El día que escriban el libro sobre las miles de historias que dejó la Liga de Veteranos habrá un personaje que el autor no podrá ignorar, aunque, seguramente, hará un esfuerzo para incluirlo. Será la historia de un tal Sánchez, un sujeto controvertido, de doble personalidad, que dejó una huella profunda en ese mundo de rejunte de profesionales devenidos en futbolistas amateurs, con más de 40 años encima. Cualquier anécdota sobre el tal Sánchez que ese presunto escritor decidiera trasladar al papel remitiría al carácter irascible de ese periodista que alguna vez fuera un habilidoso centrodelantero. Por ejemplo, aquella vez que, con la voz más finita que nunca, Sánchez le gritaba al árbitro en medio del tumulto: -¡Usted tiene que ser ecuánime, usted tiene que ser ecuánime! El referí se llevaba la mano al bolsillo donde tenía las tarjetas pero dudaba.

    No sabía si Sánchez –el jugador más insoportable de la Liga– lo insultaba o qué. Para colmo, el prestigioso periodista de artes y espectáculos insistía con la frase, a los gritos, delante de todo el grupo de jugadores que rodeaban al juez. El hombre de negro, para no quedar como un pavote, le puso la amarilla en la cara, se hizo espacio y se alejó rapidito. La jugada había sido recontra dudosa, pero el árbitro estaba completamente seguro de que Sánchez no había sido inocente cuando se quedó parado, como si hubiera puesto el freno de mano, y hecho una estatua de acero, miró para el otro lado. Quiroga, el delantero de Contadores, que venía tan entusiasmado y a toda velocidad, chocó contra un tren. Quedó desparramado en el piso y medio grogui.

     Fue un impacto durísimo. Todos se fueron encima de Sánchez, pero nadie lo tocó, porque a lo que le temían, más que a su fornido cuerpo, era a su lengua: verborrágica, filosa, hiriente y, como si fuera poco, de altísimo nivel cultural. Sánchez o el Gallego, como lo apodaban, era un estilista del lenguaje. Para leer sus crónicas había que necesariamente remitirse alguna vez a un diccionario, porque seguro que había una palabra que no conocías. Seguro. Y la usaba en la cancha. Qué tipo jodido. Todos lo odiaban por ser quejoso, bardero, mala leche y porque mandaba al frente hasta a sus propios compañeros de equipo. –¡Dámela a míííííí!, ¡qué hacés!, ¡jugala bien!, ¡sos un desastre! A su propio director técnico lo mandaba a pasear, sin modales, cuando se calentaba. Pero, al momento de hablar, ¡mamita!, te reventaba los tímpanos con ese sonido tan agudo, tipo chirrido, y por la cantidad de palabras que nadie entendía, mezcladas con miles de insultos y groserías, impropios de alguien tan cultivado, que podía recitar de memoria párrafos enteros de algún libro de Borges. Un enigma para todos los que tenían que compartir un partido con él, porque el tipo era un jugadorazo.

    Lástima el mal genio adentro de la cancha. Era tan raro el Gallego, sus compañeros lo adoraban, porque en la calle y en el laburo era un tipo entrañable, jodón, buena persona, solidario. El problema se presentaba los sábados, cuando se transfiguraba. Sus pares a veces se reían de los desplantes e insultos que el Gallego les hacía en medio del partido. Pero a la mayoría no le causaba ninguna gracia que uno de ellos los maltratara tanto frente a los adversarios, al punto de llegar a desconcentrarlos hasta en el mismísimo momento de patear un penal. ¡Sí, eso ocurrió! Una tarde de invierno, Periodistas enfrentaba a Ingenieros, estaban en el segundo tiempo y no podían salir de un empate soporífero de 0 a 0. Hubo mano en el área y cobraron penal. Pereyra chico, como lo llamaban al Gusti, se ubicó frente a la pelota, esperando el pitazo para correr y fusilar, ponerla a lo Bati, fuerte, al medio del arco.

    Esperaba, mientras el grandote que atajaba lo miraba fijo, por las dudas, para ponerlo nervioso. Pero el Gusti es agua de tanque, parecía que nada ni nadie podía sacarlo de sus casillas. Hasta ese día. El árbitro se llevó el silbato a la boca, estiró el brazo y dio la orden. Pereyra chico había previsto una larga carrera, como para alargar el suspenso, quizás, o para que el arquero no le adivinara adónde iba a patear. Empezó a trotar y, cuando estaba llegando a esa marca casi imaginaria que alguna vez había sido de cal, se escuchó clarito la voz finita: -¡Pateá bien, no le vas a errar, che Palermo! El Gusti se paró en seco, tipo Burrito Ortega, después siguió, le pegó como había pensado, metió el gol, pero no salió corriendo a festejarlo. Buscó al Gallego con la mirada, hizo un paneo rápido. Lo encontró mirándolo, con los puños cerrados, celebrando. Y se le fue encima. Corrió unos metros, fue todo como en cámara lenta. Los demás miraban sin saber exactamente qué estaba por ocurrir.

     El Gusti, tan medido, tan controlado, tan correcto siempre, cuando estuvo a menos de un metro de Sánchez, le tiró una trompada a esa cara de desconcierto, con tantas ganas contenidas, que primero, lo hizo tambalear y, por el mareo, después el Gallego cayó al suelo, donde quedó tendido de costado. No hizo falta que el árbitro lo echara. Ni vio la roja que el juez le tuvo que sacar, aunque en su fuero íntimo pensaba que estaba siendo injusto con el Gusti. Sánchez se levantó solo, porque nadie fue a ayudarlo. Todos quedaron tan consternados que no sabían cómo seguir el partido. Hasta los rivales se sentían confundidos.

      Ya ni les importaba el gol en su contra. Quedaban 10 minutos de partido, pero nadie tenía ganas de jugarlos. Corrieron un poco más, el referí lo terminó 3 minutos antes, harto de ese día y de lo que había pasado. Mucho tiempo pasó hasta que el Gusti y el Gallego se amigaron. Pero el enfrentamiento entre dos jugadores de un mismo equipo quedó para siempre entre los relatos más increíbles de la Liga. Un problema de cadera lo sacó de pista al Gallego. Le dolió en el alma no poder seguir. –¿Sabés que llegan los sábados y no sé qué hacer? Me siento tan mal. Se lo decía a algunos amigos que tuvieron la cortesía de no contestarle. Es que nadie lo extrañó, ni propios ni extraños. Cayó en el peor de los ostracismos masculinos, joven aún para jugar, tuvo que abandonar el fútbol. O quizás fue al revés.