Es la cita oficial de los primeros viernes de cada mes: asado y truco. El Juango es el encargado de organizarlo. Confirma los asistentes, compra el picadito, la carne, la bebida, el pan. Todo. La reunión, como de costumbre, es en la casa del Loco. Allí hay patio, churrasquera y tranquilidad. Y ese día los otros Martínez se dispersan: la dueña de casa sale con sus amigas y los niños se van a la casa de la abuela. Generalmente son ocho los amigos que se prenden, pero a veces faltan con aviso o se agrega algún suplente. Casi todos trabajan en la redacción del diario.

     El campeonato de truco está organizado en cuartetos. Juegan simultáneamente y las parejas ganadoras de cada grupo se enfrentan hasta que una sale campeona. No hay premios, hay castigos que se deciden en el momento. Esa noche, la parrilla es toda del Chueco Pérez. Igual que en la ceremonia del penal, nadie osa respirar al lado del asador. Pero el plantel, un poco más acá o más allá del salame y del tinto, inaugura las críticas: que te van a faltar brasas, que no lo apurés para que salga tierno, que las costillas, que el matambre. Y así comienza el folclore de cada encuentro. Por otro lado, el Chueco es uno de los más avezados en esto de poner carne a la parrilla. Se maneja en tres tiempos: mueve las brasitas, da vuelta la carne y toma un trago de vino. Todos esos movimientos los realiza como el guardavalla cuando tiene la pelota en la mano pero con la actitud presuntuosa del delantero estrella.

     Luego se le rinde culto a la buena mesa: comer, brindar, aplaudir, criticar y vivar al que, además de haber hecho el asado, también lo sirve. Y, por último, el postre: un trucazo. Como dice Sacheri, el hombre es un bicho dado al desafío, a la competencia. En esta oportunidad han concurrido sólo siete amigos. El Juango López y el Loco Martínez forman una de las mejores parejas y les toca jugar con el dúo del Chueco Pérez y del Flaco Alonso. En esta oportunidad los otros tres restantes serán jueces de línea, tribuna o próximos competidores, según el libreto que elijan. El partido comienza. López reparte las cartas, por lo tanto él es pie y Alonso el primero en tirar. Los jugadores actúan, pero la suerte sopla por donde quiere, piensa el Juango. En esta ocasión, él tiene para el envido: treinta y dos de copa, pero su pareja le ha hecho seña de ciego. O sea, tiene que poner toda la carne en el asador para el primero.

    El Flaco Alonso juega una sota mirando con atención al compañero. Inmediatamente y con voz de no se preocupe, el Juango ordena: “No me juegue nada, socio, venga bajito”. Entonces el Loco Martínez pone un cuatro. Le toca al Chueco, que con cara de infeliz se demora en tirar la carta, como si dudara en cantar el primero. Pero luego, decidido, coloca en la mesa un siete de espadas. El silencio parece un actor más alrededor de la mesa. Ahora le toca el turno al Juango para cerrar la vuelta. Y se juega a todo o nada. Sin dudarlo canta falta envido, pero el Chueco le responde como si lo hubiera estado esperando: quiero treinta y dos. Treinta y dos de espada tenía el guacho. El organizador no lo puede creer, y como juegan a una falta, han perdido el partido. Que lo parió, dice en voz alta el Juango, son buenas.

     Por supuesto que no muestra sus puntos. Cuestión de orgullo. Y escupe el pasto al mejor estilo de los futbolistas cuando quieren insultar al árbitro. Los ganadores están agrandados. Las cargadas empiezan a aparecer en escena, que son nuestros hijos, que si quieren les damos unas lecciones, que, que, que. Posteriormente se sienta otra pareja para continuar la competencia. Como en el fútbol, reflexiona con bronca el Juango, cuántos escenarios caben en estas reuniones. La alegría del triunfo, la idiotez del perdedor, la picardía de los tipos parecen un grotesco criollo. Se comenta que las parejas perdedoras fueron escrachadas en Facebook y Twitter y, además, lavaron los platos. Yo, no lo puedo confirmar.