Les doy un ejemplo: mientras en las bocas de expendio el kilo de cebolla ronda los $2,90, los productores reciben por la bolsa de cebolla, por la bolsa entera, $8; la lechuga se vende a $3, los productores reciben por 15 kilos de lechuga $2; el kilo de zanahoria, a $2, los productores reciben por 50 kilos de zanahorias $5, y el ajo a $10,7 el kilo, mientras que los productores reciben 30 centavos por kilo. La diferencia entre el dinero que recibe el chacarero y lo que pagamos nosotros por los productos es abrumadora, abismal y, de todas formas, injusta. Para el que produce, una migaja, y para el que negocia, casi el pan entero.No hay derecho.

               La situación es tan delicada que muchos productores están arando sus plantaciones porque, por un lado, no hay demanda y los precios que de vez en cuando les ofrecen son tan bajos que es mejor no sacar la producción de la tierra. El caso del ajo tiene un agravante. El ajo se transformó en una de las producciones líderes en nuestra provincia, en algún momento su volumen de ventas llegó a acercársele mucho a lo que se vendía por nuestro vino.Pues bien, el principal comprador de nuestras cosechas es Brasil, y ahora Brasil ha decidido comprarle ajo a China y ha relegado nuestra producción ajera.

               Las empresas dedicadas a este rubro no saben qué cuernos hacer con el ajo. Ajo.. derse. ¿Es así? ¿Tiene que ser así? ¿Y para qué diablos entonces está el miercosur si no es para proteger a sus países integrantes, de tal modo que puedan ayudarse entre sí con la compra y con la venta? La tierra es para el que la trabaja, dice un antiguo refrán sesentista que trata de reivindicar la tarea de aquellos que se la ven todos los días con los surcos y los terrones, pero resulta que ese trabajo, de todas maneras sacrificado, duro, no tiene compensación a la hora de ponerle precio a sus productos. Al parecer, las frases no siempre tienen vigencia, porque a los del campo no se les está haciendo el campo orégano.