La imagen de mamás estudiando en compañía de sus bebés se viralizan en las redes sociales y causan ternura. Sin embargo, la realidad no es tan conmovedora. Una restricción pone a muchas mujeres en una encrucijada: llevar a sus hijos a las clases y romper las reglas o dejar la universidad.
Las instituciones educativas aseguran que no es un ámbito ideal para los menores y que, además, no están cubiertos por un seguro en caso de accidente. Aunque no está permitido, tampoco se prohibe, quedando en la práctica a consideración de los profesores la permanencia o no del niño en el aula.
Una investigación realizada por la Universidad Nacional de Cuyo durante el 2016, reveló que en esa casa de estudios 409 estudiantes tienen hijos, y de estos, el 36% no contaban con una red de contención para dejar a los pequeños mientras estudiaban.
Hacer la vista gorda
Desde estos ámbitos indican que la situación no es recurrente, pero se da eventualmente, incluso que, cuando se sucede, se trata de comprender y ayudar. “Me he puesto a jugar con los chicos, hasta a hacer avioncito para que la mamá pueda ocuparse”, comentó una profesora de la Facultad de Educación de la UNCuyo.
Confiesan que es una situación compleja que involucra el bienestar del pequeño y el derecho de los padres y el resto de los alumnos de recibir una clase en óptimas condiciones. El niño puede lastimarse porque el salón no está acondicionado, también distrae o requiere atención extra de los mayores.
“La ocasión en que llevé a mi hija a clases fue porque a mi mamá no podía cuidarla, tienen que operarla y debía hacerse unos estudios. Pero hay días que entramos a las 8 y salimos a la 13 y la bebé nunca quiso la mamadera, tampoco si me sacaba leche. Como son muchas horas sin teta me la llevo, o salgo antes”, confesó a El Sol, una estudiante que ante una posible represalia contó su experiencia desde el anonimato.
La profesora al frente de esa aula, expresó que “nadie se animaría a decirle a una alumna que hace todo un esfuerzo para seguir con sus estudios que se retire”.
Ante esta escena, los progenitores tienen que ingeniárselas. “Trato de darle algo para que juegue o le llevo juguetitos para que se distraiga. También le pongo dibujitos en el celular para así poder escuchar la clase”, dijo la mamá.
Gustavo Capone, Director de Educación Superior de la DGE, destacó que “no es una realidad que desconozca”. Son casi 35.000 estudiantes y de estos, el 25% son mamás. Si bien, hay municipios involucrados que cuentan con jardines maternales y “el problema estaría resuelto” , lo cierto es que muchas padres que tienen que llevar a sus hijos al aula.
“Yo los banco”, dijo Capone, quien instó a sus colegas a “usar el sentido común y ser contemplativos” ante esa situación. “Las personas que no compartan esta visión no estarían en el círculo de mis amigos”, concluyó.

Ser mamá y estudiar
Muchos de estos padres deben optar por estudiar o trabajar, realizar otras actividades requiere de un plan estratégico, contar con ayuda extra o dinero. Si bien, algunos se ven obligados a llevarlos a las aulas, otros, lo dejan a los menores al cuidado de un familiar.
Magdalena Garrasi cursa el cuarto año de Artes Visuales y tiene dos hijos, un bebé 5 meses y otro, de 4 años, para el cuidado de los pequeños recibe ayuda de su madre y del papá del nene mayor. Explicó que “si hubiese guardería o jardín maternal donde estudio llevaría a los chicos”. Cuando va a la Facultad, sus familiares cuidan al bebé durante esas horas.
“Tengo muchos talleres, se me complica realizar los trabajos prácticos y el bebé demanda mucho tiempo, como cualquier bebé”, comentó y reconoció que “es muy difícil estudiar, tener un bebé y realizar otras actividades”.
Rocio Toledo es mamá de Naiara de 11 meses y estudia para maestra de Nivel Inicial, si bien no lleva al bebé al aula, coordinar los horarios de cuidado de la niña también es complicado. “Lo que me resulta difícil es querer estar en cada momento de la vida de mi hija verla caminar reír, crecer y, a veces, resulta difícil estudiar y atenderla”, analizó.
Pero esta realidad no escapa a los hombres, Mariano Aldao llevó a su hija Merlina desde el 2000 al 2002 a la Universidad de San Luis, estudiaba Producción Musical. “Tenía que llevarla porque no siempre estaba la abuela disponible para cuidarla y era el único familiar que teníamos en la provincia”, dijo.
Y agregó: “Todos la cuidaban y jugaban con ella en los ratos libres. Había muy buen clima entre compañeros y profesores. Mer era muy tranquila. Se quedaba rayando mis cuadernos de apuntes durante el cursado. No eran muchas horas, éramos pocas personas en un ambiente en donde no se podía fumar. En aquel tiempo la madre cursaba también y en la facultad de Psicología sí fumaban”.
La lactancia primero
Desde la Sociedad Argentina de Pediatría filial Mendoza, Ana Houdek (Mat. 5431) señaló que los lactantes siempre tienen que estar con su madre, siempre y cuando se den las condiciones.
“Que el niño se alimente es lo fundamental. También fortalecer el vínculo entre madre e hija. Hay que priorizar la lactancia en el primer año de vida del niño”, dio cuenta la profesional que indicó que el derecho a la lactancia no puede ir en contra del derecho a la educación.

Las guarderías en las universidades
Mónica Contreras directora de IES “Tomás Godoy Cruz” desearía contar con un jardín maternal para que sus alumnas puedan estar tranquilas y tener cerca a sus hijos. Pero los problemas de infraestructura y la matrícula elevada no le permiten contar con un espacio extra.
Las universidades públicas de la provincia han podido dar respuestas a sus estudiantes, no así muchas privadas que no cuentan con guarderías propias y carecen de acuerdos con jardines maternales.
Desde la Universidad de Mendoza reconocieron estar trabajando en un proyecto para armar un espacio para niños. “Es un tema muy importante y desde la institución buscamos acompañar el proceso para que la mamá esté cerca de su bebé”, comentó Roxana Martinez del Programa de Responsabilidad Universitaria.
Tampoco la Universidad Maza cuenta con esta posibilidad académica. Lo “más parecido” es el Espacio Amigo de Lactancia Materna, en el cual las mamás pueden extraerse leche durante el horario laboral o estudiantil y mantenerla en las condiciones necesarias para retirarla cuando salen.
A diferencia de estas, la UNCuyo destaca con dos jardines maternales propios para hijos de docentes, no docentes y alumnos. El “Semillitas”, ubicado en la Facultad de Ciencias Agrarias tiene una matrícula de 80 niños de 0 a 3 años y el Caritas Dulces, en la Facultad de Ciencias Médicas El primero tiene capacidad para recibir a 150 niños de hasta 3 años.
Rodrigo Olmedo, Secretario de Bienestar Universitario, y Yamel Ases coordinadora de asuntos estudiantiles de la UNCuyo, dieron cuenta del plan infraestructura en el que se prevé la construcción dos jardines propios y una guardería activa para niños mayores de 3 años.
Si bien estos espacios existen desde hace 30 años, en los últimos tres, los alumnos pudieron acceder a los mismos, con la posibilidad de obtener la “beca de jardines” y no pagar el servicio o hacerlo a menor costo que lo que se abonaría en uno privado.
Por su parte, la Universidad Tecnológica y la facultad de Educación de la UNCuyo, lograron un acuerdo con un jardín de la zona con horario extendido. “Hicimos una encuesta y descubrimos que es una realidad oculta. Aproximadamente son unos 5 estudiantes que utilizan el servicio y otros 5 profesores. Desearíamos hacer una guardería propia”, dijo Adrián Sierra, secretario de asuntos estudiantiles de la UTN.
