Buenos días, a pesar de todo. Vos sabés que a mí me gusta el fúrbol, gordo. Eso lo heredé de mi viejo, que me llevaba a la cancha de Huracán Las Heras. Yo me ponía en el escalón de abajo, porque si me ponía en el de arriba, los grandotes me tapaban todo y sólo veía la tela grafa de las espaldas de los grandotes. Y todos gritaban. Yo también gritaba, aunque mi grito era un gritito, un pichón de grito, un alarido de jardín de infantes. Les gritábamos a los nuestros para que fueran para adelante, al Ratón Giardini, al Loco Oviedo, ¡qué arquerazo el Loco!, al Riojano Millicay, al Luisito Ramos, al Jeta García, al Quirquincho Contreras. Y después del domingo, toda la semana era hablar de fúrbol, gordo. Cuando llegó la tele, no podía creer que en una pantallita de cuarenta por cuarenta yo estuviera viendo lo mismo que veía en la cancha y, encima, te repetían los goles, gordo, una maravilla. Fue entonces que me hice hincha de la selección. Yo ya era argentino, pero me hice hincha de la Selección. ¿Sabés cómo grité el gol de Kempes contra los holandeses? Ese que el vago convirtió de puro guapo, de puro huevo, gordo. Grité tanto que me tuvieron que hacer un transplante de cuerdas vocales, mirá lo que te digo. Y desde entonces la vengo viendo. Cuando el 76 Maradona le hizo los dos goles a los ingleses, me volví loco, me tiré al suelo y besaba las baldosas, como el Papa cuando llega de visita a algún país. Y desde entonces mi ilusión de siempre fue ver un partido de la Selección por los puntos. Tengo guardada una bandera de argentina que me tejió mi vieja al crochet, mirá lo que te digo, gordo. Entonces, un día me entero que viene a jugar la Selección, la celeste y blanca, el cuadro nacional, y nada menos que contra Uruguay, al que le tenemos tantas ganas como al Brasil, y que es por los puntos y que en equipo viene ese pibe Messi, al que le he visto hacer tantas maravillas como al Víctor Legrotaglie, y no es por comparar. Entonces, dije, me dije, gordo, se me va a cumplir el sueño. Me hice la ilusión de que iba a ver el partido en la platea destechada, porque para la techada no me da, y además, yo no VIP, y en la popu no puedo, porque si estoy mucho parado, me tironea el nervio asiático y no me la banco. Busqué en la cajita de lata que tengo arriba del ropero la guita que estaba ahorrando para comprarme un par de timbos, porque los que tengo son los que me ponía mi viejo para ir a ver a Huracán Las Heras, le pedí un préstamo a mi hermano, el Ñato, que si no fuera amarrete, sería muy generoso, y me fui a comprar una entradita. Si vendían media, mejor. Y vos podés creer, gordo, que no conseguí. Mi nieto que es canchero con la compu trató de conseguirme una por internel pero tampoco pudo. Algunos dicen que las entradas se agotaron antes de que las pongan en venta. Sí, sé que hay reventa, pero no me alcanza la plata, gordo. Voy a intentar con las popus, aunque me duela el nervio asiático. Aunque dicen que las popus ya se agotaron antes de que las vendan. ¿Entendés, algo, gordo? Vos discúlpame que sea tan desconfianzudo, gordo, pero a mí me parece que detrás de todo esto hay un negocio de los grandes, me parece nomás. Y pensar que a la Selección le dicen el equipo de todos, decime, gordo, ¿yo no soy de los todos, ah? ¿No soy de los todos yo, ah? Decime, gordo…