El país parece haberse convertido en una bomba neutrónica de operaciones. Alguna porción, o toda, de esa entelequia que conocemos como el mercado; ciertos grupos de empresarios; parte del considerado círculo rojo y por supuesto que la izquierda y el kirchnerismo, han conseguido unir sus fuerzas para embestir con fiereza contra la estabilidad de un gobierno con el que no comulgan.
El rejunte conformado ahora no es inédito, ni mucho menos extraordinario. Aparece siempre que una mayoría ciudadana decide dar un volantazo a lo que viene instituido: un modelo de fracaso tras fracaso escondido en promesas de cambio a futuro, de justicia social para todos y todas, un nacionalismo mal entendido y un proceso de supuesta soberanía económica que no ha hecho más que hundir en un lodo pernicioso y maloliente a quienes son y han sido los propios garantes del sistema, el pueblo que los votó. Increíble, pero cierto.
El fenómeno que hoy mantiene al país en vilo, se ha presentado a fines de los 80, de los 90, en los inicios del 2000 y a mediados de la segunda década del milenio, cuando el gobierno de Mauricio Macri lo enfrentó y al menos consiguió finalizar su período constitucional convirtiéndolo en una rareza total de su especie en casi 100 años de historia. Y ahora, otra vez con Milei.
La operación descomunal va detrás de la mentada devaluación que pareciera beneficiar por igual a todas esas partes tan disímiles entre ellas, aunque amalgamadas y atraídas por el mismo objetivo: unos, para encauzar sus negocios y la vuelta a sus acostumbradas rentas en los niveles de poco esfuerzo, nula competitividad y por sobre toda mucha protección estatal; y otros detrás de la inestabilidad social, económica e institucional que les abona el campo para la vuelta al poder y a sus negocios políticos harto conocidos con la vulnerabilidad y la marginalidad extrema.
Por supuesto que la defensa de las posiciones que ha venido teniendo el gobierno de Milei, atacado por el viejo estatus quo, ha estado lejos, muy lejos, de una postura cercana a llevar tranquilidad y serenidad. La actitud provocativa, cargada de altanería y un dejo de soberbia llamativo si se observa el estado de debilidad parlamentaria, especialmente, con la que llegó al poder, cuanto menos alimentó buena parte de la energía que hoy padece en su contra.
Con lo que Milei lejos estuvo, como está dicho, y más lo está ahora cuando es víctima de un ataque obsceno e irresponsable de aquel rejunte, de llamar a la mesura o a hacer oídos sordos a la alharaca de los sectores opositores más rancios que lo amenazan. La política en general, y visto el estadio de discusión delirante que ha alcanzado justificándolo en cuestiones de tensión normales y habituales en la disputa del poder, tampoco puede aportar mucha racionalidad al clima de angustia que vuelve a aparecer de manera evidente en buena parte de la población.
El ajuste en casi todas las cuentas, el proceso de desregulación en sectores clave, el menor gasto que se financiaba con déficit y el orden en variables sensibles por donde se mueve la economía, han logrado frenar el proceso inflacionario.
La disminución de la inflación, a su vez, repercutió en una caída abrupta del porcentaje de pobreza que millones de argentinos parecen no notar ni percibir por el estancamiento y el estado de recesión que todavía afecta a la economía. Y en esos aspectos se asienta la chance más trascendente que tiene el gobierno para imponerse en las elecciones de este año, un proceso clave del que inevitablemente debiese salir airoso para garantizar la continuidad de ese plan de acción y de intervención inédita en la economía del país con el que llegó al poder a fines del 2023 bajo la promesa de hallar el camino de la normalización.
Sería lógico que eso ocurriese, que el modelo del presidente Milei, representado en lo que hoy refleja La Libertad Avanza, se imponga claramente en las elecciones de medio término. Una respuesta obvia y justa, incluso, para un modelo que requiere de una segunda herramienta, la de la ratificación del apoyo legitimado y refrendado en elecciones y condicionado, claramente, a resultados visibles, tangibles, palpables hacia el fin de su mandato.
A Milei, pese a su costado bravucón, insolente y prepotente, le asiste el derecho de llegar fuerte al final del mandato y que pueda desplegar su oportunidad, la misma que han tenido todos los gobiernos supuestamente no liberales ni mucho menos libertarios, pero tan populistas en los modos y en los gestos como lo es el de Milei.
Salvo por un desahogo vinculado directamente con los ataques recibidos por aquella entente que hoy los hostiga, Milei no tiene nada que festejar de forma tan airada como lo ha hecho cuando se han conocido los datos de la pobreza. Dieciocho millones de personas deambulando a duras penas y dejando girones a cada paso para llegar a fin de mes no es una buena noticia pero que Milei contrapone con los casi veinte millones que había bajo la línea de pobreza hasta pocos meses atrás. La segunda parte de su gobierno tiene que contar como prioridad absoluta la generación de empleo de calidad y la aparición de condiciones que permitan la vuelta de las millones de pymes que se extinguieron y de las situaciones de competitividad adecuadas para la competitividad, el crecimiento y el desarrollo de la economía. El cómo es el problema. Sí, efectivamente lo es. Pero para eso llegó y para eso está y para eso está pidiendo, merecidamente, la renovación del voto de confianza.
