La noticia se repite una y otra vez: aumento de los combustibles. Y es un hecho que no sólo impacta en el automovilista que regularmente intenta llenar el tanque de su vehículo, sino que el trasfondo muestra la situación de precariedad logística que existe en Argentina.
La muerte de Carlos Saúl Menem recordó que era el responsable del cierre de los ferrocarriles, un medio de transporte clave para el desarrollo de un país. De hecho, en la historia nacional, los momentos de progresos están ligados a la llegada de los trenes. El ferrocarril fomenta e impulsa la industria, el comercio y el tránsito de personas.
Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido de aquel “ramal que para, ramal que cierra”, Argentina no logró recuperar ese recurso. Se usa como medio de carga, pero para muy contadas excepciones. Y todo queda a merced del empleo de camiones en rutas que, de ese modo, se tornan cada vez más peligrosas.
En ese punto, desde Menem para acá, todo el negocio logístico quedó servido para el gremio cuya cara más popular es la de Hugo Moyano. Ninguno se animó a romper con ese esquema para diversificar las alternativas de distribución. Y el que lo intentó sucumbió ante el poder de un sindicato que parece monopolizar la actividad ante la pasividad de la dirigencia política y empresarial.
Es una muestra de quiénes y cómo detentan el poder real. No es una disputa más. Forma parte de una estructura enquistada, que debería ser una institución con espíritu democrático, pero que se maneja con características feudales. Con un agravante: sus intereses, salvo contadas ocasiones, van en detrimento del bienestar general e, incluso, de los beneficios de la libertad. Todo eso sin que nadie los haya votado.
