A Ernesto Suárez una inmensa parte del público lo conoció recién en 2016, cuando en el cine se estrenó “Camino a La Paz”, la película de Francisco Varone que protagonizó junto Rodrigo de la Serna. El film relata las vivencias a lo largo del camino de 3.000 kilómetros entre Buenos Aires y La Paz, entre un remisero joven y un cliente mayor.

Pero el “Flaco” tiene en su mochila muchísimo más que una película. Su vida rodó por miles de kilómetros y desandó por cientos de experiencias, a lo largo de una ruta que en enero de 2020 llegará a los 80 años.

Al actor mendocino se lo conoce por sus obras de teatro, sus premios, sus reconocimientos, sus clases, sus cursos, por el café-teatro Los Angelitos y por sus reflexiones. En un bar céntrico, café y tortita mediante, uno de los grandes referentes de la cultura mendocina le contó a El Sol algunas de sus mejores anécdotas.

  • “Entre los 10 y 12 años lustré zapatos en la esquina de San Martín y Godoy Cruz en el centro. Hace dos años el intendente Rodolfo Suárez (ahora Gobernador) de la Ciudad de Mendoza me entregó una distinción de ‘Ciudadano ilustre’ y yo le dije que el premio estaba perfecto y coincidía con mi persona porque fui ‘ciudadano y lustre’”.
  • “Yo me tuve que ir de Argentina el 23 de marzo de 1976, un día antes del Golpe de Estado, del Proceso Militar. Yo le llamo la ‘beca Videla’. Salí con Tati, mi compañera, y nuestra hija Laura de un año y medio. Volví a fines de 1983, con la democracia. Me fui a vivir a Guayaquil, en Ecuador, y protagonicé la obra de teatro ‘Guayaquil superstar’. Fue con esa obra que tuve el récord de presentaciones, más que ‘Educando al nene’”.
  • “La hacíamos de miércoles a domingo, dos funciones diarias, durante tres años seguidos. Yo la dirigía y actuaba con un elenco de 14 personas más. Se llamaba el elenco El juglar y el año pasado (2018), 40 años después, se vinieron los 14 a visitarme. Fue muy bonito lo que vivimos después de tanto tiempo”.
  • “Te voy a contar lo que le pasó al gran Charles Chaplin en la década del 20, cuando se dirigía diariamente a los estudios de cine mudo de Hollywood. Se encontraba a la gente, se paraba un rato con un amigo, veía a los comerciantes, al verdulero, al zapatero. A todos les dedicaba un saludo o unas palabras. Un día un empleado del estudio lo invitó a llevarlo en su automóvil hasta la casa y le comentó que había un teléfono y lo podía usar. Chaplin aceptó que su compañero lo llevase al trabajo de ida y vuelta y además comenzó a utilizar el teléfono para comunicarse con sus amistades. Después de unos días de su nueva rutina, pensó: ‘Ya no saludo a la gente, no me paro con nadie, no veo al verdulero y con mi amigo sólo hablo por teléfono ¿No será que comenzó la era de la incomunicación’”.
  • “Carlos (Karl) Marx (autor de El Capital, y padre del comunismo moderno) estaba en una gran ciudad de Europa y le llamó la atención una vidriera iluminada con llamativas lámparas. Había toda clase de artículos y cuando llegó a su casa se puso a hacer una lista de las cosas que no tenía y estaban en la vidriera. ¿Realmente los necesitaba?. Y dijo en voz alta: ‘Esto es el principio del consumismo’”.

Camino a La Paz

  • “No la quería hacer, yo estaba cómodo en Mendoza con lo mío. Una noche vino a Los Angelitos la productora Eugenia Levin, que es una directora de casting muy conocida de Buenos Aires y yo estaba presentando ‘Lágrimas y risas’, una obra en donde cuento mi vida. La mujer me filmó y se lo mandó al director. Me preguntó si me gustaría hacer una película con Rodrigo de la Serna y me dijo que para el papel también estaban Federico Luppi y Lito Cruz. Después se comunicó el director Francisco Varone y me dijo si podía ir a Buenos Aires para el casting. Como yo le dije que no, él vino a Mendoza. ‘Te hago el casting en tu casa si querés’, me dijo. Bueno, vino y me hizo una toma con una frase del guión. Me dijo que yo era ideal para la película y me ofreció 250 mil pesos. En ese tiempo yo le había comprado una casa a mi hija Laura que tiene esclerosis múltiple, en cuatro cuotas de 250 mil. Esa plata me venía justo para cancelarla. Y acepté”.
  • “El director me pidió que fuese a Buenos Aires, por el tema del vestuario y para ultimar detalles pero me negaba a viajar y me comunicaba por teléfono. En una de las conversaciones le pregunté: ‘¿Qué tal es Rodrigo de la Serna? Porque no quiero estar 45 días aguantando a un pendejo boludo’. Y Varone me dijo: ‘Te voy a pasar con un amigo’. Otra persona tomó el teléfono y escuché: ‘Hola, te habla Rodrigo de la Serna, y yo le acabo de preguntar si tenía que viajar 45 días con un viejo choto. Nos reímos, pero igual le pedí que me mandara una constancia que diga que es una persona agradable”.
  • “A los días llegaron el director y De la Serna y yo estaba con mi hija Laura en silla de ruedas, que esperaba un vuelo. Apenas la vio Rodrigo se la llevó y la paseó por el aeropuerto y aguardó hasta que llegara el avión. Eso me enterneció pensé: ‘Este es un buen tipo’. Los llevé a mi casa de Bermejo y me ayudó a hacer unos ñoquis. Además se puso a tocar la guitarra y cantó unos tangos”.

Encuentros cercanos

  • “En los años de exilio en Guayaquil unos argentinos me invitaron a comer un asado. Allá los cortes son carne o hueso (risas). Estaba con los dueños de casa y uno de los invitados era Atahualpa Yupanqui (cantautor, guitarrista, poeta, muerto en 1992). En un momento le dijeron ‘Don Ata acá tiene una guitarra’. A mí me dio vergüenza ajena por la actitud de los dueños de casa. Yupanqui no la tomó y y me fui al balcón. Fue Atahualpa y se puso al lado mío y me comentó: ‘Hay cada boludo suelto por ahí’. Estaba enojado porque invitaban al artista y no a la persona”.
  • “Justamente Atahualpa me contó que estando en Madrid otros argentinos lo invitaron a comer a su departamento y casi como una advertencia le dijeron: ‘Don Ata, acuérdese de ir esta noche y no se olvide la guitarra. ¿Sabés que hice? Le pedí a un conocido que tenía auto que pasara por mi casa y le mandé la guitarra al departamento. Yo no fui’”.
  • “Estuvimos con Alfredo Zitarrosa en varias ciudades en Perú, en Quito en donde yo actuaba y él cantaba. En México pude estar con Zitarrosa en su departamento. Me decía que no podía alejarse de Uruguay, estaba triste y se tomó media botella de ginebra”.
  • “Otra anécdota que tuve fue con otro cantante uruguayo, Daniel Viglietti (autor de A Desalambrar, entre otras canciones, murió en 2017). Estaba yo en París, me había pagado el pasaje el colegio en donde yo trabajaba en Ecuador. No teníamos plata para la entrada y nos hizo entrar a varios argentinos, chilenos, uruguayos. Como el teatro estaba repleto, nos ubicó a un costado del escenario. Fue un gesto maravilloso, que nunca olvidé”.

  • “También conocí a otro monstruo. Con el Bachi Buttini, en la época de Allende nos fuimos a Chile. Fuimos a una peña y salí al baño, que era muy chiquito. Entonces me fui al lado y dije: ‘Yo voy a mear acá’. Vino un petiso y se puso a mear al lado mío. Fuimos a la mesa y el petiso se sentaba al lado de la mesa nuestra. Nosotros habíamos llegado tarde con el Bachi. Después se paró y se estaba yendo cuando el locutor lo vio y dijo: ‘Señores, un aplauso para Víctor Jara (cantautor chileno muerto en la dictadura), que se retira y nos ha deleitado con sus canciones’. Entonces le dije: ‘Ah, vos sos Víctor Jara. Nosotros al lado tuyo y como unos pelotudos llegamos tarde. No te escuchamos, me voy a morir’. Y me dice: ‘¿Qué quiere escuchar, amigo?’. Nos quedamos temblando con el Bachi y le dije: ‘Quiero escuchar Te recuerdo Amanda’. Y puso la pata en la silla que yo estaba sentado y la cantó”.
  • “Haber conocido la América interna, con tanta gente del ambiente artístico que ya partió de este mundo, es muy emotivo para mí. Algunos se fueron mal como Víctor Jara, que le cortaron las manos en el Estadio Nacional. Otros por el trago como Zitarrosa, con un ataque fulminante de hígado, páncreas…”.

Su vida

Suárez cuenta nació en “El Infiernillo”, en Dorrego, a una cuadra de Máximo Arias (un fotógrafo de particular estilo), “en un conventillo”. Fue uno de los cinco hijos de una madre abandonada y a los 6 años vendió verdura por la calle, mutando de empleos que podía realizar un niño para ayudar en la casa.

Trabajando como bibliotecario se integró al elenco de la facultad de Ciencias Económicas y fue su primera obra “El centrofoward murió al amanecer”, en los años 60.

Mónica Pacheco es su pareja actual, de los últimos 24 años, y es madre de Ana, su otra hija.

También es un asiduo asistente a los estadios de básquetbol y está al día con los resultados y los extranjeros. Sabe. Le gusta ver buenos partidos y aunque no está muy definido, va a ver a Anzorena. Se declara hincha de Andes Talleres de la época de los 70. “Lo seguía a todas las canchas y me enloquecía como jugaba Luis Armendáriz”, asegura.

El cierre

En el café de la avenida España, mientras las columnas marchaban hasta la Legislatura provincial pidiendo para no se contamine el agua con la minería, el Flaco contaba momentos de su vida.

Después de varios minutos, el cortado mediano y la tortita se habían acabado. Suárez entonces agudiza sus oídos y escucha los gritos de los manifestantes. Inmediatamente su militancia -por la vida y las causas justas- lo llevó hasta esas columnas que pedían por el agua limpia y pura.