No podemos olvidarnos del que justifica todas las fiestas, el vendimiador, y todas sus derivaciones: contratistas, tomeros, obreros, empleados de fincas y bodegas, peones golondrinas y peones horneritos. Todos los que desde abajo, desde el mismo surco, le dan sustento a la celebración que en la ciudad disfrutamos.

    Sé que para muchos de ustedes no hay fiesta, más que la fiesta de algunos compadres y comadres cuando se le puede robar algo de tiempo al domingo. Sé que las condiciones laborales de muchos son infames, sin recursos, sin obra social, con los niños laburando a la par de los mayores. Sé que muchos de ustedes nunca han visto la fiesta que hacen posible, ni siquiera desde allá, desde los cerros, adonde suelen ir los que todavía no alcanzan las categorías de gradas.

    Es más, sé que muchos de ustedes no conocen la ciudad, que la ciudad es esa luminosidad que ven de noche y que apaga cualquier universo. Sé que pesan el tacho y las madrugadas frías y que la vida que muestra la televisión no es la que ustedes sufren. Lo sé y lo digo en esta columna que la gente de El Sol me confía, por lo menos para amortiguar todo lo que les debemos, todo lo que les debo.

    Sé, también, que esto no remedia nada pero sé también que dentro del Carrusel, en un carro que subvenciona el olvido, habrá pasado una tonada herida y un cogollo con miles de nombres.