Eran más o menos las cuatro de la tarde cuando se fue en un remís. Al rato se pegó la vuelta, volvió, me abrazó, me dijo ‘gorda, te amo… cuidá bien a los hicos’. Y se fue. Con el tiempo fui entendiendo muchas cosas”.

La que habla es Carina Garín, la esposa de Guillermo Castro, una de las 22 personas que fallecieron la noche del 18 de mayo de 2011 cuando el vuelo 5.428 de Sol Líneas Aéreas se estrelló en el paraje Prahuaniyeu, en Río Negro.

Carina y Guillermo.

Guillermo trabajaba en la minera Mirasol y viajaba regularmente al sur del país. Regresaba a Mendoza para estar una semana con su familia y luego pasaba 20 días lejos de ella. Ese era el ritmo de vida que llevaba y al que se había acostumbrado.

Era muy cariñoso. Pero la verdad es que nunca hizo lo de ese día. ¿Volverse para saludarme y decirme que cuide a los chicos? Me reí sola y pensé ‘este está loco’”, recuerda.

Carina fue la última de su familia en enterarse de la tragedia. Cuando le contaron, no quiso creer lo que estaba escuchando. Empezó a llamar con insistencia al celular de su marido, pero nadie atendía.

“Él me llamaba siempre cuando llegaba a Neuquén. Y esta vez eso no pasó. Me quería ir al sur. Quería ir a buscarlo y ver si era verdad lo que me estaban diciendo”, relata.

Al cumplirse cinco años, Carina busca implementar la misma estrategia. Tratar de que sea un día más. Salir y buscar alguna actividad para hacer con los chicos. Una psicóloga le recomendó que intente distraerlos para que no tengan que recordar algo así y que no estén pensando en lo que pasó.

Pero a veces es inevitable –cuenta-. Estamos en familia o con conocidos, y ven que los primos o los amigos tienen a sus padres, y ellos no. La nena, que tenía cinco años cuando esto pasó, no quiere escuchar la palabra ‘muerte’. Directamente se tapa los oídos hasta que se deje de hablar del tema”.

El lugar del accidente.

Cada vez que se acerca este día, Carina asegura que siente exactamente lo mismo: “Impotencia, bronca y dolor”.

“Es muy difícil. Tengo que ser padre y madre de tres chicos. Por eso no dudé cuando cobré el seguro. Tenía que pensar en el futuro de ellos y tratar de salir adelante”, explica. Y no tiene empacho en decir lo que piensa de lo que fue Sol Líneas Aéreas: “Fueron unos caradura. Se levaron las manos siempre”.

Días de tristeza y recordación

Esa noche yo lo llamaba al celular, pero no me daba y creía que era porque no había señal”.

Así comenzó la peor noche de Vanesa Garófoli. En el avión Saab 340 viajaba su esposo, Jorge Alberto Jacomes, empleado de la minera Adviser.

“Me enteré a la mañana siguiente por la tele y me fui al aeropuerto porque no lo creía”, contó.

Vanesa y su esposo.

Tanto Carina como Vanesa tuvieron la misma reacción de incredulidad y negación. No querían creer lo que había pasado.

En las oficinas de Sol no había nadie. Sólo recibí un llamado de Atención al cliente de la aerolínea para decirme que no había sobrevivientes”, recalcó.

Para Vanesa, “de ahí en más fue un caos. Nadie me decía nada. Sólo algunos empleados aparecieron y me pidieron disculpas. Eso fue todo”.

“Cada año que pasa es más difícil. Sigo yendo a la psicóloga y estoy en contacto con la familia de él para hacer una misa. Estos días son muy tristes porque hubo un proyecto de vida y sueños que se esfumaron”, recordó.

Las víctimas mendocinas

En la tragedia del vuelo de Sol fallecieron Guillermo Castro (37), Jorge Alberto Jacomes (30), Luis Eleazar Vargas (39), Andrés Martín Cerioni (34) y Diego Fabián Córdoba (39).

El accidente

A las 20.50 del 18 de mayo de 2011, el piloto Juan Raffo y el copiloto Adriano Bolatti, al mando del vuelo de Sol 5428, hicieron su último contacto con una torre de control. Luego, el silencio. Menos de media hora más tarde acabarían estrellándose en el paraje Prahuaniyeu, cerca de Los Menucos, una población rural de la provincia de Neuquén, dedicada mayormente a la cría de ovejas.

Testigos en la zona hablaron de una bola de fuego en la distancia. Cuando el primero de los pobladores locales logró acercarse con una camioneta al lugar donde había visto la explosión, solo encontró una mancha negra en el suelo y restos de metales, asientos y equipajes.

“Cenizas y pañales”, describió uno de los primeros hombres en llegar al lugar.

De las 22 personas a bordo, no sobrevivió nadie. Viajaban, además del piloto y copiloto, la auxiliar de cabina Jessica Fontán, 18 pasajeros adultos y un bebé.

 

El piloto, Juan Adalberto Raffo, tenía 45 años y 20 de experiencia. Estaba casado y era padre de cuatro chicos. Su colega Adriano Bolatti, copiloto, estaba divorciado y tenía dos hijos. La jefa de cabina, Jessica Fontán, era rosarina. Tenía 25 años.

El avión, un Saab 340 construido en Suecia en 1985, matrícula LV-CEJ, cubría la ruta entre Córdoba y Comodoro Rivadavia. Los mismos pilotos -se desprendió de las grabaciones de la caja negra- eran conscientes de que el turbohélice no era el tipo de aeronave ideal para volar en esa zona y con ese clima. Porque, de hecho, eso fue lo que los mató: el frío.

Según el informe de la Junta de Investigación de Accidentes de Aviación Civil, cuya versión final se publicaría recién el año pasado, la aeronave perdió el control y se estrelló contra el suelo debido a una “formación severa de hielo” en las alas. Un fenómeno conocido como “engelamiento”.

La física del accidente es simple: lo que mantiene a un avión en el aire es la forma de sus alas, que hace que el aire se desplace de modo de sostener a la nave en vuelo. Al acumularse hielo por el frío intenso, tanto en las alas como en la “panza” (la parte baja del fuselaje), la forma aerodinámica se pierde.

Aún cuando la nave contaba con sistemas para provocar el desprendimiento del hielo de las alas, según los especialistas no habría sido suficiente para evitar la tragedia.

En los meses posteriores, la investigación abriría polémicas no solo por la aptitud de un Saab 340 para volar en el clima gélido de la Patagonia, sino también por el estado de mantenimiento de las aeronaves de Sol Líneas Aéreas, que sería denunciado por diferentes empleados de la compañía. (Informe del accidente: Télam)