Buenos días, a pesar de todo. Una vez le dije a un gobernador, frente a frente y hablando sobre Mendoza: “Si los franceses tuviesen un personaje como San Martín en su historia ya habrían hecho un emporio histórico, cultural y turístico de alcances inusitados, ¿y nosotros qué?”. El gobernador me miró sonriente y pasó a otro tema sin ningún comentario al respecto. Entonces me pregunté: ¿Valoramos los mendocinos la figura de José Francisco y lo que hizo entre nosotros? Ahora, años después de aquella charla, puedo contestarme dolorosamente: No lo valoramos. No nos damos cuenta de la inmensidad de su figura. A ver, veamos, fue nuestro gobernador y se preocupó en hacer obras trascendentes. Los que actualmente pisan, en tren de rock y cerveza, la Alameda no tienen ni la menor idea de que fue una idea del libertador; pero no sólo eso, también amplió la superficie de los cultivos, impulsó el mejoramiento de nuestros vinos y cuidó con celo la cultura del agua. Además, preparó un ejército de la nada, con requechos de otros ejércitos y la voluntad de un pueblo, nuestro pueblo de entonces, que le dijo sí a su locura. Se peleó con medio país, rogó a toda una nación para conseguir armas y pertrechos; cruzó la segunda cordillera más alta del mundo, llevando a su espalda miles de hombres y la bandera de la libertad; libertó Argentina, Chile, Perú, pero también Bolivia y Ecuador porque sus hombres, aún en su ausencia, pelearon en las batallas de Ayacucho y Pichincha, los golpes de gracia al imperio español en América. San Martín es figura en todo nuestro continente, es, además, un hombre admirado por su austeridad, por sus normas de vida que apuntaban siempre hacia la vida, por su inapetencia política. ¿Y nosotros qué? Veamos. La casa donde nació Merceditas, en calle Corrientes, tiene sólo una mampostería de entre casa con placas conmemorativas de morondanga. Esa manzana, toda la manzana, debería ser un gran museo interactivo con connotaciones internacionales. Veamos, el Campo Histórico del Plumerillo es un recuerdo de compromiso, también debería ser un polo histórico cultural. Veamos, la Alameda debería recordar con esculturas, pinturas, teatro interactivo, canciones, la presencia de San Martín en nuestra historia. Veamos, el Monumento al Ejército de los Andes en el Cerro de la Gloria tendría que tener espectáculos permanentes –audiovisuales por ejemplo– que recordaran la gesta. Veamos, los granaderos de Pepe Pancho deberían tener en Mendoza su regimiento, y el cambio de guardia debería ser un motivo de atracción turística, con fanfarria y banda, así como lo es el cambio de guardia en el palacio de Buckhingam. Veamos, el Puente de Picheuta, donde las tropas de Las Heras libraron la única batalla en nuestro país, es un mal recuerdo, desprolijo, sin menciones, sin homenaje. Sigamos, la enseñanza de la epopeya es un mero compromiso curricular, no hay emoción, no hay orgullo y no hay sapiencia en la enseñanza. San Martín y su gesta deberían dejar de ser una mención de paso en el mes de agosto para pasar a ser una materia anual en los estamentos educativos primarios y secundarios. Ahora se inauguró el memorial de la Bandera de los Andes. Puede ser un comienzo, pero ¡cuánto nos falta, cuánto! Parece que nos olvidamos de lo que dice el Canto a Mendoza en su mejor pasaje: “Mendoza, la que acunó la libertad”. Ninguna otra provincia puede decir algo así, y nosotros, todavía, no lo decimos.
No nos damos cuenta
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