

Desde el año 2007 producen uvas de alta calidad para bodegas reconocidas internacionalmente. En 2013 hicieron realidad el sueño familiar produciendo su propio vino, el cual hacen exclusivamente con uvas seleccionadas de su propio viñedo y cosechadas a mano.
Tienen una producción anual de alrededor de 30.000 botellas, y eligen ocuparse personalmente de cada etapa de la producción, desde el viñedo hasta la elaboración en bodega.
“Cada uno tiene diferentes roles, mi hermano está en Italia y fue el arquitecto de la bodega. Allí presenta los vinos a diferentes importadores y va por ferias en Europa llevando nuestros productos. Mi hermana tiene el Rincón Gieco que es el espacio de bar frente a la bodega y está involucrada en la parte de la producción. Yo estoy en la parte de las visitas guiadas, la recepción de turistas en la bodega y el Restó Gieco”, repasa la menor de los Devalle Gieco.
El camino comenzó cuando Giorgio propuso darle vida al terreno heredado y crear junto a su esposa e hijos sus propios vinos. “Lo empezamos a proyectar para el futuro y cada uno se fue involucrando de a poco”, recuerda Virginia.
Algo que la marcó para decidir seguir el legado familiar fueron dos recuerdos nítidos de su niñez: “Cuando esta finca tenía ciruelas y nosotros vivíamos en la ciudad, mi papá nos llevaba los cajones y con mis hermanos hacíamos bolsitas de un kilo y salíamos a venderle a los vecinos de forma inocente y desde el lado del juego. Nos ganábamos unos pesos divirtiéndonos todos juntos”. El trabajo en equipo había comenzado sin que ellos lo notaran, quizás Giorgio sí lo hizo.
Unos años más tarde, cuando aún eran pequeños, sus padres los llevaron a la finca y les propusieron plantar tres árboles. Molestos por el frío, no lograron captar lo especial del momento, aunque tres décadas después, Virginia reflexiona: “Ahora vemos el resultado y es muy fuerte. A mí me ha marcado personalmente un montón esa idea de visión y de proyectar un futuro con muchísimo empeño y trabajo”.

Cuando repasa sus tareas diarias en la bodega y destaca con emoción los valores que cimentaron la empresa familiar, Virginia reconoce que le genera un enorme orgullo lo que su padre ha logrado sin haber estudiado nada relacionado al mundo del vino: “Él no hizo la carrera de ingeniería agrónoma, ni enología. Yo siempre digo que es un enólogo de puro empeño y garra, de ponerse a trabajar siendo independiente y hacerlo de sol a sol sin parar, poniendo mucha voluntad a todo lo que hace”.
“Lo que admiro de mi papá es que tanto él como mi mamá nos han dado las herramientas para poder imprimir nuestra impronta al emprendimiento. A veces voy con una idea y se la presento para pedirle su opinión y siempre responde: ustedes hagan. Siempre nos ha dejado que cometamos errores para que aprendamos de ello”, cierra con la voz entrecortada y algo emocionada Virginia.
