Una empleada de la justicia federal de Mendoza tenía a su esposo enfermo. Un diagnóstico complejo, de gravedad sin el tratamiento correcto. Y la droga que necesitaba importar, por algún motivo, era rechazada por la obra social. Cuestiones médicas y burocráticas; sobre todo, esto último. Entonces usó información privilegiada. Aprovechó que conocía el nombre de una de las personas más investigadas por contrabando en la provincia y lo contactó. Ella y su familia tenían un problema y él la solución. Sos el contrabandista más grande de Mendoza y vos sabés que yo sé. Hubo un sinceramiento y se pusieron de acuerdo. Hubo una relación fluida; un contacto que fue más allá de la mera operación de traer tal y cual medicamento desde el extranjero. Cada entrega, cada pedido eran motivo para tener una charla básica. Hola, cómo estás. ¿Tus cosas bien?
En uno de esos diálogos hablaron del titular del Juzgado Federal N°1, el conspicuo juez Walter Bento. Se está yendo al carajo, dijo él. ¿Por qué?, preguntó ella. Está descontrolado, pide demasiada guita; no sé qué le pasa, aclaró. La respuesta, años más tarde, la daría la jueza Gretel Diamante, presidenta del tribunal que juzgó y condenó al ex magistrado: lucro excesivo y codicia. El paradigma de la corrupción. Así lo definieron.
El contrabandista que traía los medicamentos terminó preso. Otro contrabandista e informante policial vinculado con el caso Bento lo sacó del juego. Lo buchoneó y prácticamente lo entregó. Es el peligro de los informantes, explicaba el fallecido fiscal Daniel Carniello: cuando tienen tanto contacto con las fuerzas de seguridad, pasa a ser competencia desleal.
Se metió con la gente incorrecta, mencionó un juez federal que suele caerle simpático a todos. Es chistoso, divertido y es consciente de que en esos pasillos todo se sabe. Una cosa es conversar con fuertes empresarios y mantener canales informales, y otra muy diferente es entreverarse con delincuentes comunes, reflexionó. Es decir: pedirle dinero a tipos poderosos para direccionar causas vinculadas con el fuero penal económico y tributario no es lo mismo que sacarle dinero a contrabandistas y narcotraficantes a cambio de beneficios judiciales. Uno es un arreglo; lo otro es una coima. Es exactamente lo mismo, pero con olor a perfume caro.
No es que Bento no anduviera en esa también. La fiscalía lo sabía, pero evitaron por todos los medios meterse en ese terreno. Por eso nunca se avanzó en la relación con el empresario Rafael Garfunkel (en la cual participó otro ex juez federal) ni se profundizó en el origen y en la historia de allanamientos dispuestos por Bento desde Mendoza y que impactaron en todo el país. Tampoco en los pactos de no agresión entre el juez y un empresario cuando el magistrado aún seguía en funciones pero la investigación en su contra ya estaba avanzada. Vos me cuidás acá y yo te cuido allá.
Los abogados corporativos dominaban ese campo. Son más prestigiosos que mediáticos. La baja exposición pública en estos tiempos es una cualidad que no tiene precio. Perfil bajo, siempre. Por eso intentaron mantenerse lejos de la causa por estos años. Hacían chiste, sí, pero nunca más allá de una mesa de café. Recordaban la operatoria. Los contactaba un tercero. Les decía que si querían hablar con el juez, debían ir tal día y a tal hora al barrio privado de Palmares. En la entrada tenían que preguntar por otra persona; alguien que fue mencionado en la causa y que finalmente zafó. Se trata de un vecino que vive cerca de la casa de la familia Bento. Lo iban a visitar a él en teoría. Así no quedaba registro en el ingreso. Una vez adentro de barrio, ahí sí se reunían todos. Escuchaban la situación procesal de sus clientes y la alternativa para arreglar ese problema. Y decidían. Tenían tres opciones: litigar (con ese antecedente en contra), pagar sus deudas en AFIP o, como solían llamarlo, sacar un “Bentoplan”.
