Insistieron, eh. Querían jugar la final a toda costa, como si fuera realmente algo importante. Y era, en realidad, un torneíto sin atractivo. La intención era buena, pero el público mendocino es parco con el fútbol local. Tiene su corazoncito, es cierto, pero no suele ir a la cancha. Se conforma con ver los resultados en los diarios. Por lo tanto, eran partidos para barras y para un puñado entusiasta. No mucho más.

El mendocino no va a la cancha porque no hay nada que lo atraiga . Los campos de juego están arruinados, las instalaciones son la miseria misma, la dirigencia no aporta nada y, además, es arriesgarse a tener un encuentro directo con el sector más marginal de la delincuencia.

Tener que ir al baño es lo peor que te puede pasar. O te aguantás o vas a emprender uno de los viajes más desagradables de tu vida. Macho es el que fue a hacer pis en una cancha mendocina y volvió para contarlo.

Ir a la cancha en Mendoza en encontrarse con pibitos completamente dados vuelta, con rateritos y con panzones en cuero que regentean a esos pibitos y le dan un porcentaje a los rateritos.

Ojo, que ir a la Bombonera o al Monumental no es muy diferente. Pero es otra historia. Se vive de otra manera. Eso explica por qué, cuando vienen River o Boca, el Malvinas se llena.  Otro color, otra historia, otro fútbol.

Hace unos años, un preparador físico miraba a la distancia a dos jugadores que hacían pretemporada en Independiente Rivadavia. Tenían la misma edad. Uno había hecho las inferiores en Boca y el otro en un club mendocino. De más está aclarar quién corría de manera atlética y quién lo hacía todo destartalado.

El tema es que estos partidos se jugaban en un estadio de lujo. Y por eso, quienes estaban en la organización, pensaron que se podía dejar de lado el preconcepto de espectáculo berreta y armar algo que, con los años, ganara reputación.

Bueno, no. Los barras rompieron todo. ¿Si falló el operativo policial? Puede ser. Es probable. De hecho, la Policía de Mendoza no es conocida por su lucidez. Pero ese es otro cuento.

Al policía lo único que le interesa es que el partido termine. Le cae muy mal tener que exponerse para garantizar la seguridad de los tipos a los que, probablemente, en otro escenario tenga que detener. La filosofía de tablón no falla: los goles son amores y los barras son delincuentes.

En el medio del salvajismo, una mujer con un bebé en pañales a upa y su pareja teniendo de la mano a otro nenito. En la misma foto, encapuchados arrancando y tirando butacas. A la mujer se la ve asustada. Al hombre no tanto, como acostumbrado a este tipo de episodios. Porque así es el fútbol mendocino. Y da vergüenza, adentro y afuera de la cancha.