Actualmente, bajo el puente de calle Alberdi, a metros de la Terminal de Ómnibus de Mendoza, duermen entre 20 y 30 personas. Algunas sólo pasan ocasionalmente la noche bajo este “techo”. Pero, otras tantas han convertido este refugio improvisado en su hogar.

Se definen como “urbanos itinerantes”, construyen sus “casas de cristal” donde encuentran refugio. Permanecen allí el tiempo que se les permite, para cargar con sus pertenencias y emprender una nueva mudanza. En Mendoza hay alrededor de 300 personas en situación de calle. Si bien desde el Estado se brindan estrategias de contención, muchas de ellas optan por dormir en un albergue, pero otras tantas prefieren pernoctar a la intemperie.

Arranca la mañana, alrededor de las 10, Gustavo se despierta, dice: “La de anoche fue una noche difícil, no pudimos descansar bien”, prepara el mate y guarda unos libros mientras espera que sus compañeros se incorporen y lo acompañen en el desayuno.

Gustavo tiene 55 años, hace 5 que vive en la calle, se considera un “urbano itinerante” y si bien dice que al principio le chocaba que lo corrieran del lugar donde se establecía, “de a poco lo vas naturalizando, pensás que el código de convivencia ciudadano dice que no podés estar ahí. Entonces, la lucha se transforma en una acción política por los derechos. Esta lucha por naturalizar una situación es lo que va en contra de tus derechos”.

Gustavo comparte sus días con Marcelo (54) y dos Daniel, uno de 54 y otro de 42 años. Entre mate y mate, Marcelo cuenta que ya no recuerda hace cuánto está en la calle, mientras que el Daniel mayor dice que está cumpliendo su segundo año.

“Encontrás trabajo, alquilás algo un tiempo, se termina y volvés a la calle. Al no tener un trabajo fijo, constante, no podés pagar todos los meses el alquiler. Se juntan muchas cosas, económicas, laborales y familiares”, agrega Daniel.

Por su parte, el más joven del grupo dice que lleva 4 o 5 años en la calle y agrega: “Pero voy y vuelvo. Estuve en pareja, luego con un familiar, pero desde marzo del año pasado volví acá”. Entre ellos distinguen dos tipos de personas. “Aquellas que no quieren luchar por salir, porque nacieron acá y les encanta. Es una especie de elección sin elección, porque no conocieron una alternativa”. Y las que “son de clase media, devenidas, con oficios, que terminaron en la calle por alguna situación personal”.

Familia temporal

Si bien se muestran poco interesados en compartir su historia antes de vivir en la calle, destacan los días con sus compañeros de vida, aquellos que se convierten en una especie de familia temporal. Entre ellos cuidan su lugar y evitan que les roben sus pertenencias. “Siempre queda alguien acá. Si vamos a hacer changas, uno se queda o a comer a algún lugar, lo mismo. Cuando volvemos traemos una vianda para el que le tocó cuidar las cosas”, explicó Marcelo.

Sostienen que viven en un presente continuo, “es lo mismo un feriado, un fin de semana que un día hábil. Es siempre lo mismo”, destaca Gustavo. Por eso, para no sentir que se trata de “un tiempo perdido”, disfrutan de leer.

“No sólo de pan vive el hombre”, enfatiza uno de los Daniel. Gustavo dice que disfruta mucho de la lectura política y sociológica. Daniel, por su parte, agrega que no tiene una preferencia puntual. “Me gustan los libros”, sentencia y agrega que siempre que pueden, piden que les acerquen material nuevo, “un libro, en fotocopia, lo que sea”.

Con el correr de la mañana llegan hasta el lugar algunas personas, les acercan yerba y azúcar, entre otras cosas. “A veces, la gente se acerca de onda y te pregunta qué necesitás o viene a charlar, a acompañarte. Es como una especie de acompañamiento sentimental y es muy lindo”, destaca Gustavo y agrega: “No somos personas dignas de lástima, tenemos un problema de exclusión de la estructura productiva. Nadie es digno de lástima”.

Ninguno de los cuatro considera la posibilidad de pasar la noche en un albergue. Sin embargo, destacan que desean que se abran más centros de contención de este tipo, pero “con otras características, laicos y no tan masivos, para que no terminemos hacinados en un galpón, donde si se resfría uno, nos resfría a todos. Pequeños albergues, casas alquiladas o individuales en pensiones, que sean operadas por un grupo interdisciplinario de profesionales del Estado, que sepan cómo atender a las personas en situación de calle según sus características”.

Además, el mayor de los Daniel agregó que le gustaría que se distinga entre personas de las distintas edades “sabiendo que necesitan otra atención y otros horarios”.

La asistencia del Estado

Consultada sobre las personas en situación de calle en Mendoza, Priscila Segura, directora de Contingencias Sociales, del ministerio de Salud, Desarrollo Social y Deportes destacó que actualmente mantienen un convenio con cuatro albergues ubicados en el Gran Mendoza: tres de ellos pertenecen a la asociación Remar (dos en Ciudad de Mendoza y el restante en Las Heras y el otro, ubicado en Guaymallén, El Camino.

“No podemos obligar a nadie a que asista al refugio, hay personas que están en la calle desde hace mucho tiempo y no las podés convencer de que vayan a dormir a los albergues”, explicó la funcionaria y agregó: “Es su forma de vida, tienen una estrategia para sobrevivir”.

Con respecto a aquellos que se muestran más dispuestos a asistir a los albergues, la directora de Contingencias Sociales destacó que se trata generalmente de las personas que se encuentran recientemente en la calle. “Generalmente en estos casos están más abiertos. Sin embargo, hay muchos que no se adaptan a las cláusulas de los refugios o a lo que se les pide, como no llegar ebrios o drogados y por eso no regresan”, detalló.

En tanto, a aquellos que no quieren asistir a los refugios, el Gobierno y organizaciones los asisten entregándoles alimentos, frazadas, abrigo y colchones, entre otros recursos. “También intentamos ayudarlos a través de un subsidio, para que puedan pagar un alquiler en una pensión y buscar trabajo de otra manera. A su vez, en caso de que lo necesiten, también los ayudamos para que se saquen el documento”, agregó Segura.

Si bien la mayoría de las personas en situación de calle son hombres, también existen mujeres. Se destaca que ellas son más accesibles, “se dejan ayudar más. Usualmente, pasan una o dos noches y después podemos vincularlas a una red ya sea familiar o a una amiga”, explicó la funcionaria provincial y agregó: “Es más fácil atender a la mujer que al hombre. Es hombre es como que se acostumbra a eso y, si vio ahí una brecha donde pueda subsistir, ahí se queda”.

Con respecto a las familias en situación de calle, generalmente actúa el Municipio, en caso de que en ese momento no tenga los medios, interviene la Dirección de Contingencias Sociales. “Hay uno de los albergues, de Remar, que tiene habitaciones donde pueden estar las mamás con los niños. Si no hay lugar, se los ubica en un hostel, hasta solucionarles el problema”, destacó Segura y explicó que, en este sentido, se trataría de casos muy puntuales en los que la familia compartía vivienda con un pariente (madre, suegra, por ejemplo) y, tras una pelea, la echan, “pero esas personas sí piden ayuda de inmediato”, agregó.

Además, destacó el trabajo en conjunto con los municipios y albergues, sobre todo en la época invernal, cuando se satura la capacidad de los refugios. Por eso, se busca ampliar el número de convenios con otros lugares, como hostels.