La política de choque implementada por el gobierno de Javier Milei, y el acelerar en las curvas como estrategia para avanzar sin anestesia hacia las reformas que necesita la economía para su estabilización, y sacar al país de la decadencia, viene de tener en los últimos días –como nunca antes desde que asumió– su expresión más acabada y literal en todo sentido.
El particular momento del ciclo de gobierno de Milei ha desplegado un abanico de interrogantes que ponen en duda la efectividad de todo el programa, desde lo puramente técnico vinculado con el ajuste, el control del gasto y el de la inflación, el bagaje de desregulaciones en todo el proceso económico, y también desde lo gestual y las formas usadas por el gobierno para explicar y comunicar lo que se hace. Por cuánto tiempo más, o hasta cuándo se mantendrá esa línea de luz que existe evidentemente en favor de la gestión y del rumbo hasta que aparezcan otros resultados concretos –al margen de lo ya conseguido–, palpables, visibles y tangibles para los millones que bancan desde la economía de a pie, las del nivel de la calle y de la cotidianeidad.
De acuerdo con la nueva configuración de clima social que parece estar viviendo la Argentina y que permitió, como resultado de una decisión colectiva hacia fines del 2023 que Milei llegara al poder, hoy nadie puede aventurar si el gobierno colapsará por falta de apoyo y mucho menos cuándo. Tampoco cuándo alcanzará la mayoría de las metas propuestas. Hay quienes aventuran, incluso, que Milei es en verdad un líder de transición y que una vez tomadas y alcanzadas las reformas estructurales y al menos conseguido un dejo de garantía suficiente para la continuidad de las mismas, debiese apoderarse del control del país una idea y visión de gobierno moderada, institucionalista, republicana, aperturista, amigada con la búsqueda de consensos y acuerdos generales que permitan ciertamente el desarrollo general.
Lo que emerge como indudable, según se percibe, es que el programa aplicado, el que tiene un amplio y surtido bagaje de tolerancia cero a todo lo que huela a ese estado de bienestar con resultados horribles que impuso y grabó a fuego en el país el populismo, necesita de otras conclusiones rápidas y urgentes, sofisticadas, más que aquel gol que consiguió hace ya varios meses y con el que habría controlado la inflación, más la brecha cambiaria que bajó de casi el 200 por ciento al 15 actual.
Los errores autoinflingidos, como el escándalo cripto el que tocó una fibra sensible para el país como la corrupción y la estafa promovida desde lo más alto del poder, y aquellos otros que tienen un fuerte impacto en lo institucional, como la designación por decreto de Ariel Lijo y Javier García Mansilla en la Corte de Justicia, han sumado más incertidumbre a lo que viene y a la suerte de la selección de ideas que tiene pensada el libertario para su administración.
Todo indica que se está abriendo un nuevo punto de inflexión que obliga a comparar los procesos y métodos en pugna, entre lo que lleva adelante Milei, lo que representa y ejecuta, con aquello que se vino aplicando por tantos años en el país y que postergó las reformas que la situación y el imperio de la realidad reclamaban y exigían a lo largo del tiempo: aquel estado de bienestar del populismo que no previó contingencias en el futuro de su camino, que gastó irresponsablemente superando la capacidad de un Estado que lo entendió como propio, y de recursos interminables; y todo eso sin describir aquí el costado corrupto que lo hizo conocido en el mundo entero como entre los peores en esa categoría. Eso, tan conocido, frente a lo “nuevo” de Milei: un Estado en retirada, sin asistencia a los caídos del sistema, mientras se aplica un plan de estabilización que amenaza con entrar en un cono de dudas.
La tolerancia cero que hace referencia a la doctrina de acción aplicada a la situación de inseguridad, todo aquello que se hizo visible en el arranque de los 90 en el Nueva York de Rudolph Giuliani, bien sirve para aplicarlo al Estado y su rol, visto por Milei. Un método parecido, aunque sin el lado de las mitigaciones necesarias. Un gobierno que responde a la demanda social de orden, control y tranquilidad para la economía con un ajuste que se ha calculado en 5 puntos del PBI, con recesión y parate inducido, con un tendal de caídos hacia la informalidad laboral provenientes del empleo registrado y formal que, a su vez, era mantenido a fuerza de los anabólicos que producía aquel Estado negador del populismo.
Tras la violencia desatada del miércoles en lo que debía ser –y que no fue como se sabía–, una marcha de jubilados sufrientes, Milei encaró el fin de semana haciendo esfuerzos por dar vuelta la página y cambiar la agenda. Sólo parece lograrlo en el campo del manejo de las expectativas, intentando mantener con vida la frontera de las realizaciones de fondo, y buscando que se mantengan las esperanzas que tiene la gente de aquel país normal que ha prometido conseguir. ¿Serán 15 años? ¿más? ¿quizás un poco menos? Nadie lo sabe con certeza, aunque el presidente sí necesita hechos, más que señales como a las que apunta para mantener la confianza que generó en su momento.
Y mientras se está a la espera de los hechos que la ciudadanía sí reclama y que seguro reclamará con mayor justicia –por el apoyo brindado– y ansiedad, al presidente sí le juega a favor el actuar de lo que tiene enfrente: el delirio de una oposición destituyente que no deja de anotarse goles en contra porque no puede controlar lo que le viene implícito como su ADN, vinculado a la prepotencia, a la reacción violenta, a la toma del espacio público sin miramientos para desestabilizar y ahora con la suma de un nuevo paro de la CGT previsto para los primeros días de abril. Las realizaciones prometidas por el plan de Milei se hacen esperar y probablemente lleguen con más demoras. Eso, que emerge como una oportunidad para los adversarios políticos del gobierno para ofrecer algo distinto a lo que tenemos, termina convirtiéndose en más beneficios que cosecha el gobierno de manera inmerecida. Pero frente al caos en el espacio público, a la protesta descontrolada y extorsiva, qué otra cosa se puede esperar como respuesta de un pueblo que de una manera inmensamente mayoritaria pide paz social, además de tranquilidad económica.
