Todos conocemos el enfrentamiento que en estos momentos existe entre el Gobierno nacional y el líder ¿Líder?, mejor sería el capo de la CGT, Hugo Moyano. Las críticas son reiteradas por ambas partes y es más evidente que embarazo de quintillizos que no se quieren. Hace días atrás, Moyano tuvo una salida que me motivó a la reflexión. Dijo, obviamente refiriéndose a la presidenta, “el día que sea presidente un hombre que haya pasado necesidades, que haya vivido y sepa lo que son las crisis no porque se las hayan contado, sino porque las vivió, yo creo que este país va a cambiar”.
Lo que dice Moyano es que nos mande alguien que sepa en carne propia lo que es el dolor, el olvido, el hambre, la marginación, para que pueda luchar contra ellos con genes propios. Repaso la historia nacional ¿Hemos tenido, democráticamente hablando, presidentes que en algún pasaje de su vida hayan sido pobres? No. Categóricamente no. Ni Yrigoyen, ni Perón, ni Frondizi, ni Illia, ni Alfonsín, ni Menem, ni De la Rúa, ni Kirchner esposo y esposa han sufrido en carne propia la pobreza.
Saben o supieron porque lo han leído o se lo han dicho, pero no porque la hayan ejercido. ¿A quién podríamos mencionar en América en estas condiciones? Bueno, a Lula en Brasil, que fue pobre del verbo pobre, a Evo en Bolivia, que al tiempo de asumir la Presidencia seguía viviendo en un cuarto que se venía abajo. A José Mujica podría incluirlo, porque si bien no es hijo de familia indigente, ha hecho de la pobreza una norma de vida.
Pero, ¿nosotros? Y miren, muchachos, teniendo en cuenta el patrimonio de los últimos presidentes, hemos estado mandados por millonarios. En nuestro país nunca mandó un pobre. Entonces, no vendría mal que hicieran un curso sobre la pobreza. Con un año de estudio nos conformamos. La mesa examinadora estará integrada por dos líderes de cooperativa de barrios marginales, dos señoras pertenecientes a comedores comunitarios, un cura de los que catequizan entre la basura, un adolescente de la calle y un médico rural.
La materias que deberán estudiar serán: Hambre, sensación y consecuencia; Economía doméstica: cómo alimentar a una familia de diez integrantes con dos panes duros y cuatro papas; Descanso; Formas de combatir la lluvia bajo un techo de plástico; Seguridad, cien modos de no salir heridos en las balaceras de los barrios que nos albergan; Educación, cómo hacer que nuestros niños entiendan conceptos que no les pertenecen: felicidad, por ejemplo, juegos, deportes, diversión, etcétera.
Deberían los estudiantes a presidentes hacer una tesina sobre cómo bañarse sin agua y cómo cocinar sin gas y hacer tres meses de residencia al menos en barrios marginales. Solamente los que aprueben esta materia con un pobre cuatro, porque el diez no existe para los pobres, podrán acceder al sillón presidencial. Yo sé que lo que estoy diciendo es algo disparatado, pero, ¿qué bueno sería, no? ¡Qué bueno! Pero la realidad es otra: para algunos la pobreza es una forma de vida, para otros, un paisaje.
