Buenos días, a pesar de todo. Los tenía escondidos en la biblioteca, dentro de libro El eternauta, para ser coherente con la época. Ninguno de mis amigos sabía que yo los tenía, sólo mi mujer, que desde entonces se hizo católica apostólica romana, sólo por miedo. Yo pensé: “No creo que se den cuenta, son poquitos y están bien ocultos”. Pero se enteraron. Un día paró frente a mi casa una camioneta de la AFIP y bajaron ellos, eran cuatro, llegaban con un perro ovejero alemán patente CAN 006, una antena satelital y dos GPS de bolsillo. Tenían cara de pocos amigos y en el pecho de sus chalecos antibalas podía leerse AFIP, División de Investigación de Moneda Extranjera. Los hice pasar. Lo primero que me dijeron fue: “¿Dónde están?”. “¿Lo qué?”, retruqué, con cara de yo no fui. El más bigotudo exclamó: “No se haga el rubiecito, que sabemos muy bien que usted tiene dólares aquí”. Negué todo de una manera negativa. Me preguntaron: “¿Cómo se dice buenos días en inglés?”. Yo dije: “Good morning”. “¿Vio, vio?, usted sabe inglés, tiene dólares en esta casa”. Volví a negarme: “No señor, yo tuve algunos pero hace mucho, con decirle que en el billete aparecía la imagen de George Washington tomando la Comunión”. Entonces soltaron el perro y le dijeron: “Busque, busque”. Y el ovejero comenzó a rastrear. Disimuladamente abrí la puerta del freezer, donde guardo los dos kilos de asado que me compré con los seis pesos de Moreno, a efectos de desorientar al choco, pero estaba bien comido. Al minuto estaba parado en dos patas sobre la biblioteca y ladraba: “USA, USA, USA”. Los descubrieron. Entonces vinieron las preguntas: “¿De dónde sacó estos dólares?”, me increparon. “Bueno, fue una herencia de una tía que vivía en Oklahoma y se atragantó con un hot dog con mantequilla de cacahuete”, contesté. “Ahá, ¿y para qué los tiene?”, interrogaron. “Bueno, pensaba mandárselos a mi hijo que vive en Miami”, expliqué. “Miente, señor, los hijos que viven en el exterior no reciben dólares de sus padres, les mandan dólares a sus padres”, me señalaron. “No, lo que pasa es que mi hijo ha sufrido un calentamiento de la tibia y necesita dinero fresco”, insistí. “Usted miente, señor, es un desestabilizador, está desobedeciendo las órdenes de nuestra presidenta”, me recriminaron. Me hicieron una boleta por desacato y me cambiaron los dólares por pesos argentinos a tres pesos por dólar. Además, me impusieron la obligación de usar una remera que dice: “Hombre dolarizado. No se acerque que es contagioso”. Y así ando por las calles, la gente me mira y dice: “¡Pobrecito! Es un delincuente de curso legal”. Ya no tengo los billetes verdes, pero todas las noches tengo el mismo sueño: estoy llegando de Argentina al aeropuerto de New York, un empleado en yanquiñol me pregunta: “¿Cuánta plata trae?”. Yo le digo: “Cinco mil pesos argentinos”, y el empleado se ríe, se ríe, se ríe…
Dólares
Compartir
- Compartir en Agregar El Sol en Google (Se abre en una ventana nueva) Agregar El Sol en Google
- Compartir en ➕ Seguir en Google (Se abre en una ventana nueva) ➕ Seguir en Google
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Más
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartí en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Compartir en Reddit (Se abre en una ventana nueva) Reddit
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
- Imprimir (Se abre en una ventana nueva) Imprimir
