Entre 1974 y marzo del 1976 había un programa infantil. Iba de lunes a viernes a las 18 horas por canal 13. Empezaba con la canción, Que se vengan los chicos, una hermosa letra de Eugenio Inchausti con música folklórica, un bailecito. La cantaban Los Arroyeños. Tenían el proyecto de acercar la música nuestra a la niñez, en ese marco habían sacado esa canción  que fomenta la integración, la inclusión, “Que no falte ninguno /A mi cumpleaños /Y que no se preocupen /Por los regalos”, cantan, y luego cuenta con lujo de detalles los regalos que le trajeron los chicos de Marte, los de Venus, y hasta uno proveniente de la Luna. Si las personas que leen esto conocen la canción, seguramente esté resonando la melodía en sus cabezas.

El programa tenía cuatro conductores y un montón de secciones novedosas para esa época: El señor de la guitarrita consistía en un curso de guitarra, uno de ajedrez, una sección de cocina…También  incluía momentos de charla con chicas y chicos invitados, se debatía acerca de temas propuestos, por ejemplo si mentían, en qué situaciones, por qué, un espacio de filosofía para niñas y niños. Julieta Magaña era una de las conductoras, hacía canciones disfrazada de gaucho de manera muy graciosa; Perla Szuchmacher  hacía juegos teatrales, y Horacio Peña y Abel Gutman  completaban el staff. Ese miércoles, ese mismo día en que se produjo el Golpe, el programa dejó de emitirse. Fue una decepción frente a la tele de esa tarde. A los pocos días, Julieta Magaña quedó al frente de un nuevo programa, Julieta y los chicos, ya no en primera persona, ya no era Este es mi mundo, ya era otro mundo. Perla debió exiliarse rápidamente. Conversando con su hermano, Rubén Szuchmacher, busca en sus recuerdos y cuenta: “En esa época vivíamos juntos en una casa grande en Floresta y, como Perla acababa de parir (un lunes) y el golpe fue un miércoles, y el jueves ya no estaba, los chicos del barrio pasaban por la puerta para ver si no le había pasado algo.” Y luego continúa diciendo: “Ella, con su hija recién nacida y su marido camarógrafo del canal tuvieron que exiliarse en México”.

Hubo muchas historias de exilio, de abandono del lugar propio, de violencia pero es en los casos particulares donde la memoria se refugia, las personas con nombre y apellido, con un determinado color de pelo, con una manera particular de caminar, con una voz con una entonación, con una manera de reírse o de asombrarse, eso es lo que se recuerda, eso es lo que deja marcas, huellas. La Historia, así con mayúsculas, ésa, se estudia en los libros y establece cronologías, protagonistas, hechos salientes, pero la Memoria, también con mayúsculas, esa memoria colectiva que nos construye como Pueblo, que nos hace ser lo que somos y lo que fuimos, y nos perfila  de cara al futuro, ésa se edifica a partir de los casos particulares, esa desazón en una nena de diez años que se disponía a ver su programa favorito y de pronto, ya no está más, deja una pequeña marca, muy pequeña al lado de las atrocidades que ocurrieron. La memoria colectiva es como un cuadro puntillista, o esas composiciones que se hacen usando imágenes pequeñas que forman una imagen integrada y clara si se ve a cierta distancia, si se ve muy de cerca, no se puede apreciar el todo.

La radio, la televisión, las publicidades, todo ese conjunto de cosas que formaban parte de la vida cotidiana también sirve para construir  esa memoria colectiva. ¿En qué radios se escuchaba música? ¿Qué emisora se elegía para informarse? ¿Y para pasar la mañana en un negocio y tener la opción de tener de todo un poco? Fueron dos programas, Modart en la Noche en radio Excelsior y Radio Del Plata y Música con Ton… Son & Williams, en radio Splendid y luego en Mitre,  los que pusieron esas canciones en el aire. Adolfo “Fito” Salinas y Pedro Aníbal Mansilla fueron los conductores de esos envíos. “Modart en la noche, les habla vuestro amigo, Pedro Aníbal Mansilla…”, así arrancaba el programa y quienes hayan sido oyentes, seguramente tienen en sus cabezas, en sus recuerdos esa voz profunda que les presentaba la música que querían conocer y disfrutar.

Para el formato, programa de la mañana, Radio Rivadavia, publicitaba de esta manera un envío icónico de la radio: “Ahora en la mañana de Rivadavia Rapidísimo, con el vertiginoso Héctor Larrea”. Era el programa que se escuchaba en los negocios, las voces de las locutoras muertas de risa, “¡Rina Morán, es una loca bárbara, cómo me hace reír esta chica!”– comentaba una oyente y se sentía amiga de esa voz sin rostro que la acompañaba cada mañana mientras trabajaba. Publicidades cantadas, reportajes, canciones pegadizas, el estado del tránsito y el pronóstico del tiempo formaban un conjunto de vida cotidiana resonando en un aparato marca  Ranser, Sony o Noblex.

La información pura, dura, se buscaba en el informativo o en el noticioso, como se decía en esa época. La radio dio la noticia del Golpe de Estado, se escuchaba, uno a uno, los Comunicados que emitía la Junta Militar. El  periodista Alberto Dearriba en su libro El golpeCrónica del último asalto militar al poder relata: “Alrededor de las 2 de la mañana del 24 de marzo de 1976, pelotones militares tomaron los canales de televisión y las radios estatales sin que se registraran incidentes”. A las 3.21 los medios suspendieron sus programaciones habituales para entrar en cadena y transmitir el comunicado número 1: “A partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas”. Algunos hogares trataban de sintonizar Radio Colonia que era uruguaya pero tenía la información más actualizada que las emisoras argentinas. Mientras en nuestras radios se publicaba el Comunicado número 26, en Radio Colonia ya iban por el número 32. No había ningún apuro pero, si combinamos el título del exitoso programa de Héctor Larrea con la realidad que nos abrumaba, es lógico que las personas quisieran tener la información lo más actualizada posible.

El cine del ´76. El martes 30 de marzo del año del Golpe, las páginas de espectáculos de los diarios comentaban los premios Oscar, una película se había alzado con cinco premios, cosa que no sucedía desde hacía 37 años. Atrapado sin salida era él título con la que se conoció el film premiado, su título original era “One flew over the cuckoo’s nest”, cuya traducción literal es “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Las fotos de Jack Nicholson aparecían en todas partes y se comentaban las palabras que había dicho al recibir su  estatuilla, premio a mejor actor protagonista: “supongo que esto prueba que existen tantos locos en la Academia, como en cualquier parte”, la historia sucedía en un hospital psiquiátrico. El director, Milos Forman, en ese evento pudo ver a sus hijos de 11 años a los que no veía desde hacía cinco, ellos vivían en Checoslovaquia – hoy ni siquiera existe ese país-  los niños habían obtenido una visa especial de las autoridades  que les permitió visitar a su padre durante diez días.

¿Y el cine argentino? El 76 fue testigo de muchos y variados estrenos de películas nuestras: Adios Sui Generis, de Bebe Kamin, Los chicos crecen, de Enrique Carreras, Dos locos en el aire, de Palito Ortega con Carlitos Balá, Soñar, soñar, de Leonardo Favio, Piedra Libre, de Leopoldo Torre Nilsson, Juan que reía, de Carlos Galettini,  No toquen a la nena, de Juan José Jusid, Los muchachos de antes no usaban arsénico de José Martínez Suárez. Es interesante comentar que de esta última película, se filmó una nueva versión en 2019, dirigida por Juan José Campanella con el título, El cuento de las comadrejas. Un personaje para mencionar mientras se recuerda el cine de esos años, es Miguel Paulino Tato, quien fuera director y censor oficial del Ente de Calificación Cinematográfica de Argentina. Durante su gestión, que se extendió desde 1974 hasta 1980, prohibió, editó o censuró cientos de películas. Charly García, le dedicó un tema en el disco Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, “Las increíbles aventuras del Señor Tijeras”; en represalia Tato calificó la película Adiós Sui Generis prohibida para mayores de 18 años, siendo que el público que ansiaba verla era fundamentalmente adolescente.

Los diarios y las revistas de esos años también nos ubican en tiempo y espacio: una GENTE de enero del 76 titula una nota “Agárrese fuerte: Horangel predice el 76” mientras en una foto, aparece el astrólogo desplegando un mapa que nombra los meses, mezclados con letras griegas y números. Allí anuncia que “padeceremos la maléfica influencia de Urano que se ha instalado en nuestro medio cielo”. Sería bastante ingenuo creer que la tragedia que vivió la Argentina sea el resultado de astros mal aspectados, sin embargo, todo hay que decirlo, no anunció un año floreciente como para vender más libros de predicciones que, justamente, saldría a la venta en marzo. En esa misma revista es muy revelador ver algunas de las publicidades que, a la luz de lo que luego ocurrió, nos hacen ver las cosas de otra manera. Por ejemplo, una página completa dice “Sasetru, es una empresa argentina” y comenta que está fundada y dirigida por argentinos, que abrirá una planta en San Juan desarrollando muchas fuentes de trabajo, que, además, está construyendo dos centros de salud y viviendas para los trabajadores. Todo eso que era el estilo empresarial que desarrollaba desde 1948, cuando había sido fundada, llegó a su fin durante de Proceso. En 1976, el ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz, que estaba vinculado con las empresas multinacionales, declaró que Sasetru era un mal ejemplo; después de intentos por sobrevivir, se declaró la quiebra entre 1980 y 1981. Es revelador comentar que el general Suárez Mason, que comandaba los centros clandestinos de detención, exigió la entrega de la lista de los delegados sindicales de las empresas del grupo, a lo que Salimei, uno de los dueños, se negó. Probablemente ese era el mal ejemplo que combatía el gobierno, se sabe que muchos de los desaparecidos fueron delegados sindicales y que muchas empresas no tuvieron empacho en pasar las listas que el gobierno pedía, exigía.

Una publicidad mostraba a doble página una pareja en un campo lleno de flores, para mostrar la línea Arco Iris de sábanas Grafa, la sigla significa Grandes Fábricas – en algunos sitios agrega argentinas- y se ve una foto de la sábana floreada. Las empresas textiles se vieron muy golpeadas por las políticas que el Proceso llevó adelante, sin embargo la empresa igual sobrevivió hasta la década del 90.

Otra página muestra un aviso en forma de pequeña historieta y titula “vacaciones sin ruleros”, dice que para disfrutar del mar todos los días, lo mejor es una peluca de Felipe Sinópoli, con sucursales en Buenos Aires, Mar del Plata, Córdoba, Rosario, Mendoza, La Plata y Tucumán.

La lectura de diarios y revistas, el recuerdo de los programas de radio, nos sirven para viajar en el tiempo, para recordar- o conocer, según sea el caso- la vida cotidiana de aquellos días. Apreciar ese momento histórico, pero no como una foto, las imágenes pueden decir mucho, se dice que una imagen vale más que mil palabras. Las imágenes que se muestran en este texto son creadas con palabras, como si fuera un poema, imágenes sensoriales que nos lleven a lo que se comentaba, lo que se oía en la radio, a qué se apelaba para hacer publicidad, cómo era la piel de la sociedad argentina de ese momento. Las sociedades no cambian de un día para el otro, el miedo y el cuidado con respecto a lo que se decía y lo que se callaba no comenzó ese miércoles 24. Y después de ese día, también se seguía yendo al cine, se comentaban los premios Oscar, se seguía siendo hincha de algún equipo, se jugaba al PRODE o, si era de interés, se seguía yendo al hipódromo y se leía los aprontes de los caballos en las revistas – la rosa, la azul, la marrón, según cuál fuera el hipódromo elegido- y se esperaba con ansia el Gran Premio Dardo Rocha como cada 19 de noviembre. La memoria como construcción colectiva necesita de relatos como el que se lee en el libro La llamada de Leila Guerriero. Ella reconstruye, a partir de charlas con Silvia Labayru, una sobreviviente de la ESMA, su historia, y crea una pintura de esa época. Se cuenta qué color de vestido tenía puesto cuando la secuestraron, qué parada de colectivo estaba cerca de donde debía encontrarse con alguien, qué palabras dijo su padre cuando el teléfono fijo -color gris, con disco- sonó y recibió esa llamada. Esos son los recuerdos que, al verlos en perspectiva, construyen una imagen de lo que fue ese tiempo. O la historia de otra mujer que no salía de su casa porque tenía a su hija desaparecida desde 1975 y esperaba cerca del teléfono, por si sonaba, no iba ni siquiera a comprar al almacén si no había alguien que pudiera atender ese teléfono en su ausencia, se gastó su vida en esa espera inacabable en una casa del barrio de Belgrano. O la mujer que cada 26 de septiembre le escribía una carta a su hijo desaparecido porque ese día era el cumpleaños y le iba narrando la vida de la familia, el nacimiento de una sobrina, la comida que había preparado ese día, la ilusión de, alguna vez, volver a abrazarlo.

Si en la lectura de esta nota alguien sonrió ante un recuerdo compartido que tenía guardado y no lo sabía o alguien vio de otra manera menos maniquea esa historia, si alguna persona quiso buscar en internet algo de lo que se contó o si dieron ganas de reproducir en YouTube algunas de las canciones mencionadas, entonces estaremos un poco más cerca y este escrito habrá cumplido su cometido.