Buenos días, a pesar de todo. Somos interesados, muy interesados con este asunto de la divinidad, diría yo que especulamos con lo divino, lo usamos cuando nos conviene. Permanentemente hacemos referencia a Dios. Para saludar decimos “Adiós”, cuando nos vamos “Hasta mañana si Dios quiere”, “¡Por Dios!” esbozamos cuando algo nos conmueve. “No tiene perdón de Dios”, cuando alguien se mandó una metida de pata hasta la ingle y en el barro. Decimos “¡Ay, Dios!”, cuando llegamos cansados, como si Dios nos hubiera obligado a ir caminando hasta el cerro Arco.
Solemos decir “¡Que Dios se lo pague!”, fórmula que no tiene mucho resultado con la cajera de un supermercado. “Dios proveerá” se usa como si Dios fuera el dueño de una proveeduría. Cuando decimos “Ojalá”, expresión de buenos deseos, rememoramos la frase árabe wa sa Allah, que quiere decir “quiera Dios”. Y una de las más mentirosas menciones al creador: la frase “Que Dios y la Patria me lo demanden”. Saben ellos, los que juran, que Dios no tiene abogados, que no hay un solo abogado en el Paraíso.
¿Quién le va a presentar la demanda, ah? Es decir, Dios está presente en nuestras expresiones cotidianas con cierta profusión. Pero nuestro accionar diario ¿es consecuente con estas menciones? Y, mirá, si tenemos en cuenta que puteamos al prójimo porque frenó de golpe, si siempre la culpa la tiene el otro, si ofendemos de palabra y de hecho a nuestros seres queridos, si admitimos que no nos ocupamos de los que nos rodean, que no tenemos ni siquiera piedad para con los que menos tienen y los tildamos gratuitamente de esos “negros de mierda”, si practicamos la caridad con nosotros y únicamente con nosotros, si valen más para nosotros una chequera que un libro, un tarjeta de crédito que un apretón de manos, una coima que una conducta honrada, y no, no somos consecuentes con esas menciones.
Si yo pudiera entrevistarlo a Dios (me muero por hacerlo), bueno, de hecho debería hacerlo, la primera pregunta que le haría sería: “Usted, señor Dios, ¿qué espera de nosotros?”. Creo que me contestaría: “Que respeten mínimamente mi creación, que no le falten el respeto a lo que yo he creado, al tiempo que les di sin tener ninguna necesidad de hacerlo. En cada vida hay un testimonio de mi creación.
Quien ofende una vida ofende a toda la vida. Y, de vez en cuando, si tienen un tiempito, agradezcan la gentileza de haberlos puesto en funcionamiento. ¡Ah! una cosa más, mi obra es un acto de amor, que apuesten por el amor todos los días, que sean merecedores de mí”. No creo que pediría más. Tal vez después me pediría el diario de hoy, lo leería y me diría: ¡Por yo, que yo los proteja!
