Buenos días, a pesar de todo. Ahí están las uñas, una parte de nuestro cuerpo que sirve para muchas cosas, por ejemplo, para rascarnos. No sé cómo, teniendo veinte uñas, a la hora de rascarse, el ser humano desperdicia la mitad de sus posibilidades. También sirven para rascarnos en el trabajo, actividad que ha caído en paulatino desuso en nuestro país, no porque no nos guste rascarnos, sino porque ha caído en paulatino desuso el trabajo.

Ahí están las uñas, indispensables a la hora de reventar las espinillas, de limpiar otras uñas, de horadarnos la oreja, de sacarnos la basurita de los dientes, de hacer ruido sobre una mesa, de sacarnos los mocos rebeldes, de pelar ciertas frutas. Las uñas que crecen más allá de la muerte, las uñas que nos joden con sus ataques de cutículas, las uñas que nos pescan de mal humor cuando se encarnan.

Las mujeres pretenden camuflarlas adentro de la sensualidad y se las dejan largas y las pintan. Pero son algo más que una oferta de belleza, algo contrario: son nuestras primeras armas, las primeras armas, las armas que tenía el tipo cuando comenzó a caminar verticalmente para ver de más alto a sus parientes monos. Cuando pellizcamos, cuando arañamos, estamos cumpliendo con un ritual atávico que rememora nuestras antiguas alboradas simias, la estamos usando para atacar.

Entonces, son garras, resabios de nuestra animalidad, señal inequívoca de que habita en nosotros una porción de violencia que viene de aquel boceto de ADN que nutrió sus genes en selvas, fauces, mordiscos, aullidos, estampidas, dolores y huidas. Cuando decimos “Alguien metió las uñas”, estamos manifestando que alguien robó. Debería usarse la expresión para significar que alguien volvió a lo primitivo, a lo animal, a lo violento.

Estamos en el siglo XXI ¿se acuerdan, no?, el siglo donde confiábamos en que iba a existir una superación del tipo para que las cosas fueran más justas, más repartidas, más soportables. Sin embargo, el siglo XXI comenzó con un estallido de violencia inusitado y amenazas de continuar con la violencia por muchos años de su centenaria vida. Mendoza, otrora tan tranquila, tan pata a la rastra, tan cotuda, tan siestera, tan amable, está produciendo y soportando una escalada de crímenes que no parece encajar con nuestra tradicional modorra provinciana.

Tenemos la uñas crecidas, tenemos las uñas puntiagudas y, lo que es peor, tenemos mugre debajo de las uñas. La mano, la misma mano que sirve para curar, puede servir para golpear, para destruir, para aplastar, para moretear. Teníamos la posibilidad de ser, con esas manos, abrazo, consuelo, amor, calidez, oración. Sin embargo, nosotros preferimos la opción troglodítica: antes de inventar caricias, preferimos mostrar las garras. Dicen que el hombre desciende del mono, pobres monos, ¿qué culpan tienen?