Buenos días, a pesar de todo. No sólo vivimos rodeados de ruidos, no sólo somos sus consumidores sino también sus productores. Producimos ruido cuando pisamos, cuando gritamos, cuando tocamos bocina, cuando aceleramos el auto, cuando nos peleamos con la patrona. El silencio es una especie en vías de extinción. Pitágoras hablaba del silencio de las esferas celestes y les enseñaba a sus alumnos a callar por mucho tiempo para entender el valor del silencio y para comprender cuál es el sonido del mundo. Porque el silencio absoluto no existe, si pudiésemos apagar todos los ruidos que producen el hombre y la naturaleza, todos, no estaríamos en completo silencio, estaríamos escuchando el sonido del Universo. Nuestro mundo produce ruido, todo cuerpo que se desplaza lo produce, y el ruido de nuestro planeta ha sido escuchado por primera vez. Científicos de la NASA aseguran que el sonido de nuestro planeta se parece al trepidar de hojas secas. Pero hay ruidos y ruidos. Hay ruidos personales e incómodos, más molestos que calzoncillos de hilo sisal: las tripas que suenan, las toses, los ronquidos, un estornudo, y otros que no nombro porque pueden perjudicar vuestras narices. Hay ruidos domésticos: el reloj de pared, una gotita que cae irrenunciablemente, el inodoro que pierde por goleada, el zumbido de un mosquito, el motor de la heladera y su discontinuidad, los vecinos de joda, los vecinos peleando, el perro del vecino que ladra, el bebé del vecino que llora, la hija del vecino que resuelve contagiar al barrio con los Wachiturros. Hay ruidos de la naturaleza: la lluvia cayendo sobre un techo de chapas, los truenos, una ráfaga del Zonda, una puerta que se cierra violentamente por la misma ráfaga Hay ruidos urbanos, ruidos de la convivencia: escapes libres de motos que pasan astillando tímpanos, aceleradas de autos cuando hacen chirriar las gomas, sirenas policiales, de ambulancia, de bomberos; alarmas de autos, alarmas de autos cuando suenan sin motivo y el dueño no está, el helicóptero de la Policía que pasa, los de Telefónica que todos los días rompen una vereda distinta. Los ruidos nos invaden y no podemos evitarlos, y nos hacen daño, a la psiquis y al cuerpo, son contaminantes. A un grupo de estudiantes de Buenos Aires se le ocurrió impulsar un día sin ruidos. El operativo no tuvo mucho éxito. Proponen un cambio cultural. A Mendoza le toca muy de cerca porque hay esquinas de nuestra ciudad que, por los ruidos, son dañinas para la salud, son más ruidosas que las más ruidosas esquinas de las grandes ciudades de Europa. Si Pitágoras viviera en este tiempo, no tendría oportunidad de proponer el silencio. Es una pena, porque hay que oír todo lo que el silencio tiene para decirnos, y nosotros no lo dejamos. ¡Qué estúpido es amordazar al silencio!